La frase del día

El hombre puede vivir unos cuarenta días sin comida, unos tres días sin agua, unos ocho minutos sin aire, pero sólo un segundo sin esperanza.” — CHARLES DARWIN

lunes, 26 de enero de 2009

PLUMAS

Desde hace ya algún tiempo tengo una afición que, poco a poco, ha ido escalando posiciones entre mis favoritas hasta alcanzar uno de los primeros puestos en mi escalafón personal o, si lo prefieren, mi escala de valores. Me refiero a el coleccionismo de plumas, algo que mucho no entienden, pero que puede llegar a ser fascinante.

Mi primera aproximación se inició en mi adolescencia, cuando me regalaron una estilográfica de la marca Parker. Era negra, de plástico y con el clip de metal plateado. Ahora, cuando la veo, pienso que no era para tanto, pero en su momento fue para mí la más bonita del mundo, y supuso el principio de lo que iba a ser uno de los amores que más me ha durado. Poco a poco, con la incomprensión de muchos de los que me rodean (no comprenden qué puedo ver en las plumas), he ido aumentando mi colección. Muchas veces las miro, las saco del expositor, las limpio y encuentro un momento de placidez como pocos.


Creo que lo importante de cualquier afición es que satisfaga, que relaje, que constituya un oasis dentro de la intrincada vida que llevamos. Es todo lo que se puede pedir a una ocupación que nos proporcione una cierta dosis de placer y, aunque muchos de los que me rodean no lo entiendan, iniciar una página con una nueva pluma es un gozo para los sentidos: el color de la tinta y el trazo de la letra (que siempre cambia cuando se escribe con pluma) som un deleite para la vista: el ruidillo que provoca el plumín cuando acaricia el papel es música, una danza de dos enamorados, una fiesta privada, un vals divino, una prueba de amor en la que eres un invitado de lujo. El olor de la tinta despierta evocadoras anámnesis de otras vivencias y otros tiempos, a modo de magdalena proustiana que retrotrae a momentos de pasión febril.

El tacto de la resina torneada a mano, deslizándose por los dedos, provoca solaz digno de dioses sin parangón alguno. Su frialdaz cálida proporciona un sabroso contraste, un festín de texturas solo acotado por las limitaciones propias de nuestros sentidos.

El gusto del capuchón, rozando los labios, como un amante eterno y efímero, evoca el más exquisito de los deleites, el mas frío de los calores, invitando a la calma y a la reflexión; a la busca de la paz interior, que intenta reconciliarnos con nosotros mismos.

Todo esto que puede resultar exagerado para algunos, grotesco para muchos, descabellado para el resto, quizás pueda ser los desvarios de un vate loco, de un cuerdo demente, o de, como dijo una vez Machado, de un pobre hombre que va buscando a Dios entre la niebla. Tal vez sea de todo un poco; tal vez no sea nada de ello, pero lo cierto es que esta afición que mantengo ya desde hace varios años, me ayuda a conciliarme con mi yo interior, a ser mejor y más reflexivo. Habrá otros muchos que sientan lo mismo con variopintas cosas, que desde fuera pueden resultar hasta ridículas, y que no se atrevan a contarlas por miedo al ridículo, por vergüenza pura y dura o, tal vez, por no contar como con un adminículo que, con el paso del tiempo se ha convertido en otro apéndice de mi mano, que me ha llegado a doler como uno propio; que comunica el interior de mi alma con una hoja en blanco y la hace sangrar hasta llegar a confesar en un folio lo que de otra manera jamás le diría a nadie.

viernes, 16 de enero de 2009

PALESTINA

Hoy he querido que el texto apareciese en un color distinto al habitual, por considerar que es el más apropiado para mostrar el máximo respeto hacia aquella tierra que, como mis palabras, está teñida de rojo por la sangre derramada. Nota del autor

Siempre he recordado con cariño las comidas familiares de mi casa, una familia obrera que se reunía siempre en torno a una mesa, cuando el cabeza de familia regresaba del trabajo, y comían juntos ante un televisor en el que indefectiblemente se veían las noticias, se comentaban pocas y se escuchaban muchas. Muchos jueves, la serie “cuéntame” funciona como magdalena proustiana, retrotrayéndome a aquellos tiempos en los que todos los hogares españoles eran un fiel reflejo de la familia Alcántara, en que las cosas eran más sencillas, no porque el mundo de entonces no fuera complicado (que desde luego lo era) si no por mi corta edad, que me alejaba de cualquier tipo de galimatías tramposos, que siempre te hacen perder y en los que nadie nunca gana, y que son de los que la vida adulta adolece con más frecuencia de la que fuera deseable. Imperceptiblemente, a todos esos recuerdos tengo grabados a fuego las imágenes de unos hombres polvorientos que atacaban con denuedo a unos carros de combate con unas piedras que iban arrojando como único arma, mientras otros iban recogiendo hombres que se hallaban caídos. Recuerdo con nitidez la escena, aunque entonces no supiera ponerle nombre, ni tan siquiera comprender el porqué de tamaña escena. Hoy, muchos años después, sigo ignorando el porqué, pero ya sé nominarla: Palestina.

Conozco hoy muchas de las motivaciones políticas que derivan en esos hechos atroces que, en la actualidad se siguen dando, jornada tras jornada, aunque haya días que siquiera salgan en los televisivos noticiarios que nos conectan con el mundo actual, como mudos testigos de una ignominia que, cual piedra de Sísifo, se siguen repitiendo una y otra vez, sin que nadie del llamado “primer mundo” haga nada por impedirlo; sin que ningún pie poderoso se interponga en la trayectoria de la sisífica piedra, deteniendo su macabra marcha, que está dejando sobre la tierra sangre indiscriminada de hombres, mujeres y niños a los que nunca les han dejado soñar con otra realidad.

No voy a entrar en disquisiciones políticas, ni voy a tratar de justificar a ninguno de los dos bandos. Solo me gustaría pedir como deseo de fin de año atrasado, que cesen de una vez las hostilidades en la Franja de Gaza, que sea posible otro mundo para esos niños ensangrentados,cuyas imágenes  nos escupen a la cara las  televisiónes mundiales. Pequeños con la mirada perdida, que intentan sin éxito saber qué y porque´les ha golpeado; que ignoran si sus padres siguen vivos, sus casas en pie, su dignidad intacta o si el maltrecho corazón de su incierto futuro sigue latiendo por costumbre o por la convicción de que otro mañana es posible.

martes, 23 de diciembre de 2008

ARRAIGO

La vida es en la mayor parte de los casos una niña voluble y juguetona, que gusta de dar vueltas de tuerca a los que transitamos por ella sin que podamos hacer nada por evitarlo. Creo que la definición que más s ajusta a la realidad es la que pronunció una vez John Lennon: “La vida es todo aquello que te va sucediendo mientras intentas hacer otra cosa”. Resulta bastante ajustada a la realidad ¿no les parece?. Creo que cualquiera de nosotros ha sentido algo parecido en algún momento, y esta indefensión ante tamaña injusticia hace que a veces nos sintamos tan frágiles y vulnerables que se hace demasiado cuesta arriba continuar, aunque sepamos que debemos hacerlo.
Ahora, cuando miro por la ventana, y veo la indeseada calle, de la indeseada localidad en la que vivo, pienso mucho en las palabras del beatles fallecido, y me recorre un pequeño escalofrío, viejo conocido de aquellas ocasiones en las que experimento añoranza de mi ciudad natal, y me tengo que contentar con ver alguna foto, o algún recorrido virtual de esos que ahora brotan por internet, y que solo sirven para mitigar un tanto la sensación de dolor, pero solo en un principio, porque al cabo de poco vuelve con fuerzas redobladas, para terminar de arruinarte el día, la semana, el mes...
Imagino que este tipo de sentimientos no es exclusivo de los que nos hallamos fuera de nuestra tierra, y que a los que no nos va mal debería estar casi vetado el quejarnos, ¡pero es que a veces se hace tan difícil hacer lo justo!. Aunque sé que precisamente la grandeza de este tipo de justicia radica en hacer lo debido, hay ocasiones en las que este sentido de deber que nos impone nuestra firme cosmovisión es auto destructiva, y , como en los versos del genial Louis Aragón, hace arder lo que será en el fuego de lo que fue.
El estigma del cainita se haya impreso en el alma de todos los hombres, y convive con la bondad abeliana, librando una eterna batalla en la que no hay vencedores: solo hay vencidos, y no son otros que nosotros mismos. Aprender esto forma parte de eso que denominamos genéricamente “vivir”, y no deberíamos llorar por ello, si no enseñarnos a vadearlo sin más problemas; pero cada vez estoy más convencido de que el castigo de Dios al expulsarnos del paraíso tiene los tentáculos largos y, en ocasiones, hasta afilados. Sigamos malviviendo a merced de esa vieja farsante, hasta que Atropos, Laquesis y Cloto tengan a bien cortar nuestros hilos, acabando de una vez por todas con nuestros sufrimientos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

GANIVET Y EL MUNDO DE HOY

Ángel Ganivet (Granada 1865-Riga 1898), es ante todo un desconocido para gran parte del público; pero, pese a su corta existencia, pasó a la historia como un gran ensayista y, sobre todo, como uno de los precursores de la gloriosa generación del 98. Pesimista, español y senequista, supo plasmar como pocos los problemas de la España que le tocó vivir y que, pese a la lejanía en el tiempo, no dista demasiado de la actual.
Recuerdo que cuando leí su Idearium español, me causó una fuerte conmoción, debido a las muchas respuestas sobre mí que encontré en aquel escrito que intentaba relatar la esencia de los males que asolaban su patria. Ese libro se unió de inmediato a mi particular lista de aquellos de los que esperaba poco y me dieron todo (como me sucedió con La voluntad o con La escritura o la vida por citar dos ejemplos). Hubo en especial una parte que me encandiló, en la que se relataba una leyenda escandinava que relataba la historia de un hombre que iba por el ártico en un trineo tirado por perros, acompañado por sus ocho hijos. En un tramo en concreto, una jauría de lobos comenzó a perseguir a la familia con la amenazante intención de devorarlos. Viendo que las bestias estaban cada vez más cerca, el hombre comenzó a tirar un cargamento de pieles para aligerar el trineo; siendo esto insuficiente comenzó a arrojar la comida; pero los animales continuaban acercándose, con lágrimas en los ojos, cogió a su hijo pequeño y, tras darle un beso, lo arrojó a los lobos, salvando así a los otros siete. Concluía Ganivet el párrafo sentenciando que las reformas en España debían acometerse aunque ello significara echar a los lobos a un millón de españoles, lo que refleja fielmente la firmeza de carácter que poseía el escritor.
En todo esto me hizo pensar una noticia que, en cuanto la vi en las noticias, supe al instante que me inspiraría algún escrito, aunque para ser capaz de analizarla con asepsia total me fuera necesario un tiempo (que ha resultado ser un mes y medio aproximadamente); y es que la historia resulta cuanto menos turbadora, sobre todo porque es real. Paso a contarles, y juzguen ustedes mismos.
Durante las últimas inundaciones que azotaron España, en un pueblo de Castellón (no recuerdo la localización exacta), un coche fue arrastrado por la lluvia con una mujer y sus tres hijos dentro. Llegó el momento en que era necesario salir del coche y, cogiendo a sus tres hijos (el más pequeño, aún un bebé, en carricoche) intentó abrirse paso atravesando el improvisado rio en que se había convertido la calle. Cuando se hallaba a mitad de camino, viendo que sería imposible llegar al otro lado con tanto peso, cogió a su pequeño y, tras darle un beso, lo soltó y continuó adelante con sus dos hijos mayores. El bebé fue encontrado al día siguiente, muerto, a novecientos metroos de donde su madre lo había soltado. Una historia que, sin duda, no puede por menos que poner los pelos de punta. Resulta aterrador el paralelismo entre esta noticia y aquella leyenda escandinava a la que antes hice referencia.
Ahora mismo, si alguien me preguntara por lo que yo haría, mantendría cuanto menos una duda razonable ante una situación en la que nunca es posible otra cosa que perder. No puedo por menos que mostrar mi admiración por la determinación y la firmeza de carácter que mostró la mujer, independientemente de que comparta su decisión o nó: espero no saber jamás si yo tendría el mismo valor ante una situación análoga. Lo que si que no puedo permitirme es criticar una amarga resolución que ha salvado tres vidas a costa de dos: una la del pequeño lactante; otra, la de su madre, que ya se va a ver marcada de por vida, que jamás creo que vuelva a sonreír de la misma manera en que lo hacía antes, con el corazón roto entre lo que fue y lo que podía haber sido. A veces la vida es una puta que obliga a tomar resoluciones de difícil comprensión para los que jamás se han visto ante semejante situación. Hoy recuerdo la pequeña caja blanca, y no puedo reprimir una lágrima por él: Dios no es justo a veces; nadie debería tener que tomar jamás tamaña decisión.

lunes, 17 de noviembre de 2008

METAFÍSICA

Hay días como los de hoy en los que uno no debiera haberse levantado. No es que me haya sucedido nada en particular que haya inclinado la balanza de las penas hacia ningún sitio; pero lo cierto es que me he sentido raro, triste, con un sentimiento amargo ante la vida que me ha acompañado hasta altas horas de la madrugada, en la que me he reencontrado con el folio virtual en blanco y con unas ganas locas de escribir algo, aunque no fueran más que divagaciones de un hombre de la calle, que sacia sus deseos de hablar de tristezas sin amargar por ello a nadie. Ha sido, en definitiva, una jornada de esas que yo suelo denominar eufemísticamente metafísica, nombre que sin duda le viene al pelo, ya que me dedico a pensar más que nunca en la naturaleza humana, en sus actos cotidianos, en las motivaciones que las propician, y casi nunca suelo llegar a ninguna conclusión porque, como dice la campaña de una bebida energética: “el hombre es extraordinario”.
En estos largos momentos de reflexión, mi mente comienza a tejer las redes más insospechadas, eludiendo los problemas personales y logrando alcanzar la paz solo bajo el signo de la exorcización de mis sentimientos a través de un folio en blanco, que es hasta el momento el amigo más fiel que me haya encontrado.
Es cierto que en demasiadas ocasiones no he podido navegar por este océano blanco; igual de acertado es decir que si no lo he hecho es porque me han faltado las fuerzas. Esta leve divagación he tardado cerca de tres semanas en escribirla, no por elaboración, ni por buscar una calidad que de antemano no le concedo, si no porque me ha faltado el valor para enfrentarme a esa realidad cotidiana que, en algunas ocasiones, se me hace insostenible, y me sumerge en un estado que Azorín explicó larga y concienzudamente en “La voluntad”, una de las mejores no-novelas que yo haya leido jamás, y que no es otra que la abulia.
Perdón por tardar tanto en regresar; perdón por regresar con un intemporal que tiene un nada de calidad y un mucho de sentimiento amargo.

Y no es verdad dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra por los caminos
[ sin camino
Como el niño, que en la noche de una fiesta
[se pierde entre el gentio
y el aire polvoriento, las candelas cimbreantes
atónito asombra su corazón de música y de pena.
Así voy yo, borracho melancólico, guitarrista
[lunático, poeta
y pobre hombre en sueños
siempre buscando a Dios entre la niebla.
ANTONIO MACHADO

sábado, 18 de octubre de 2008

Victoria Francés y Ayami Kojima







El arte ha alcanzado en este aún bisoño siglo cotas realmente altas, de la mano de disciplinas que tradicionalmente han sido catalogadas de menores por los críticos más puristas, que al final han tenido que rendirse a la evidencia, debiendo aceptar que la expresión creativa se ha abierto un hueco a través de los tiempos, se ha adaptado a las nuevas corrientes, y ha buscado con brillantez una expresividad que ha terminado calando en las más jóvenes generaciones, para alcanzar así el aplauso unánime de la gran masa. Este es el caso de las que para mí son las dos mejores ilustradoras de finales del siglo pasado y principios del presente: Victoria Francés y Ayami Kojima.
Española y valenciana, Victoria Francés es licenciada en Bellas Artes por la universidad de Valencia. Pasó gran parte de su vida en Galicia, lo que le permitió entrar con el mundo esotérico y místico que encierra aquella tierra. Completó su galería de influencias con una serie de viajes que le llevó por diferentes capitales europeas. Hasta aquí hubiera podido ser la vida de cualquier estudiante normal, pero en el año 2004 se comenzó a fraguar su leyenda con la publicación de Favole: lágrimas de piedra, primer libro de una trilogía que llevaría a su autora al éxito más rotundo, con el beneplácito de público y crítica.
El caso de Ayami Kojima es, sin lugar a dudas, bastante más pintoresco; más de cuento de hadas. La ilustradora japonesa trabajaba para una multinacional como secretaria, y fue descubierta por casualidad, y fichada de inmediato por Konami, que le encargó las ilustraciones de ese clásico de los videojuegos llamado Castelvania. La técnica que utiliza en sus dibujos combina una serie de técnicas que comienza con la tinta y acaba con resina sintética, par dar un mayor relieve a sus obras; pero lo más sorprendente de todo es que no tiene estudio plástico alguno, y que su arte brota de una determinación maravillosa que solo se puede encontrar en los genios autodidactas.
Hace poco, en uno de los paseos que hago por la red, encontré a dos internautas discutiendo acerca de quién era mejor dibujante, y la verdad es que cualquiera de los argumentos esgrimidos por ambos bien pudieran ser tildados de acertados como igualmente de erróneos, que en materia de arte jamás se puede ser tan taxativo como lo eran dichos contertulios. En mi opinión, ambas dibujantes son el más claro exponente de lo que hoy en día es el arte, una vez que han desaparecido los pintores de cámara, y los maravillosos retratistas de este país se dedican a malvender su don divino por los paseos de los pueblos costeros de nuestro litoral. Podeis observar en las ilustraciones que acompañan este escrito que la técnica de las dos artistas roza la perfección, sin que nadie pueda decantarse por una u otra sin atenerse a razones del todo subjetivas. Mi predilecta es sin duda Victoria Francés, pero eso no significa que no deba quitarme el sombrero ante las ilustraciones de la japonesa. Mi favoritismo viene motivado por los sentimientos: los dibujos de la valenciana me turban, me conmueven; me transmiten en todo momento sufrimiento, amor roto, separación y nostalgia, mientras que los de Kojima me dejan frío, indiferente (aunque también con la boca abierta). Me parecen meras plantillas que no dejan ver la sique del personaje.
Sea como fuere, sendas obras son dignas de ser vistas, admiradas y veneradas a partes iguales. Para gustos, los colores: elijan el suyo.

domingo, 31 de agosto de 2008

Las niñas ya no quieren ser princesas



El día que Andrea llamó a su amiga Pilar, su voz reflejaba una inmensa felicidad; cualquiera diría que sería por sus buenas notas, o porque era el día de su cumpleaños; pero la realidad era distinta. “Mi madre me ha dejado, y como ya soy mayor de edad, no necesito la autorización de mi padre” -le dijo- “y mañana me voy a la clínica, tia, es genial” -añadió antes de colgar- y la risa cascabelera de su amiga sirvió de epílogo.


El día que le había dicho que sí a su hija, la madre de Andrea pensó que su pequeña empezaba a crecer, que ya era una mujer; de hecho, al día siguiente cumpliría dieciocho años, sería mayor de edad y de pronto se imaginó recibiendo la noticia del embarazo, asistiendo al parto, llevándose a sus nietos al parque... y todo tras ver como su pequeña había superado la traumática noticia de su divorcio, cuatro años antes del día de su decimo optavo cumpleaños. Si le hubiera sido posible ver el interior del cerebro de su hija, habría descubierto que el trauma se superó a los pocos meses, y que la que realmente no lo había dejado todo atrás era ella. “al fin y al cabo, yo también lo he hecho: no le puedo decir que no” -pensó mientras le preparaba el neceser a su querida Andrea-
El día que ingresó en la clínica, las risas y los besos de su pequeña, compensaron la dificultad de la decisión, la tensión del momento y, sobre todo, el sentimiento de culpabilidad por no haber contado con su marido para tomar la decisión. Sabía que él no lo aprobaría, así que era mejor no decirle nada: cuando todo estuviera hecho ya habría tiempo para arreglarlo. Cuando el celador les acompañó hasta la habitación, la animada conversación de Andrea y Pilar giraba en torno a lo bien que lo pasarían en verano, luciendo nuevo tipo en la playa. Mientras, ambas madres acumulaban tensión, que procuraban calmar con breves miradas plagadas de sentimientos tranquilizadores, simples apaga fuegos que trataban de contrarrestar la ansiedad.


El día que el cirujano les comunicó que habían habido complicaciones en ambas intervenciones, las dos mujeres desearon estar muertas; habían tomado una decisión arriesgada y habían perdido, solo que la apuesta era demasiado alta: Pilar debería pasar por quirófano unas doce veces más antes de volver a tener unos pechos parecidos a los que tenía antes de la intervención; Andrea no volvería a ver jamás la luz del sol.


El día que enterraron a la muchacha, la madre intentó refugiarse en el hombro de su ex-marido, que la apartó con vehemencia, en un intento de no caer en la tentación de agredirla; él, que en su vida había pegado a nadie, ni siquiera de pequeño, deseó matarla, golpearla mientras le preguntaba porqué le había robado a la única razón que le ataba a este mundo de locos. La situación disculpaba cualquier cosa; pero para el hombre la violencia era algo que jamás tenía justificación, así que rompió a llorar mientras caía al suelo en medio de un ataque de nervios.


El día que les cambió la vida para siempre, los padres de Andrea descubrieron el peligro de darle todo lo que pide a su hija, de no ponerle límites, de tratar de compensar las veces que no podían estar con ella consintiendo caprichos absurdos que ni necesitaba ni realmente quería. Las niñas ya no quieren ser princesas; ahora quieren ser más altas, más guapas, tener más cosas de las que podrían usar en dos vidas. Por todo ello, Andrea ya no podrá ver de nuevo su habitación especialmente decorada para ella, ni sus viejas muñecas, ni a ese chico que le gustaba desde el instituto. Mientras, en la radio, el maestro Sabina continuaba: las niñas ya no quieren ser princesas/y a los niños les da por perseguir/el mar dentro de un vaso de ginebra....

martes, 26 de agosto de 2008

Distracciones mundanas

La amplitud de miras con que cada cual dota a su cosmovisión, es una ardua tarea de aprendizaje en la que se produce una mezcolanza de experiencias, realidades externas, aficiones propias, anhelos y metas logradas. Se van formando desde la adolescencia, y va mutando a medida que van pasando los años y, mientras quemas ciclos vitales (pubertad, adolescencia, juventud...) va moldeándose como la arcilla, hasta alcanzar la perfección poco antes de la muerte: a mayor edad, mayor capacidad para observar el mundo. Es por esto que, cuando se alcanza edad provecta, la sabiduría aumenta, a costa de los anhelos por lograr, que comienzan a ser metas inalcanzables, lo que propicia la falta de ilusión en muchos ancianos; “hemos dado a los viejos más años de vida, pero no les hemos enseñado qué hacer con ello”, escribía el maestro Antonio Gala en una de sus memorables troneras. Y resulta de ello el natural contrapunto de ver como las personas ancianas se encuentran cada vez más perdidas en un mundo que ya no es el suyo, que ya ni les pertenece, ni les necesita y, lo que es peor, ni les acepta. Triste realidad, con pequeños y excepcionales brochazos (que confirman la maldita regla); peor que no por ello deja de ser más cierta.
En las sociedades modernas, tecnificadas, sus miembros deben andar deprisa, tener anhelos y, sobre todo, contribuir a la causa con rendimiento (a ser posible en efectivo). A todos los que no cumplen algunos de estos requisitos, sus mismos congéneres les apartan, denigran y condenan al ostracismo, sin que pueda haber ningún tipo de compasión, es por esto que los viejos son mirados como restos de algo que fue, como leves vestigios de alguien a quien se le puede gritar en la cara “usted no es nada, usted ya no es usted”, y apartar sin mayores miramientos. En las sociedades menos desarrolladas (?) esto no suele suceder: el patriarcado está asentado firmemente en lo más alto de la estructura social, y las ancianos suelen formar parte de la cúpula dirigente, y sus voces son escuchadas, acatadas y respetadas como fuentes de experiencia. En algunos puntos de África, algunas tribus afirman que cuando muere un viejo, muere una biblioteca. Una frase bella, que resume el sentir de una gente que sabe muy bien que las vivencias amplias de una persona se traducen inevitablemente en una sabiduría que no se aprende en los libros, pero que a la hora de afrontar la vida suelen resultar más útiles que cualquier tratado filosófico.
Aprendamos a convivir con los ancianos viéndo en ellos algo más que los despojos de alguien que, hace algún tiempo fue útil, a valorarlos debidamente y, sobre todo, a darles algo que les ayudará sin duda a rellenar el enorme vacio de sus últimos años de vida: cariño

martes, 29 de julio de 2008

Retórica

Según reza la tradición católica (y la judía, pues ambas religiones nacen de un mismo germen: la Torá o Pentateuco), cuando la pareja primigenia cometió el pecado de comer de la manzana prohibida, Dios les expulsó del paraíso, y pronunció unas palabras que, miles de años después, resultan lapidaria: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Resulta curioso que hoy en día ocurra lo contrario: que el castigo sea el no poder ganarse el pan. Resulta evidente que si el Hacedor escribe con renglones torcidos, el demonio se encarga de enderezar unos cuantos para crear el caos y la confusión. Algo que se supone nació como una maldición, ha llegado a tornarse una bendición, y la ausencia del castigo supone uno de los grandes traumas familiares y personales que cualquiera pueda enfrentar; ¿alguien entiende algo? ; supongo que se puede calificar de kafkiano algo así y, sin embargo, como con todas las cosas que coexisten con nosotros durante un largo tiempo, se ha convertido en algo que no solo es normal, sino que además se ha ido transformando con ayuda de la costumbre en uno de los ejes que mueven el mundo interior y exterior, marcando nuestra existencia hasta el punto de condicionar nuestro horario, que es el nombre que en nuestro estresado mundo actual recibe la esencia vital o, si se prefiere, el alma. Alrededor de él ajustamos el momento que tenemos para disfrutar de los nuestros, de nuestro ocio, de nuestro placer sin que podamos hacer nada por remediarlo sin que tengamos que pagar por ello un alto precio. La sociedad que nos rodea nos va empujando en la dirección que cree es la mejor para la colectividad, aunque para ello tenga que anular por completo la individualidad.

Queda pues demostrada la importancia que el trabajo tiene en nosotros y en nuestras acciones. Consecuentemente a ello, las interrelaciones laborales que establezcamos (tanto por necesidad como por afinidad) tomarán para nosotros una relevancia extraordinaria. De hecho, cuando alguien entra en una nueva empresa, una de las principales preocupaciones es el encajar con los nuevos compañeros, hecho que, salvo en contadas ocasiones, no suele producirse con la misma claridad que se da en otros foros diferentes. Si se piensa, las condiciones que se dan en esta reducida comunidad son excepcionales: la coexistencia no es elegida por afinidades personales, ni por nexos comunes, ni por una libre elección; muy por el contrario, el común de los individuos están disfrazados, mostrando un rol diferente al que muestran en privado; un avatar que, en determinados momentos muestra nuestra peor faz que sugiere defectos desconocidos por nosotros mismos, que se encuentran en nuestro interior; pero que somos incapaces de ver como nuestros por una mera cuestión de autodefensa, de justificación que, en la mayoría de los casos no tiene ni lógica ni argumentos válidos que la justifiquen; pero que tranquiliza los sentimientos de culpa, esos que muchos llaman conciencia. Si a esto unimos unas gotas de insinceridad, un chorro de estrés y un tanto de obligatoriedad a la hora de tener que pasar la mayor parte del día con extraños, el cóctel resultante es una situación explosiva que, en cualquier momento, va a hacer saltar todo por los aires. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los trabajos de una empresa suelen formar parte de una estructurada cadena de montaje que debe dar como resultado un producto común, misceláneo de muchos esfuerzos, mecano impenitente de muchas piezas provenientes de muchos esfuerzos, no siempre bien compensados, lo que provoca en innumerables ocasiones las consabidas fricciones.

Sin duda, es muy importante encontrar un trabajo en el que una persona se sienta realizada con la mayor plenitud posible, en la que el ambiente sea lo más armonioso posible, y el trato todo lo humano que cualquier persona se merece: una utopía. El primer caso se ve imposibilitado por la abrumadora realidad: cerca de un noventa y dos por ciento de las personas que fueron entrevistada en una encuesta reciente, reconoce trabajar en un puesto por obligación; solo ocho de cada cien trabajan en algo para lo que se habían preparado, lo que implica que es una minoría la que lleva a cabo su actividad laboral en un campo relacionado con su predilección; ¿no resulta aterrador?

El segundo supuesto no se encuentra ni mucho menos en una tesitura más halagüeña: el noventa y seis por ciento ha tenido alguna pelea con alguno de sus compañeros; además, el noventa y tres por ciento asegura mantener una animadversión por uno o más de sus colegas. Teniendo en cuenta que en muchos casos pasamos más tiempo con la gente del trabajo que con nuestras familiar, este dato resulta cuanto menos desolador, dantesco. Y aquí es donde entra en juego la llamada “teoría del folio en blanco”, cuyo enunciado viene a decir algo así: “Si coges un folio en blanco y lo estrujas entre tus manos, este quedará dañado para siempre; puedes estirarlo, dejarlo debajo de algo pesado, plancharlo… Es muy posible que consigas recuperarlo, que puedas escribir en el, que sea factible utilizarlo de una manera normal; pero nunca volverá a estar igual que antes de arrugarlo.” Al igual que con esa hoja ficticia, en las relaciones humanas ocurre lo mismo: una vez que has tenido algún encontronazo con alguien tu forma de verle habrá cambiado para siempre. Es muy posible que continúes teniendo amistad, trato económico o cualquier vertiente de relación humana que te ligue a esa persona; pero algo en tu interior habrá cambiado irremisiblemente, sin que se pueda hacer nada por devolverlo a su estado original; ¡y además estás obligado a tratar con ella a diario y a pasar un tercio de las horas que permaneces despierto! Y todo ello con la mejor de tus sonrisas, para “mantener el buen rollito en el trabajo”. Extrapolar esta situación a otros ámbitos de la vida cotidiana es redundar, ahondar en más de lo mismo: un vecino incómodo en el ascensor, por ejemplo, es una vuelta de tuerca más en las relaciones personales; un amigo al que le has prestado un libro, un familiar directo al que, cuando llegas a conocerlo, te das cuenta de que si no fuera por la consanguineidad jamás trabarías trato alguno… Distintas caras de una misma moneda.
En una nómina no se paga solamente el esfuerzo desarrollado para realizar un trabajo; cuando llevas ya algunos años viviendo esa vida de mayores que deseaste con ahínco en la pubertad (¡cuidado con lo que se desea, no sea que se cumpla!) paulatinamente de das cuenta de que en ese mísero salario que percibes y que apenas te da para pagar la hipoteca, hay implícita una realidad subyacente que te va a obligar a hacer muchas cosas que jamás pensarías que ibas realizar; otras varias que nunca pensaste que ibas a permitir que te pasaran; algunas que te roban la identidad, y te convierten en una caricatura de lo que realmente eres, de lo que realmente quieres ser, de lo que realmente nunca vas a llegar a ser. Esa es la última de las verdades que te reserva la vida, el diploma que te da cuando acabas tu formación. Aceptar este hecho se convierte en un suplicio que debes pasar velis nolis. No trates de resistirte; acéptalo como otra cosa más de la vida y carga con tu cruz. No se te hará más corto tu camino hacia el monte calvario; pero al menos sabrás que lo que vives es real.

sábado, 7 de junio de 2008

El agua prometida

El agua prometida.

Recuerdo que hace ya la friolera de trece años, cayó en mis manos por arte y magia de un regalo que, (espero me perdonen la imprecisión), fue hecho por un motivo que ahora no recuerdo, y que en su momento no me generó ninguna ilusión especial, más allá de la que supone para mí que me regalen un libro (ya de por sí grande). Se trataba de una obra de reciente aparición de Manuel Vázquez Figueroa, y se llamaba como el título de este escrito: El agua prometida. Por aquel entonces había terminado de leer otra obra del mismo autor que me entusiasmó: Tuareg, así que acometí la lectura del ejemplar con unas altas expectativas, confiando que me condujese a nuevos territorios inexplorados e inaccesibles para mí, de la mano de otros personajes que, como Gacel Sayah, volvieran a maravillarme con su particular cosmovisión y su sentido del deber. Quizás se me pueda atribuir cierta bisoñez que, dada la edad que entonces tenía, jamás me atrevería a rebatir; pero lo cierto es que aquel libro fue una de las mayores sorpresas literarias que me he llevado en mi vida.
Vázquez Figueroa es un escritor que, como le sucedía a Baroja, escribe como el diablo, pero noveliza como los ángeles, lo que propicia que haya pocos autores con los que cualquier lector pueda disfrutar tanto como con él. Esto le hace vender muchos ejemplares, ser admirado, envidiado y, sobre todo, independiente. Por todo ello, el canario se desmarcó con una especie de ensayo magistralmente escrito que versaba acerca de los problemas que se había encontrado por el simple hecho de haber realizado un hallazgo extraordinario y querer donarlo gratuitamente a su país, con lo mal visto que está en España el altruismo que deja fuera de juego a los intermediarios y correligionarios varios, cada uno con bastardos sentimientos patrios que les lleva a llenarse los bolsillos en nombre del estado de bienestar , beodo con el peor vino: el de la sangre de su herida. Además de ser un literato de éxito, Don Manuel es además un gran inventor, de esos cuya genialidad tardará muchas décadas en ser reconocida, y fruto de ella ideó una planta desaladora que usaba unas simples membranas y su conocimiento en submarinismo para lograr separar con una total eficacia y con un alto grado de respeto hacia el medio ambiente (como han demostrado a posteriori las que fueron instaladas en su isla natal) el agua de la sal. Este tema, que ahora goza de una popularidad y que parece recurrente y hasta, si se me permite decirlo, manido, en el año mil novecientos noventa y cinco resultaba innovador, y despertó en mí una conciencia ecologista que hoy en día conservo y aprecio como uno de mis mayores tesoros. Con aquel genial ensayo descubrí lo que hoy sabe ya cualquier individuo: que la utilización de los recursos naturales ha de ser comedida y responsable, solo que con más de una década de adelanto.

Hoy, que la humanidad mira el futuro con los malos augurios de ver a nuestros nietos malviviendo en un mundo esquilmado indiscriminadamente por multinacionales sin escrúpulos, para los pocos que leímos aquellas sabias palabras de Vázquez Figueroa y nos dejamos imbuir por el espíritu del Caid Manolo, la situación actual es tan solo el lógico resultado de lo que entonces preconizaba una minoría tildada de alarmista y de anti-progresista, que veía en las latas de refresco al enemigo a batir. Ni ahora, que resultan evidentes sus nefastos auspicios, el conjunto de los hombres nos decidimos a aunar esfuerzos para paliar un tanto la comprometida situación de la madre Tierra, olvidando que, como reza aquel sabio dicho: “Dios perdona siempre; el hombre, a veces; la naturaleza, nunca”.