La frase del día

El hombre puede vivir unos cuarenta días sin comida, unos tres días sin agua, unos ocho minutos sin aire, pero sólo un segundo sin esperanza.” — CHARLES DARWIN

miércoles, 30 de diciembre de 2009

LLUVIA

El día de navidad se levantó soleado, hermoso, con un majestuoso sol de invierno de esos que calentaba la piel, sin obligar a buscar cualquier refugio a la sombra. Era una sensación agradable sentirse acariciado, calentado, reconfortado. Resultaba raro que, en pleno diciembre, saliese un día de navidad primaveral, que hiciera olvidar los rigores del invierno que llevábamos sufriendo ya por espacio de unos cuantos días. Era una de esas sorpresas que nos suele reservar el cada vez más díscolo clima, cambiante e imprevisible hasta extremos cada vez más insospechados.


Curiosamente, a medida que iba transcurriendo la jornada, el aspecto del cielo fue cambiando, abandonando el azul celeste (como no podía ser de otra manera) para ir dejando paso a unos nubarrones cada vez más grises, que dieron por finalizada la efímera primavera, para comenzar a mostrar lo que algunos poetas han dado en denominar “las lágrimas de los dioses” o, lo que es lo mismo, una impenitente lluvia, que hacía olvidar el acto de sedición que había llevado el sol a cabo durante toda la mañana. Todo volvía a encauzarse hacia lo que se podría calificar de normal: “diciembre, día de navidad, con frío y lluvia melancólica”.


Recuerdo que, en innumerables ocasiones, mi abuela decía sentirse muy influenciada por el tiempo, y puedo dar fe de que era totalmente cierto: en los días grises y lluviosos, su ánimo llegaba hasta límites de tristeza infinitos, para levantarse con los días soleados y apacibles de la primavera y el verano. “En otoño, con la caída de la hoja, muchos enfermos mueren: cada hoja caída, es un enfermo muerto”, solía decir con frecuencia, demostrando así la importancia que le daba al clima en su vida. A mí, por mi corta edad, me parecía curioso que algo así pudiera suceder, pero era tan real como los dolores artríticos que sufría con los cambios bruscos de tiempo. Por aquella época, en mi ánimo nunca influía el estado climatológico; hoy, muchos años después, sigue sin hacerlo. No era cuestión de edad: creo que tiene más que ver con lo influenciable de las personas. De hecho, en ese día de navidad, no solo no alteró en nada el tiempo mi estado de ánimo, sino que, con ese giro inesperado primavera-invierno dio la impresión de que fuera él quien se adecuara a mí, acompañándome en mi triste soliloquio interno, motivado por estas malditas fechas, que siempre me llenan de melancolía, de inusitada tristeza.

Hoy, mientras escribo esto, un glorioso sol entra por la ventana: Si alguna vez hubiera deseado ser influenciado por la climatología, sin duda sería hoy. Espero que alguien pueda aprovechar este clemente tiempo, y le sirva para levantar la moral en estos duros tiempos que nos ha tocado vivir. Que, sea por la causa que sea, la gente pueda olvidarse de sus problemas por un tiempo, y dejen abierta la ventana hacia la esperanza. AMÉN

miércoles, 23 de diciembre de 2009

A MODO DE FELICITACIÓN


Aunque he de reconocer que estas fiestas no son precisamente santo de mi devoción, teniendo en cuenta que hay mucha gente a la que le encantan estas fechas y las viven con auténtica fruición, quiero desearles a todos unas felices fiestas. Espero de todo corazón que esta sea, para todos, la última vez que se pida algún deseo, por el simple hecho de verse todos cumplidos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

CARTA ABIERTA DESDE MI INTERIOR

Es de suponer que, cuando una persona se encuentra en un punto crucial de su vida, la revisión del pasado se convierte en algo casi obligatorio, doloroso, pero necesario. Es importante en esos momentos echar la vista atrás con ánimo inquisidor, con minuciosidad, sin concesiones paternalistas que intenten justificar los errores pasados, para aprender de ellos, para llegar a juzgar con asepsia (si es que eso es posible), todas las decisiones equivocadas que se han tomado hasta el momento. Es el único modo de enseñarnos dónde tomamos la encrucijada incorrecta, ya que los paños calientes, solo van a ser bálsamo de un día, y no van a lograr sino una conmiseración que nos va a seguir llevando por la senda del error, haciéndonos caer una y otra vez. ¿Para qué iniciar un proceso doloroso si además va a ser estéril?. Es un mero acto auto-destructivo que no serviría de nada: solo como castigo, nada más.


Esta ha sido una noche larga, con apenas dos horas de sueño, dando vueltas en la cama, mirando el sol verde del despertador, con un hormigueo que me recorría todo el cuerpo, sin dejarme descansar, con los ojos enrojecidos, escociéndome, y con una sola pregunta rondando mi mente: “¿porqué?”. En mi vida, solo he perseguido ser un hombre bueno, sin más pretensiones que la de no hacer daño a nadie. Supongo que eso es algo que no siempre habré conseguido, pero lo que si que puedo afirmar sin que ninguna persona pueda negarme la razón, es que conscientemente, jamás he dañado a otros. Mis actos, mi comportamiento, mi forma de ser y de relacionarme con los demás, hablan por mí mejor que cualquier argumento. A disposición están de quien quiera verlos; sin ser un santo (ni pretender ser tomado como tal), he obrado siempre conforme a mis principios y creencias, sin importarme si eso iba a mi favor o en mi contra, deteniéndome siempre en el punto exacto donde comenzaba la libertad de otros, siguiendo con fidelidad la máxima cristiana de “mi libertad termina donde empieza la tuya”, que es una buena filosofía esté asociada o no a algún tipo de creencia, y esa convicción es la que me permite vivir y mirarme al espejo cada día, sin tener que bajar la mirada ante la imagen, orgulloso de ser como soy, de haber respetado a los demás como me gustaría que me respetasen a mí. Eso es más de lo que mucha gente puede afirmar: allá cada cual con su conciencia, y con el momento en que les alcance y les pida cuentas.


Durante estos últimos días, he sido tratado de un modo injusto, duro, impío, imagino que con el ánimo de quebrar mi voluntad, de hacerme ceder, de obligarme a entregar todo aquello por lo que he luchado, por lo que me he esforzado, por lo que me han salido callos en las manos y un sempiterno dolor de espalda que me acompaña cada mañana cuando me levanto, por lo que me he pegado esos madrugones desde hace ya tantos años y, sobre todo, aquello en lo que he derrochado todo el amor que me ha sido posible, todos los cuidados y atenciones que han necesitado, todas las caricias que hicieran arrancar una sonrisa, que devolvía a su lugar al sol de mis mañanas. Ahora, me piden que renuncie voluntariamente a todo ello, disfrazándolo de buenas intenciones, y quieren que se lo confíe a quien insulta, calumnia, amenaza y falta al respeto sin ningún tipo de miramiento. Pues bien, ahora llega el momento de la verdad, y no le voy a facilitar el trabajo sucio a nadie. Podrán arrebatármelo con la razón por la fuerza, aún sabiendo que jamás les va a asistir la fuerza de la razón, me lo podrán arrancar de las manos, pero van a tener que explicar que me lo quitaron: jamás van a decir que yo lo entregué alegremente. El día que haya que dar alguna explicación, no tendré que bajar los ojos y decir: “lo regalé”; podré levantar la mirada y decir: “me lo arrebataron”. Y ese será el momento en el que cada cual deba dar su explicación, y tomar consciencia de lo que ha hecho. Se han ganado a pulso mi desprecio, y eso, conociéndome, es algo que no tiene retorno. Que Dios ampare a todos los que están jugando alegremente con el futuro, y que Él los perdone, porque yo ya no puedo.

sábado, 24 de octubre de 2009

¡CÓMO EXPLICAR!

Imagino que, como a mí, en infinitud de ocasiones se han encontrado con una situación que ha rebasado, por las causas que sean, el límite de la comprensión, estupefacción o, simplemente, entendimiento, derivando por ello a un estado de desconcierto tal, que las palabras, tan tiernas aliadas en ocasiones, se niegan a salir, por su reconocida incapacidad de explicar el estado en que nos encontramos. Topicazos tales como “me he quedado sin palabras” o “me he quedado sin habla”, salen como tropo recurrente, para darnos unos preciosos segundos más que nos ayuden a procesar todos los aspectos de la situación que, en ese momento nos desborda. Pero hay veces que ni siquiera esos trucos nos ayudan a encontrar las frases apropiadas. Lo normal es que esos casos tengan algo que ver con los sentimientos más íntimos, más recónditos del alma (esa cajita de plata en la que guardamos todos los pensamientos subjuntivos).


Cuando se trata de escribir, estos problemas suelen ser más que frecuentes, sobre todo cuando se intenta aunar algo físico con el sentimiento que remueve en ti, porque ambas cosas se entremezclan, haciendo que las dudas se multipliquen, por la dificultad que tiene el marcar dónde se debe situar la frontera entre lo real y lo irreal; hasta dónde debe llegar lo objetivo y cuándo debe llegar lo subjetivo. Y es que, para que engañarnos, cuando se entremezclan sentimientos, es casi imposible ser del todo objetivo, ni aunque la costumbre lleve el proceso analítico más allá de lo normal. Quizás, a la hora de escribir, esta es una de las mayores dificultades que se deben salvar.


En todo esto estaba preso, mientras recordaba unos ojos que vi no hace mucho tiempo, y de los que me fue imposible sustraerme. Tenían un color cambiante con la luz, que se iba haciendo más o menos intenso, según eran iluminados por el sol. Ya solo por ver la cambiante paleta de colores, valía la pena detenerse a observarlos, para comprobar la limpieza, la pureza de sus matices, que atraviesan el alma y se adueñan de tu voluntad sin que puedas hacer nada por evitarlo. Si hermoso era su color, perturbadoramente inexplicable era su profundidad, en la que nunca se podría ahondar, por mucho que se quisiera, ni siquiera deteniéndose en cada una de las negras islas que pueblan su superficie, que dan un tanto de realidad, para dejarte caer otra vez en su insondable fondo, dejando al descubierto la esencia pura de la bondad de Dios.


Enredado, absorto entre la profundidad y el color, una forma de mirar, brillante, sugerente, cautivadora llamó mi ya maltrecha atención, sacudiéndola con una descarga de dulzura que me hizo estremecer, sentir bien,, reconciliarme con la belleza del mundo. Esa manera de mirar me hizo recordar que la beldad existe, que lo mismo que contemplaba yo en ese momento había sido visto por los poetas en sus más íntimos sueños. De repente, por ello, comencé a sentirme afortunado, a sentir cómo la sangre galopaba atropelladamente; cómo el corazón se desbocaba y golpeteaba como loco, deseando salir de su prisión. No era entonces consciente, pero acababa de conocer la esencia de la poesía, por el mirar de unos ojos traviesos. No sé, pero en ese estado de perturbación, me era difícil mantener una cierta cordura, que terminé de perder cuando reparé en la expresión de aquellas dos pequeñas estrellas, que me estaban observando con la dulzura infinita que todos poseemos alguna vez y que perdemos al abandonar la niñez, quedándose como un don particular, propiedad de unos pocos privilegiados, poseedores de los ojos más bellos del planeta, dotados con el don de la palabra, del verbo hecho belleza.


Tuve la suerte de poder contemplar en vivo la belleza residual de los dioses de las viejas y olvidadas religiones, sin merecerlo, sin llegar a ser digno de contemplarla. Hoy, que apenas encuentro palabras para expresar todo el cúmulo de sensaciones que me trasmitieron aquellos hermosos ojos de gata, rezo a diario para que quien quiera que rija nuestro destino, me permita volver a reflejarme en ellos, bañarme en su profundidad, y perderme de nuevo el el fulgor de ese color, que dejó impresa su impronta en mi alma cansada.

martes, 6 de octubre de 2009

INTERESES BASTARDOS

En cada situación en la que nos vemos involucrados, siempre tenemos en nuestra personalidad diferentes niveles de implicación, que se van ordenando por importancia según se requiere. El mecanismo que nos lleva a hacer esto, su funcionamiento y, si me apuras, hasta su nombre, son desconocidos por mí, pero lo cierto es que noto por mi propia percepción como las distintas cosas van tomando importancia (y en algunos casos, hasta desaparecer) según el asunto que me ocupa. Supongo que aparte del nivel cognitivo, otros factores menos aleatorios como pueden ser la propia experiencia o la escala de valores, toman su importancia en este proceso tan desconocido como fascinante.


Posiblemente, el desconocimiento de todo esto es uno de los factores determinantes en el absoluto desconcierto que experimentamos ante la forma de actuar de otras personas, en ocasiones tan misterioso como discordante con las cosas que toleramos. Quizás, si tuviéramos una común cosmovisión, sería más fácil encontrar el porqué a determinadas actuaciones. Pero esto, ademas de obvio, resulta del todo utópico, así que solo nos queda como arma el raciocinio, que nos ayude a desentrañar los misterios de aquellas motivaciones que, vistas desde fuera, no pasan de ser intereses bastardos. Cuando el raciocinio falla, vienen los problemas, los desencuentros y, en el peor de los casos, los enfrentamientos.


Puedo asegurar sin temor a equivocarme, que soy una persona bastante comprensiva con las motivaciones ajenas; que trato de no juzgar hasta tener pleno conocimiento, que intento buscar intenciones buenas en los comportamientos de otros. Precisamente esto hace que, cuando tras darle ciento y una vuelta, cuando se me escapan del entendimiento las causas de un comportamiento, soy totalmente indolente, y trato entonces de actuar en consecuencia. Supongo que mi postura puede resultar un tanto radical, y de hecho así la califico hasta yo mismo, pero es que por mucho que trate de comprender según qué comportamientos, no puedo hacerlo.


Jamás entenderé que haya personas a las que no les importen lo que los americanos llama “daños colaterales”, es decir, perjuicios que llevan inherentes diferentes actuaciones y para cuyo fin no se ha llevado a cabo la acción. Hay demasiada gente a la que no le importa los daños añadidos que causan sus comportamientos; cada vez más gentes que han mamado las enseñanzas de Maquiavelo, y afirman para sí o en voz alta que “el fin justifica los medios”. A todos ellos, me gustaría decirles que no es así, que las personas tenemos dentro algo que se llama sentimientos, y que es muy importante no herirlos con nuestras acciones, aunque no sea intencionadamente. Un codazo en la nariz, duele igual si ha sido dado con o sin intención, y no es justo que vayamos moviendo los brazos sin ver a dónde o a quién golpeamos. Seamos más comedidos, y quizás evitemos muchos de los problemas que a diario nos acometen. ¿Y si probásemos a pensar un poco no en las consecuencias y no en si realmente vale la pena sufrirlas?. Quizás, muchos de los problemas que nos aquejan, no existirían.

Valores Siglo Xxi (Quino)

Hace poco me enviaron esta presentación, con la que pretendían hacerme pensar un poco, y puedo asegurar que lo consiguieron. Está creada por el genial Quino, el padre de la archiconocida Mafalda, y quiero ponerla porque me parece muy buena: da qué pensar. Espero que os guste tanto como me gustó a mí

sábado, 12 de septiembre de 2009

RETRATO ÍNTIMO


Desde que tengo uso de razón, no recuerdo un solo día en el que no haya tenido que pelear por algo que he querido. Puedo asegurar que no es una exageración, ni una de esas lagunas mentales que de vez en cuando me acometen, con la barca de la melancolía surcando sus aguas: es una pura y dura realidad. Desde bien joven, tuve que ponerme el traje de luchador y comenzar a pegar codazos para conseguir lo que a otros se les daba por derecho, por humanidad o... por que sí. Me alegra que la gente tenga oportunidades, sobre todo si las aprovechan, si saben ser conscientes de que en este mundo, nada se regala, nada se da sin más, y consiguen apreciar lo que tienen. De mi vieja agenda, con las flores secas, puedo extraer cientos de batallas ganadas y miles perdidas, y eso me da la posibilidad de mirar con orgullo mis cicatrices, sobre todo porque, como dijo el sevillano: “desdeño las romanzas/de los tenores huecos/me paro a distinguir/las voces de los ecos”. Y esas pocas marcas que se quedaron en mi cuerpo, junto con todas esas muchas que se quedaron en mi alma, me dan una perfecta cosmovisión, una vista privilegiada de mis virtudes y mis defectos, de mis aciertos y mis errores y, sobre todo, me ayudan a comprender que estas palabras que escribo no tienen validez más allá de mi frontera, que nada de lo que digo tiene que ser cierto, que solo son verdad en tanto en cuanto sean sinceras y consecuentes con mi idiosincrasia; que nada de lo que opino es verdad, ni tampoco mentira. No son sino impresiones de un alma que se desnuda cada jornada para seguir caminando por una vereda única y personal: la mía; y fuera de ella pueden resultar acertadas o no, pero eso ya se escapa de mi consideración, comprensión y competencia: no soy un escritor de sentencias, ni de axiomas irrefutables, ni de dogmas de fe: sólo soy un chico de la calle que vive su canción.


Por todo lo anterior escrito, puedo afirmar, sin temor a equivocarme que jamás he dado una batalla por perdida de antemano y que, las pocas que sabía que estaba destinado a perder, las he peleado con el mismo empeño que si fuera posible la victoria: no sé hacerlo de otra manera, es mi forma de ser y de entender la vida. Se me puede buscar entre las bajas, en la lista de los heridos, pero nunca tratéis de encontrarme entre los desertores, los cobardes o los pusilánimes, porque no me hallaréis. Soy fiel a mi ideario, a esa frase que leí el otro día en mi vieja agenda de adolescente, y que me grabé a fuego en aquellos inciertos años: “si otros pueden, ¿porqué yo no?”. Fue toda una declaración de intenciones, una preconización de la que entonces no era consciente, de mi forma de ser. No penséis por ello que desdeño las formas de ser pensar o estar diferentes a las mías, porque no es así. De todas las maneras de ser consigo sacar un florilegio, que acoplo en la medida de lo posible, en lo que vale o en lo que me puede servir, para tratar de enriquecer mi conocimiento de la metafísica: jamás desdeño una filosofía por ser contraria a la mía propia. La escucho, estudio con atención cada arista que puedo encontrar, la pulo para adocenarla con mi manera de ser, y lograr por ello escalar un peldaño dentro de eso que se suele llamar “calidad humana”.


Solo soy una mente inquieta, un eterno aprendiz vital, que no intenta adoctrinar, sino ser un ente distinto, que muestra sus pensamientos, que busca referentes entre los demás, que aprende de errores propios y aciertos ajenos. Solo una persona que trata de vivir siendo fiel a su férreo ideario, sin que pida a nadie que le conceda más que el beneficio de la duda. Intento, en definitiva, llegar a hacer mías sus palabras:


más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno

sábado, 29 de agosto de 2009

Gracias

Cuando comencé este blog, mi idea era tener un lugar donde desahogarme, exorcizar fantasmas, con una pequeña ventana al exterior, para que todo el que lo tuviera a bien, pudiera ver que era lo que pasaba por mi alma en ese momento. Supongo que uno de mis anhelos era que la gente leyera lo que escribo, y que le gustara, y que continuase conmigo; pero no lo recuerdo así, sino como algo más íntimo, más personal. Tenía la idea de compartir pensamientos ocultos con gente anónima, que pudiera verse reflejada en mis propios sentimientos, conocer un poco más mi mundo interior.

Creo que todo eso lo estamos consiguiendo, vosotros y yo, con paciencia, con infinita paciencia por vuestra parte, aguantando todo lo que escribo con una posición cercana al estoicismo. Debo confesar que jamás pensaba alcanzar una cifra de visitas como la que lleva ahora mismo (1339); de hecho nunca pensé en rebasar siquiera las quinientas, y eso es algo que me hace muy feliz. Por eso creo que es de justicia daros las gracias, a todos y cada uno de vosotros, por escucharme, por visitar este pequeño pedazo de mi alma que, siempre que querais, seguirá dejando de ser mío para perteneceros. Gracias por compartir estos momentos a los que entrais con asiduidad y a los que habeis dejado de hacerlo; a los que dejais vuestros comentarios y a los que manteneis una postura tácita; a los que me buscais y a los que me encontrasteis por casualidad... gracias a todos: me haceis muy feliz, y eso es algo que nunca os podré pagar en la medida de lo que vale.

Para todos vosotros, os dedico este video, con todo mi afecto. GRACIAS.
DUENDE SATÍRICO

viernes, 28 de agosto de 2009

LA DUDA ANTE CARONTE

No me cabe la menor duda, aunque suene a perogrullada, que la vida es harto complicada, dura y... satisfactoria. Nuestra existencia se puede ver marcada por hechos más o menos terribles, pero siempre da la oportunidad de enderezar un rumbo errático. Aunque haya ocasiones en que nos haya golpeado tan duro que no tengamos fuerzas para reconducirla, esa ocasión siempre se nos suele dar, disfrazada en muchas ocasiones para que nos cueste reconocerla, para que no sea tan sencillo elegir. Por algún motivo que se escapa a mi entendimiento, el Hacedor, el destino, las Moiras o quién quiera que sea la deidad que rige nuestra andadura desea que la existencia sea un camino lleno de intersecciones con el horizonte oculto tras una impenetrable niebla que nos impida tener certidumbre, ante las que nos debemos parar para tomar la dirección correcta, sin más ayuda que la brújula, mezcolanza de sentimientos, experiencias y anámnesis de índole variada, con los cantos de sirenas al fondo, confundiéndonos más si cabe. Toda esta incertidumbre es la que hace que se complique la vida, y que nos perdamos a veces entre esa niebla, con la dulce voz de las sirenas martilleando nuestros oídos, mientras proseguimos a la busca de un momento de felicidad que nos recuerde que nos lo merecemos, que somos algo más que carne de sufrimiento, que esto es más que el valle de lágrimas que nos venden las religiones, prefacio de algo mejor.


Pese a su contrapunto amargo, la vida muchas veces se empeña en ponernos pruebas, como si no estuviera segura de que merezcamos lo que nos da, para ver la pasta de la que estamos hechos. Si en la adversidad sabemos permanecer, nos suele premiar con sueños, pero nunca tan fáciles de alcanzar como para que podamos tocarlos con solo estirar el brazo: requieren un pequeño sacrificio que, una vez pagado, abre la puerta hacia el camino franco de la felicidad. Es por ello que, en infinidad de ocasiones, pensamos que la vida es cruel, y quizás sea así; pero en innumerables ocasiones, somos nosotros los que nos negamos a pagar la moneda a Caronte, y nos quedamos instalados en el limbo de la tristeza. Debemos cruzar el umbral, y dejar los miedos para más tarde. No preconicemos sin parar la melancolía: aferrémonos a los sueños. Resulta tan doloroso ver la cara del barquero como arrepentirnos de lo que queremos antes de hacerlo. Extrañamente, esta última suele ser nuestra opción más recurrente: siempre hay miles de motivos para no darle la moneda, para abandonar el sueño que nos conducirá a la felicidad: el más usado suele ser la cobardía, así que nos la guardamos en el bolsillo, mientras lloramos por nuestra infelicidad, sin querer aceptar que es nuestra la decisión de serlo, y que hemos dicho que no a la oportunidad de nuestra vida.


Y, llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿tenemos derecho a quejarnos por las oportunidades perdidas cuando somos nosotros mismos los que las hemos desechado?. Quizás sí, pero, personalmente, prefiero quejarme de las cosas que han salido mal que de las que no me he atrevido a hacer. Quizás sea un poco reaccionario en esto, pero creo que todo el mundo tiene derecho a ser feliz, si se lo gana con la moneda del sacrificio: esa moneda tan fácil de dar, pero tan difícil de sacar de nuestros raídos bolsillos. Caronte aguarda; ¿vas a sacar la moneda o te vas a alejar del embarcadero?. Nadie más que tú elige. La solución, en tu vida.

lunes, 24 de agosto de 2009

LAS DOS OLAS


Imagino que, como todo en esta vida, la valentía va por barrios, y cada uno tenemos esos momentos y esas circunstancias en las que podemos ser las personas más arrojadas que puedan existir, para sucumbir después a pequeños terrores que, vistos por otros ojos, desde otra perspectiva, puedan parecer fútiles pero que para nosotros, por unas u otras circunstancias, resultan demasiado duras de afrontar o, al menos, que requieren de su tiempo para ser enfrentadas.

Algo así es lo que me ocurre con el tema del que estoy escribiendo, haciendo acopio de todo mi valor, no exento de dolor, y de una mezcolanza de sentimientos que están removiendo en mi interior cosas que, si no muertas, por lo menos creía superadas, y de las que me estoy dando cuenta que aún tienen demasiado peso. Supongo que son cosas con las que he aprendido a vivir, pero que todavía siguen doliendo, pese a los años ya transcurridos.

Corría la navidad de 2004, en una noche del día de los inocentes en la que, como todas las noches, miraba el telediario mientras cenaba, comentando lo transcurrido a lo largo del día que, hasta aquel momento, había sido una magnífica jornada. Pero una imagen en el televisor, en forma de sacudida, saltó hacia mí mientras escuchaba lo sucedido en Tailandia, con aquel maldito tsunami que había arrasado la costa de aquel país. Preso de la más absoluta de las incredulidades, vi en la pantalla la foto de un amigo muy querido para mí, y al que incluían en la lista de posibles desaparecidos. Tras un primer momento de estupefacción, las lágrimas comenzaron a caer, mientras llamaba al Ministerio de Asuntos Exteriores, que había habilitado una linea de información, y donde no me quisieron revelar dato alguno por no ser familiar directo, cosa del todo comprensible, aunque en esos momentos alguien debería comprender que hay amigos que significan más que muchos familiares, pero la burocracia si de algo no entiende, es de sentimientos; y es así como debe ser, para mantener un cierto grado de eficacia.

Tras ponerme en contacto con sus padres, y compartir casi mes y medio de angustia y dolor, encontraron al fin el cuerpo de mi amigo, que pudo ser identificado por los tatuajes que llevaba. En febrero, el obispo de la zona vino a oficiar el funeral, que fue sin duda, la mejor misa que yo haya escuchado jamás, con un sinfín de mensajes de aliento, de esos que llegan de verdad, aunque ninguno de los allegados hallásemos en ese momento consuelo alguno en aquellas palabras. Fue el duro momento de la constatación de un hecho que, hasta entonces no habíamos asimilado: jamás volveríamos a verle con vida.

Manuel Perdiguero Ricci, a punto de cumplir 36 años, nos había dejado para siempre, en el mejor momento de su vida, mientras disfrutaba de unas vacaciones junto a su novia. Fue el primer español fallecido en el tsunami que asoló aquel país. Aún no me puedo creer, aunque hayan pasado ya tantos años, que esté muerto. Cuando todo comenzó, el agua se retiró varios kilómetros y, al ver la ola, corrió para alertar a su novia. Consiguió que se salvara, pero lo pagó con su vida. Fue uno de esos héroes anónimos, de los que no hablan los libros de historia, aunque conociéndole, seguro que no le hubiera gustado figurar en ellos. Somos muchos los que seguimos recordándole, con su alegría, su risa, y sus continuas confusiones al hablar (pensaba en francés, y eso le hacía equivocarse). Era una persona alegre, jovial y muy amigo de sus amigos. Estuvo con nosotros casi tres años antes de volver a Suiza, país en el que se había criado. Era hijo de emigrantes y, aunque se sentía plenamente identificado con aquel país, nunca quiso abandonar su nacionalidad española, pese a poder hacerlo, pese a tener que renovar regularmente un montón de papeles para no perder el permiso de residencia; así era él: se dejaba llevar más por los sentimientos que por la conveniencia.

Tenía un carácter abierto, alegre, que le hacía llevar siempre una sonrisa en la cara. Y, cuando se enfadaba, daba dos gritos para olvidarse inmediatamente de todo. Nunca vi en él un enfado que le durase más de quince segundos, excepto cuando ocurría algo que afectase a sus amigos. Se dejaba llevar muchas veces por el elevado sentido de la justicia que tenía: no soportaba las injusticias, y eso le había llevado a ponerse muchas veces a favor de los más débiles, aunque con ello se buscase algún problema; no le importaba: era su forma de ser, y estaba muy satisfecho de ser como era. Y los que te conocimos, muy orgullosos de que fueras así, te lo aseguro. Era ese tipo de personas que tiene un aura especial, que contagia alegría a cuantos le rodeaban.

Tengo que confesarte, amigo Manuel, que aunque han pasado cinco años desde que te fuiste, aún no he sido capaz de ir a verte, de llevarte una mísera flor. No quisiera que pensaras que es por desidia: es porque no soy aún capaz de ponerme frente a tu tumba, y leer tu nombre; sé que todavía no estoy preparado para ello, pero te aseguro que en cuanto llegue ese momento, hablaremos largo y tendido de todo lo sucedido, y seguro que lo comprenderás.

Te seguimos recordando Manuel: nunca nos hemos olvidado de ti. Y tu nombre está escrito en el libro de historia más importante: el corazón de los que te quisimos. Una ola te llevó, y otra permaneció entre nosotros: la de la tristeza por saberte lejos para siempre.

D.E.P MANUEL PERDIGUERO RICCI