La frase del día

El hombre puede vivir unos cuarenta días sin comida, unos tres días sin agua, unos ocho minutos sin aire, pero sólo un segundo sin esperanza.” — CHARLES DARWIN

domingo, 19 de julio de 2009

REENCUENTRO CON LA LUNA



Recuerdo que en mis muchas noches de adolescente, época de bisoñez y ternura, donde cada sentimiento era vivido como si fuera el último, me encantaba mirar la luna, y que ella me mirara. En mis ensoñaciones, la imaginaba como una dama que nos observaba, penetraba en nosotros para ver nuestros sentimientos y desnudarnos el alma ante ella, para después acariciarnos, recorriendo cada palmo de la piel, para besar nuestro dolor, para golpear nuestras alegrías; para, en definitiva, entregarse a nosotros con dulzura, haciéndonos pagar después un precio muy alto por sus atenciones. Una leyenda muy antigua, que encontré por casualidad en un viejo libro de la biblioteca, describía a Selene como una diosa hermosa, vestida con un velo blanco transparente, que escuchaba a los enamorados, atendiéndoles en sus peticiones por un tiempo, para después cobrarse la vida del amante por los servicios prestados, si este le gustaba, o la de ella si consideraba al hombre indigno de compartir su lecho, para conseguir así que sufriera por el simple hecho de no ser bien visto. Atraído por la crueldad de la leyenda, me pasé buena parte de la adolescencia mirando las noches de luna llena (que se supone que era cuando hacía su macabra elección) hacia el cielo, esperando ser el elegido la mayor parte de las veces, preso de la angustia propia de los tortuosos sentimientos adolescentes que, muy frecuentemente, me asaltaban, preso como era de un romanticismo que, a día de hoy, sigue acompañándome, tintado por los matices y los colores de las experiencias vividas.


Ahora que han pasado ya unas pocas décadas desde que todos aquellos pensamientos me ocuparan, miro hacia mis viejas creencias de “la fábrica de suenos rotos”, y me pregunto si aquella tortuosidad era fruto de mis vivencias o, tan solo, de mi difícil personalidad, de mi complejo mundo interior. Quizás el encontrarme ahora, más viejo, más cansado, mas vivido, con algunas similitudes me hace pensar que todo ello fuera producto de esto último, que nunca he sabido adaptarme a mis sentimientos, que he sido el rebelde sin causa en mi propio mundo interior, el disconforme, el incómodo inquilino de una habitación que no era tan inconfortable como quería creer.


Y ayer, solitaria y altiva, la luna se dio de nuevo cuenta de mi presencia. Poco a poco fue acariciándome con sus rayos, recorriendo mi cuerpo y recordando a aquel adolescente que pasaba tantos y tantos momentos, mirándola y amando en silencio; reconoció sin duda al viejo vate loco que otrora le dedicara sus mejores versos, sus mejores palabras, sus mejores lágrimas, más esta vez convertido en un hombre, en una versión envejecida de aquel joven, incapaz de articular palabra, recordando aquellos fugaces momentos que compartieron, instantes en los que él fue suyo y ella... del cielo. Supo reconocer en mi mirada la misma pena de otros tiempos. Compadeciéndose en una de las raras ocasiones en que lo hace; me dejó llorar en su hombro, me acaricio el rostro, y me dijo aquellas dolorosas palabras que reconfortan aunque sacuden el alma y te obligan a desesperar por el dolor y la rabia: “Sentirás que nada tiene valor, que todo te sobrepasa. No sabrás ver las injusticias que has cometido, mas sentirás las sufridas en carne propia, y las consecuencias de ambas. Serás de nuevo ese ser vulnerable al que perdonar la vida por compasión. Experimentarás tus pérdidas y las de todos aquellos a los que has hecho perder algo, sin que puedas hacer nada por evitarlo. Ahora, delante tuyo, solo quedan pasajes de dolor y lágrimas. Pero, si consigues salir del valle, entonces quizás puedas ser feliz. No olvides dentro a nadie, y descansarás. Perdona y serás perdonado, ama y serás amado; llora con otras lágrimas, no con las propias, para que tu alma encuentre descanso. Cuando hayas hecho todo eso, regresa a mí y sabré darte una muerte digna de un héroe.”


Supongo que aunque pase el tiempo, aunque nos modifique en algo la vida, la esencia permanece, como marca indeleble de lo que es en realidad tu alma. Los que hemos nacido para la tristeza, tenemos el simple cometido de servir de oscura referencia para todos aquellos nacidos para la alegría; no podemos soñar por ver el sol, por escaparnos de un papel que se nos ha dado en el gran teatro del mundo. Huir es imposible: las cadenas están dentro de nosotros, y romperlas solo nos puede conducir a la humillación, la soledad y la muerte.


Perdón por la tardanza en escribir algo, pero hay momentos en los que comprender ciertas cosas, puede ser pernicioso. Escribir para mí es encontrar el porqué de las cosas, y no siempre se tiene la fortaleza como para escuchar las verdades del alma.


miércoles, 27 de mayo de 2009

LA SENSIBILIDAD DEL ARTISTA

A lo largo de los tiempos, distintos hombres se han visto tocados por una gracia especial para llevar a cabo empresas que al resto de los mortales les resultaban, en lineas generales, difíciles o imposibles de realizar, lo que propiciaba que se desarrollase en la mayoría de los casos una variante de los comunes celos, que aderezada con una pizca de envidia y unas gotas de animadversión, hizo de aquellos diana de distintas burlas, carnes de presa fácil de las que se podía hacer con total inmunidad mofa, befa y escarnio (en el mejor de los casos), o les convertía en objeto de persecución, cacería y muerte. Miguel Servet, por ejemplo, desarrolló sus estudios como médico hasta un punto tal, que le hizo descubrir los misterios del torrente sanguíneo, lo que le valió la excomunión y la muerte en la hoguera por sus heréticas conclusiones. Galileo, tuvo que pasar por el tribunal de la Santa Inquisición para desdecirse de la absurda teoría de que la tierra giraba alrededor del sol, para concluir diciendo en voz baja eppur si muove (y sin embargo se mueve) y morir cansado y derrotado, habiendo tenido que abjurar de aquello que había estudiado durante años. Grandes ignominias se han cometido a lo largo de la historia contra grandes hombres que lo único que hicieron fue aplicar sus conocimientos y ayudar a la humanidad a subir otro peldaño hasta alcanzar lo que es hoy.


Todos esos hombres, que alcanzaron notables cotas de excelencia dentro de sus diferentes disciplinas, tuvieron en común algo, muy común en los humanos, pero que sólo unos pocos quieren escuchar, por lo doloroso que resulta hacerlo. Yo lo denomino eufemísticamente la sensibilidad del artista, y tiene la propiedad de manifestarse en todas las personas sin distinguir raza, ni religión, ni estrato social... todos lo llevamos dentro. Solo marca la diferencia la atención que queremos ponerle a sus palabras, que para unos parecen lejanos susurros, y para otros resultan gritos atronadores.


La necesidad de exorcizar fantasmas, suele ser la forma más común que tiene de manifestarse: comienza por una leve melancolía, que con el paso del tiempo, si no se satisfacen sus deseos termina trocándose en melancolía brutal, incompasiva y constante, que empieza a marcar tus actos, hasta sumirte en un estado depresivo total, que te convierte en un ser incapaz de desarrollar una vida normal, a menos que no abras la válvula de escape, y los dejes salir en forma de escrito, cuadro, coleccionismo, canción... tantas formas de expresar como cosmovisiones existen. Recuerdo que en una ocasión tuve la oportunidad de visitar el taller que un amigo había montado en su garaje. Me lo mostró como el que revela su santuario. Hasta ese momento, yo no comprendía por qué pasaba tanto tiempo allí, hasta que por fin lo vi: Los barcos y aviones de aeromidelismo, las maquetas que había hecho con sus propias manos, las tallas de madera finamente labradas... su sensibilidad de artista quedó al descubierto para mí: la firmeza de los surcos en unas obras, la desidia y la tristeza en otras... sin duda dejaba impresa en cada escultura su estado de ánimo.


Y esto solo es la parte positiva, por que, como todo en esta vida, cualquier expresión plástica tiene su parte negativa. Los que somos poseedores de esa sensibilidad somos seres taciturnos (aunque algunos lo disfracemos, para los temas que de verdad nos importan somos muy reservados), meditabundos y, si se me permite la expresión, tristes hasta en las alegrías. Es de una gran dificultad convivir con alguien como nosotros, ya que, aunque somos excelente compañía en los momentos malos, nos cuesta dejarnos llevar en los buenos. Inconformes con nuestro estado de ánimo, siempre buscamos con nuestras reflexiones una lectura diferente a la superficial, haciendo que al final una buena parte de la alegría se nos haya esfumado.


Por otra parte, nuestra cosmovisión se ve afectada en demasía por cualquier cosa que suceda en torno a nosotros, lo que deriva en una facilidad cuasi increíble para conseguir herirnos, con lo que, si esto es obviado por quien nos trata a diario, por acción u omisión, podemos vernos afectados por muchas cosas que, en sí, no deberían constituir problema alguno. Si a esto le unimos nuestro hermetismo, nuestro hierático comportamiento, y nuestro cuasi-sempiterno estado de angustia, el resultado es un ser tan fácil de contentar como de herir, con un halo de tristeza que, en el mayor número de casos, no es tal.


Supongo que este es el precio que tenemos que pagar por ser capaces de expresar nuestros sentimientos de una manera diferente a los demás. No sé si se debe agradecer el regalo o maldecirlo; pero de lo que sí estoy seguro es de que tenemos que aprender a convivir con él, resistiendo la tristeza, que en la mayor parte de los casos, es una fuente inagotable de imaginación. Es paradójico que, cuanto peor estemos, más fácilmente creamos. Estigma cainita, que nos acompañará mientras vivamos, invisible para los demás, indeleble para nosotros.

martes, 5 de mayo de 2009

HOY


Hoy, he estado reflexionando durante una buena parte de la madrugada, y otra de la mañana. He pensado mucho acerca de mí, de todo lo que me ha sucedido últimamente, y he llegado a la conclusión de que han sido demasiados los golpes que he aguantado, que no creo que me merezca tantos, aunque haya habido algunos que si que hayan sido merecidos.

Hoy, he tenido por fin el valor para mirar en mi interior, y lo que he visto me ha hecho llorar, recordando quien era, recordando quien me gustaría ser, y comparándolo con la caricatura en la que se ha convertido mi corazón. Todos aquellos que han hecho todo lo que han hecho en el nombre del amor que decían sentir por mí, han dejado agonizante al niño que llevo dentro, que yace en el suelo, con los ojos mirando hacia el horizonte, mientras preguntan "¿por qué?", mientras la lágrimas (las mismas que ahora ruedan por mis mejillas), le recuerdan a través del dolor, que por lo menos aún sigue vivo, manteniendo así la esperanza de poder volver a caminar algún día.

Hoy, mientras realizo ese viaje hacia ninguna parte, escuchando marchitarse las flores que hay a ambos lados del camino, justo a la altura del último pájaro que, agonizante, cayó hace unos segundos del cielo, veo ante mí esa tierra ahita de podedumbre y cieno en que han convertido mi alma aquellos a los que más amé, todos los que en el nombre del amor han tratado de reconducirme hacia lo que para ellos es el buen camino, atando para ello a mi cuerpo cinchas repletas de espinas, que se han clavado en mi carne, desgarrándola sin compasión; pero, eso sí, todo en el bendito y sagrado nombre del amor terreno y filial, que sin duda ha motivado sus actos.

Hoy, que el rencor ha sido desterrado de mi yermo páramo, que ninguno de mis sentimientos se ve ya movido por el odio ni la animadversión, por fin he encontrado el valor para volver a llorar, mientras maldigo a todos aquellos a los que más amé, a todos los que me recibieron en su dulce regazo, hoy lleno de afiladas puntas; a todos los que me han dejado inservible para el amor, para los sentimientos agradables. A todos los que pasaron junto a ese niño agonizante que hay tendido en el camino, y pretendieron levantarlo a fuerza de puntapies. Gracias a todos ellos, por haber convertido mi alma en el mayor cementerio de sentimientos que jamás haya conocido.

Hoy, ahora que acuno a mi niña entre los brazos, veo como un pequeño viento de vida entra en el yermo páramo, mientras me pregunto: "¿cuanto tardara en ser asesinado en nombre del amor?". Quizás no muera, no hay porqué. Mientras comienza a respirar de nuevo el pájaro exangüe, y el sol comienza a tejer un dorado nido en el cielo, el légamo comienza a secarse. ¿Quién sabe si no será la base para una nueva cosecha?. Una oración irá por ello.

jueves, 9 de abril de 2009

Confidencias


Llevo algún tiempo (no demasiado, lo confieso) mirando con recelo el teclado, con el mismo respeto que el torero que toma la alternativa observa a su primer toro,con ansia pero con miedo; y es que hay momentos en que se hace muy difícil escribir: las circunstancias personales no lo permiten.


Recuerdo que una de mis adolescentes lecturas predilectas eran los artículos de costumbres de Mariano José De Larra, un febril escritor romántico que terminó suicidándose con tan solo veintiocho años de edad. Afrancesado, culto, con acerado tino para observar, analizar y dar con la clave, en sus escritos retrató quizás de un modo esperpéntico (aunque no por ello menos cierto) la sociedad española de su momento, que en poco difería de las sociedades hispanas del pasado y que, a su vez, se asemejaban enórmemente a cualquier futuro momento histórico vivido en nuestro país, por mucho que nos empeñemos en querer pensar que los tiempos cambian, lo que no dejaría de ser cierto si no fuera porque las tipologías humanas que se dan en cualquier sociedad mantienen unos rasgos diferenciales que se mantienen inalterados. Recordaba pues a Larra no por el magnífico fresco hispano que construyó con sus palabras, si no por una de sus más famosas frases, y que daba título a uno de sus no menos célebres artículos: “Escribir en Madrid es llorar”.


En el arriba mencionado escrito, el escritor razonaba acerca del escaso eco que producían las palabras escritas sobre la situación existente, de lo desesperante que resultaba proclamar a voz en grito algo que todos oían, pero que nadie escuchaba. Intencionadamente, el autor nos dejaba entrever la eterna lucha que sostienen los creadores consigo mismos, con sus coetaneos y con el cotidiano mundo que les rodea: demasiados enemigos para aspirar siquiera a salir airosos, en una batalla en la que con seguridad se puede afirmar que no solo no hay vencedores, si no que además únicamente hay un vencido, que resulta no ser otro que uno mismo. ¿Que hay más frustrante en esta vida que el gritar algo a voz en grito mientras se es ignorado por todo el que nos rodea?. Cassandra, la vidente que aparece en “La Iliada”, es dotada por los dioses con el don de la clarividencia, y castigada por los mismos con no ser jamás creída, aunque todas sus predicciones fueran acertadas, lo que la lleva a sufrir un permanente estado de ansiedad en el que se vió inmersa hasta su regreso con Agamenón a su patria tras participar en la guerra de Troya, y donde ambos, envueltos entre redes por la conjura de la mujer de este y de su amante, encontraron ambos una muerte predicha con anterioridad por la pitonisa pero, como todas sus predicciones, jamás creída.


Este fin trágico y anunciado, se repite una y otra vez en las vidas de cualquier escritor (escribidores incluídos, grupúsculo ingente, donde yo siempre me englobo). Todos los que, con mayor o menor acierto, decidimos alguna vez enfrentarnos a un folio en blanco, sentimos que al exorcizar fantasmas cotidianos a golpe de pluma, estamos firmando nuestra pequeña sentencia de muerte; vamos como Aquiles, al encuentro de Héctor, sabiéndonos poseedores de la victoria momentánea, para caer después abatidos por una inmisericorde flecha que atraviesa nuestro punto débil de parte a parte, sin darnos oportunidad de réplica. Por mucho que queramos enfrentarnos al mundo que nos rodea, revestidos de brillante loriga, logramos una efímera victoria, para volver a caer fulminados por un inmisericorde mundo, que nos acusa de ser borrachos, melancólicos,guitarristas lunáticos, poetas y pobres hombres en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.


Desgrano sentimientos, para exponerlos al voluble arbitrio de quién quiera verlos, dejando a un lado la ropa que me reviste el alma, con impúdico gesto, para que todos contemplen la grotesca desnudez de mi interior, mientras la sangre sigue brotando de mis heridas, para que quien lo tenga a menester pueda añadir de cuando en cuando un puñado de sal, que me recuerde cuanto duele la vida; que me haga sentir que, pese a ellas, sigo vivo y dispuesto para reverdecer el corazón en cada primavera.

lunes, 23 de marzo de 2009

LAS SOMBRAS DEL OLVIDO

La noche, con sus profundas sombras, es siempre el momento más indicado para que los escribidores como yo puedan cazar monstruos, exorcizar fantasmas, armados con una pluma y un toque melancólico que bien puede hacer las veces de coraza, para no sentir demasiado los embates que una vida de excesiva reflexión te da a diario. Últimamente, debido a mi insomnio, he podido ocupar el tiempo en cavilaciones que, a veces, me han llevado a los albores del amanecer que, con su luz, se ha encargado de hacer que los espectros desaparecieran parcialmente, concediendo una leve tregua que he podido dedicar a la estructuración de muchos de los pensamientos que antes pululaban campando por sus respetos, sin que fuera capaz de ordenarlos, ni, en muchas ocasiones, siquiera conocerlos. Supongo que a veces las veredas y vericuetos de la existencia son más sencillos de lo que parecen; pero siempre me empeño en darle demasiadas vueltas a las cosas, complicando lo que en esencia nació tan simple que resulta harto difícil no hacer lo correcto. Es lo que tiene ser meditabundo: muchas veces te ayuda a encontrar una solución; otras muchas te aleja de ella.


Recuerdo que en la adolescencia (que yo siempre he llamado cariñosamente la fábrica de sueños), pensaba que era mucho más sencillo averiguar las preguntas que las respuestas, pero esa aseveración, como otras muchas de las formulaciones efectuadas en tan precaria edad, era sin duda del todo errónea. Nada hay más difícil, cuando te enfrentas a la vida adulta (para mí la fábrica de los sueños rotos) que hallar la pregunta correcta que nos permita continuar por la vereda señalada, la que nos aleje de las sombras del olvido, esas que por el día son inocuas, pero que, al llegar la noche, desarrollan toda su fuerza, hienden uñas y dientes en tu carne, para dejar las heridas más graves que se le pueden hacer a una persona: aquellas que carecen de herida y adolecen de profundidad, dejando en tu interior la terrible huella del miedo a la oscuridad, a la noche, al deseo desmedido, a que los sentimientos lleguen al corazón y nos dejen vulnerables... hay tantas sombras como tipos de personas; tantos tipos como personas hay en el mundo.


Quizás, cuando las preguntas giran en torno a las personas que, de una u otra manera nos rodean, las uñas se hacen más largas, los dientes más afilados, la herida más profunda. Cuando a una persona a la que quieres, en la que has depositado todas tus confianzas, sentimientos más profundos, anhelos y sueños, debes musitarle sotto vocce un escueto porqué, sientes que algo se desgarra en tu interior, abriendo por completo tu corazón e hiriéndolo como jamás lo ha hecho nadie antes con las armas más terribles inventadas por el hombre: la palabra y las lágrimas. Aquella, cortando con precisión de cirujano en la parte que más duele; estas, derramándose sobre la herida impidiendo que nunca cicatrice, mientras regalas un rastro de escozor y angustia que no cesa.


“El tiempo todo lo cura”, una afirmación tan rotunda como falsa: el tiempo atenua los daños, nos concilia con nuestras heridas, nos permite vivir con ellas; pero no las cura. Simplemente la reinserta en la corriente vital de las vivencias. Eso que comúnmente se denomina experiencia.

jueves, 26 de febrero de 2009

POEMA

Hoy cuento con una invitada de excepción: mi hija Claudia. Tiene ocho años, y le gusta escribir poesía. Espero que siempre anide en su alma el duende del verso, y que haga de ella una persona sensible con los sentimientos de los demás, para llegar así a ser mejor persona.


                                LA CHICA CON SUS SENTIMIENTOS

Este poema, 
  es para un chico apropiado;
  es tímido, generoso
  y muy especial para mí.

  Y lo quiero con mi amor.

                                                    CLAUDIA

                                               LA SENSIBILIDAD

Tú me amas,
yo lo siento.

Tú me quieres,
de momento.

Eres guapo,
yo lo veo.

Eres sensible,
¡ya lo creo!

                                          CLAUDIA

jueves, 19 de febrero de 2009

EL JUICIO DE DIOS

     Cuando Enrique cerraba la puerta de su casa, el mundo que se quedaba al otro lado, inhospito e inmisericorde, dejaba de tener importancia para él. El tráfico, los ruidos, las voces del cercano patio del colegio, todo se apagaba, para tomar un cómodo segundo plano, que le permitía zambullirse de lleno en sus pensamientos, que comenzaban en aquel instante mágico a tomar cuerpo, a recolocarse, a recuperar el espacio que abandonaban durante las horas de trabajo, sin dejar por ello de estar presentes, de tener su importancia, pero conscientes de que ese debía ser su espacio hasta que llegase el ruido de la puerta, para devolverlas a situar en sus tronos.

     Hacía ya tantos años que la situación se repetía, que la simbiosis entre el hombre y sus pensamientos había llegado a ser perfecta: ellos alimentaban el odio que le permitía vivir, y a cambio él les permitia morar allí, robarle sus fuerzas y, si era necesario, sus alegrías. Era la forma de vivir que había elegido años atrás, y la decoración de la casa (que cualquiera hubiera calificado de sombría, aunque él gustaba de llamar austera), su traje, grisaceo, y hasta los macilentos pelos que cubrían cada vez menos su cabeza, todo recordaba su forma de vivir, oscura y triste.

     Nada había vuelto a ser igual desde el día en que aquel maldito borracho se salió de la calzada, arrollando a ocho viandantes, segando de golpe nueve vidas, que ya nunca volverían a ser las mismas. Tras un largo periodo en el hospital, y tras duros meses de rehabilitación física y psicológica, Enrique pudo retomar los pedazos rotos que habían quedado de su pasado, para transformar lo que alguna vez había sido una existencia feliz, en aquel sucedáneo de vida que ahora llevaba. Todo eso cambiaba en cuanto se escuchaba el faltado a su sonido del cajón de la cómoda. Las ideas de su cabeza abandonaban sus tronos para correr a esconderse al rincón, temblando, con el rostro desencajado, sudoroso. Era entonces cuando Enrique sacaba el revólver del fondo del cajón, abría el tambor, introducía una bala y tras girarlo varias veces, se apuntaba y disparaba el primero de los tres que completaban el ritual. Belén, decía tras apretar el gatillo; Samuel, tras el segundo; Ana, tras el tercero. Después, extraía la bala y volvía a poner todo en el mismo cajón. Todas las noches, repetía el mismo proceso maquinalmente, para luego echarse a llorar. Desde que salió del hospital, ni una sola noche había faltado a su cita con lo que el gustaba denominar “El juicio de Dios”. “Si Dios permite que tres de los seis disparos fallen, es que quiere que siga viviendo”, solía decirse ante el espejo. Tras tres años de reiteración, el continuar vivo tras la prueba no le producía ningún placer, ninguna alegría; aunque aquel día era distinto, porque al día siguiente, al fin vería la cara del asesino que, el fatídico día del accidente, bajó ebrio de su vehículo tras haber atropellado a su familia: solo él sobrevivió, no sabía porqué, pero siguió viviendo para esperar la jornada que, tras varios años de soledad, preguntas incontestadas y frustración, había al fin llegado.

     Tras asearse concienzudamente, El hombre cogió el instrumento supremo del “juicio de Dios”, volvió a introducir la misma bala en el tambor y, tras volver a darle tres vueltas, guardó el arma en su cintura y volvió a abrir aquella frontera que mantenía entre su casa y el mundo.

     En sólo unos minutos, Enrique había llegado al centro penitenciario, que se mostraba ante él como un templo hasta ahora inalcanzado, pero que el fin había venido a él, majestuoso y ¿triste?. Cuando el primer hombre salió por la puerta, aunque estaba lejos, aunque apenas le había podido ver desde que bajara del coche aquella mañana, supo que era él. Sin mediar palabra alguna se plantó ante él, le puso el arma en la frente y apretó al gatillo, al tiempo que gritaba “Belén”. Aunque tres de las seis balas que dispararon los guardias le alcanzaron, antes de caer muerto al suelo, el brutal estampido y los restos de masa encefálica que, mezclada con la sangre le salpicó el rostro le dijeron que al fin, tras años de incertidumbre, el “juicio de Dios” había concluído. Y por fin había encontrado al culpable.

lunes, 26 de enero de 2009

PLUMAS

Desde hace ya algún tiempo tengo una afición que, poco a poco, ha ido escalando posiciones entre mis favoritas hasta alcanzar uno de los primeros puestos en mi escalafón personal o, si lo prefieren, mi escala de valores. Me refiero a el coleccionismo de plumas, algo que mucho no entienden, pero que puede llegar a ser fascinante.

Mi primera aproximación se inició en mi adolescencia, cuando me regalaron una estilográfica de la marca Parker. Era negra, de plástico y con el clip de metal plateado. Ahora, cuando la veo, pienso que no era para tanto, pero en su momento fue para mí la más bonita del mundo, y supuso el principio de lo que iba a ser uno de los amores que más me ha durado. Poco a poco, con la incomprensión de muchos de los que me rodean (no comprenden qué puedo ver en las plumas), he ido aumentando mi colección. Muchas veces las miro, las saco del expositor, las limpio y encuentro un momento de placidez como pocos.


Creo que lo importante de cualquier afición es que satisfaga, que relaje, que constituya un oasis dentro de la intrincada vida que llevamos. Es todo lo que se puede pedir a una ocupación que nos proporcione una cierta dosis de placer y, aunque muchos de los que me rodean no lo entiendan, iniciar una página con una nueva pluma es un gozo para los sentidos: el color de la tinta y el trazo de la letra (que siempre cambia cuando se escribe con pluma) som un deleite para la vista: el ruidillo que provoca el plumín cuando acaricia el papel es música, una danza de dos enamorados, una fiesta privada, un vals divino, una prueba de amor en la que eres un invitado de lujo. El olor de la tinta despierta evocadoras anámnesis de otras vivencias y otros tiempos, a modo de magdalena proustiana que retrotrae a momentos de pasión febril.

El tacto de la resina torneada a mano, deslizándose por los dedos, provoca solaz digno de dioses sin parangón alguno. Su frialdaz cálida proporciona un sabroso contraste, un festín de texturas solo acotado por las limitaciones propias de nuestros sentidos.

El gusto del capuchón, rozando los labios, como un amante eterno y efímero, evoca el más exquisito de los deleites, el mas frío de los calores, invitando a la calma y a la reflexión; a la busca de la paz interior, que intenta reconciliarnos con nosotros mismos.

Todo esto que puede resultar exagerado para algunos, grotesco para muchos, descabellado para el resto, quizás pueda ser los desvarios de un vate loco, de un cuerdo demente, o de, como dijo una vez Machado, de un pobre hombre que va buscando a Dios entre la niebla. Tal vez sea de todo un poco; tal vez no sea nada de ello, pero lo cierto es que esta afición que mantengo ya desde hace varios años, me ayuda a conciliarme con mi yo interior, a ser mejor y más reflexivo. Habrá otros muchos que sientan lo mismo con variopintas cosas, que desde fuera pueden resultar hasta ridículas, y que no se atrevan a contarlas por miedo al ridículo, por vergüenza pura y dura o, tal vez, por no contar como con un adminículo que, con el paso del tiempo se ha convertido en otro apéndice de mi mano, que me ha llegado a doler como uno propio; que comunica el interior de mi alma con una hoja en blanco y la hace sangrar hasta llegar a confesar en un folio lo que de otra manera jamás le diría a nadie.

viernes, 16 de enero de 2009

PALESTINA

Hoy he querido que el texto apareciese en un color distinto al habitual, por considerar que es el más apropiado para mostrar el máximo respeto hacia aquella tierra que, como mis palabras, está teñida de rojo por la sangre derramada. Nota del autor

Siempre he recordado con cariño las comidas familiares de mi casa, una familia obrera que se reunía siempre en torno a una mesa, cuando el cabeza de familia regresaba del trabajo, y comían juntos ante un televisor en el que indefectiblemente se veían las noticias, se comentaban pocas y se escuchaban muchas. Muchos jueves, la serie “cuéntame” funciona como magdalena proustiana, retrotrayéndome a aquellos tiempos en los que todos los hogares españoles eran un fiel reflejo de la familia Alcántara, en que las cosas eran más sencillas, no porque el mundo de entonces no fuera complicado (que desde luego lo era) si no por mi corta edad, que me alejaba de cualquier tipo de galimatías tramposos, que siempre te hacen perder y en los que nadie nunca gana, y que son de los que la vida adulta adolece con más frecuencia de la que fuera deseable. Imperceptiblemente, a todos esos recuerdos tengo grabados a fuego las imágenes de unos hombres polvorientos que atacaban con denuedo a unos carros de combate con unas piedras que iban arrojando como único arma, mientras otros iban recogiendo hombres que se hallaban caídos. Recuerdo con nitidez la escena, aunque entonces no supiera ponerle nombre, ni tan siquiera comprender el porqué de tamaña escena. Hoy, muchos años después, sigo ignorando el porqué, pero ya sé nominarla: Palestina.

Conozco hoy muchas de las motivaciones políticas que derivan en esos hechos atroces que, en la actualidad se siguen dando, jornada tras jornada, aunque haya días que siquiera salgan en los televisivos noticiarios que nos conectan con el mundo actual, como mudos testigos de una ignominia que, cual piedra de Sísifo, se siguen repitiendo una y otra vez, sin que nadie del llamado “primer mundo” haga nada por impedirlo; sin que ningún pie poderoso se interponga en la trayectoria de la sisífica piedra, deteniendo su macabra marcha, que está dejando sobre la tierra sangre indiscriminada de hombres, mujeres y niños a los que nunca les han dejado soñar con otra realidad.

No voy a entrar en disquisiciones políticas, ni voy a tratar de justificar a ninguno de los dos bandos. Solo me gustaría pedir como deseo de fin de año atrasado, que cesen de una vez las hostilidades en la Franja de Gaza, que sea posible otro mundo para esos niños ensangrentados,cuyas imágenes  nos escupen a la cara las  televisiónes mundiales. Pequeños con la mirada perdida, que intentan sin éxito saber qué y porque´les ha golpeado; que ignoran si sus padres siguen vivos, sus casas en pie, su dignidad intacta o si el maltrecho corazón de su incierto futuro sigue latiendo por costumbre o por la convicción de que otro mañana es posible.

martes, 23 de diciembre de 2008

ARRAIGO

La vida es en la mayor parte de los casos una niña voluble y juguetona, que gusta de dar vueltas de tuerca a los que transitamos por ella sin que podamos hacer nada por evitarlo. Creo que la definición que más s ajusta a la realidad es la que pronunció una vez John Lennon: “La vida es todo aquello que te va sucediendo mientras intentas hacer otra cosa”. Resulta bastante ajustada a la realidad ¿no les parece?. Creo que cualquiera de nosotros ha sentido algo parecido en algún momento, y esta indefensión ante tamaña injusticia hace que a veces nos sintamos tan frágiles y vulnerables que se hace demasiado cuesta arriba continuar, aunque sepamos que debemos hacerlo.
Ahora, cuando miro por la ventana, y veo la indeseada calle, de la indeseada localidad en la que vivo, pienso mucho en las palabras del beatles fallecido, y me recorre un pequeño escalofrío, viejo conocido de aquellas ocasiones en las que experimento añoranza de mi ciudad natal, y me tengo que contentar con ver alguna foto, o algún recorrido virtual de esos que ahora brotan por internet, y que solo sirven para mitigar un tanto la sensación de dolor, pero solo en un principio, porque al cabo de poco vuelve con fuerzas redobladas, para terminar de arruinarte el día, la semana, el mes...
Imagino que este tipo de sentimientos no es exclusivo de los que nos hallamos fuera de nuestra tierra, y que a los que no nos va mal debería estar casi vetado el quejarnos, ¡pero es que a veces se hace tan difícil hacer lo justo!. Aunque sé que precisamente la grandeza de este tipo de justicia radica en hacer lo debido, hay ocasiones en las que este sentido de deber que nos impone nuestra firme cosmovisión es auto destructiva, y , como en los versos del genial Louis Aragón, hace arder lo que será en el fuego de lo que fue.
El estigma del cainita se haya impreso en el alma de todos los hombres, y convive con la bondad abeliana, librando una eterna batalla en la que no hay vencedores: solo hay vencidos, y no son otros que nosotros mismos. Aprender esto forma parte de eso que denominamos genéricamente “vivir”, y no deberíamos llorar por ello, si no enseñarnos a vadearlo sin más problemas; pero cada vez estoy más convencido de que el castigo de Dios al expulsarnos del paraíso tiene los tentáculos largos y, en ocasiones, hasta afilados. Sigamos malviviendo a merced de esa vieja farsante, hasta que Atropos, Laquesis y Cloto tengan a bien cortar nuestros hilos, acabando de una vez por todas con nuestros sufrimientos.