Sin duda, cualquiera que tenga en estos momentos una edad comprendida entre los treinta y los cuarenta años, encontrará que el título le resulta, cuanto menos, tremendamente familiar, y es que así era como algún iluminado, con aires de superioridad y algún master en sociología o algo similar , bautizó a mi generación, al tiempo que añadía aquella famosa coletilla de: “la generación de españoles más preparada de toda la historia”. Recuerdo muy bien aquellos momentos, y recuerdo una entrevista con el famoso sociólogo que explicaba el cómo y el porqué de aquel bautismo (involuntario por la parte receptora como todo bautismo que se precie). Su explicación, de sencilla y lógica, se caía por su propio peso, dejando una sensación rara a aquellos que lo escuchamos: “teniendo las herramientas adecuadas para poder ser la generación más próspera de cuantas ha dado nuestro país, nuestros jóvenes (siempre he odiado esta seudo coletilla) siguen un rumbo indeterminado, incierto, que ni ellos mismos saben hacia donde les conducirá”... Y en unos segundos de alocución, el memo aquel puso en tela de juicio la capacidad de sus profesores, la validez de la ley de enseñanza existente en sus años púberes, y el poder educativo de la universidad: ¡inscientia necit!.
Si algo hay de cierto en todo esto, es que nuestros ascendientes jamás nos entendieron, ni se pararon a intentar hacerlo; estaban muy cómodos apoltronados en sus sillones de directores generales, creyéndose los amos del universo, y tomaron la misma determinación de Saturno en el genial cuadro de Goya, y comenzaron a devorarnos desacreditándonos ante aquellos que confiaban en nosotros, y esperaban el inevitable cambio genesíaco con alivio. Recuerdo un anuncio de una marca de vehículos francesa en la que un jóven recibía una reprimenda de su jefe sesentón por una serie de comportamientos que a él le parecían inaceptables: su vestimenta, sus aficiones, su actitud para con sus superiores... y para rematar la perorata, el buen hombre enunciaba aquello de “hay cosas que, para saberlas bien, no basta con haberlas parendido” para adjudicársela acto seguido al insigne Kant. Entonces, el joven comenzaba a desmontar un argumento tras otro con lógica y coherencia para terminar diciendo: “la cita es muy buena; pero no es de Kant: es de Séneca”. Y de la creatividad de unos publicistas nació la más exacta fotografía de lo que era mi generación, al tiempo que se acuñó un término que, para mí, nos definía mejor: “J.A.S.P.”, que eran las siglas de Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados. Aquella breve historia de tan sólo unos cuarenta segundos ponía de manifiesto toda nuestra esencia, pero muchos de los pertenecientes a la elite no supieron verlo, porque nunca usamos la preparación, los dones y el pan y la sal que nos entregaron de la manera que ellos consideraban más acertada; y por ello nos asignabn la letra escarlata reconvertida en flagrante aspa: ¡ por no ser capaces de comprender hacia donde se encaminaban nuestros pasos !. ¡ Ellos eran los necios, y nosotros los marcados !.
En muchos momentos de nuestra vida, los hegemónicos nos pusieron en las manos herramientas para que le demostrásemos nuestro arte, nuestra pericia o nuestra sabiduría, y únicamente recibieron la callada por respuesta, sin que llegaran a atisbar siquiera que ninguno de nostros hubiera albergado vez alguna la necesidad de demostrar a nadie de lo que éramos capaces, incapaces de tan estúpido alarde . Y ese (para ellos) lacerante silencio fue contestado con sorna, con mofa, befa y escarnio, sin que llegaran a enterarse de que hay demasiadas veces en que el arte pasa inadvertido por la impericia del observador antes que por la falta de talento del ejecutor. Y antes que reconocer esto, preferían que sus hijos genesíacos se encontraran entre escila y caribdis. Nos enterraron en vida para que nos ganásemos la vida, nos obligaron a alinearnos en sus filas, mas en la retaguardia, para no poder crear ningún problema que amenazase el sillón en el que se habían apoltronado, sin querer reconocer que su tiempo estaba llegando al fin.
Y ahora que han pasado ya varias décadas, ha quedado demostrado que su derrota no era si no cuestión de tiempo. Patentes son los lazos que unen a la actual jóven generación con la nuestra, y que han terminado de reconducir el mundo a la posición aproximada a la que nosotros lo hubieramos ubicado. Miran a los ochenta con veneración, llaman a los artistas que crecieron con nosotros clásicos y, sobre todo, reconocen que, aunque han hecho las cosas a su manera, imprimiendo en todo lo que realizan la impronta de su innegable personalidad, la matriz de su germen genuino lo han encontrado en nuestra generación. Hay muchos de ellos que piensan que la causa de la cercanía entre ambas cosmovisiones radica en que ellos son una generación demasiado retro, mientras que nosotros fuimos un grupo que rompió con todo, que innovamos en todos los campos; y no me atrevo a decir que no, sobre todo cuando los que lo afirman son unos nuevos J.A.S.P. Que sin duda son superiores a nosotros por su deterninación y por su claridad de ideas. Sin duda, ambas generaciones son de lo mejor que jamás se ha visto en España; dos grupos irrepetibles, condenados a entenderse y, además, encantados de hacerlo. El mundo sigue su curso, aunque a algunos les resulte difícil y/o incómodo aceptarlo
La frase del día
El hombre puede vivir unos cuarenta días sin comida, unos tres días sin agua, unos ocho minutos sin aire, pero sólo un segundo sin esperanza.” —
jueves, 1 de mayo de 2008
jueves, 10 de abril de 2008
La triste fuerza de los ojos
Quizás, o por lo menos así me lo parece a mí, el mayor de los miedos que pueden acuciar a una persona es aquel referente a la pérdida de un ser querido (sobre todo si es un familiar directo o es considerado como tal), del que normalmente se rehuye hablar por aquello de los miedos atávicos que, hasta los más descreidos, llevan latente en la educación recibida por los ascendientes, sin que se pueda hacer nada por evitarlo, colegirlo o, al menos, mitigarlo; “No sé lo que haría si...” u otras frases por el estilo suelen ser las tempranas tumbas de todo ese tipo de discusiones, como si rindieran tributo a la materia a la que están haciendo alusión, matando cualquier atisbo de conversación coherente, domeñados por un temor que no saben reconocer; pero al que conocen muy bien.
No se puede negar que en ello quizás se encuentre una mezcolanza de diversos elementos, a cual más irracional: la mala suerte, mal disfrazada de respeto es un ejemplo; la espiritualidad desmedida es otra... y así hasta completar una amplia lista de imprecisos motivos por los que callar.
Tengo un amigo que ha sido durante muchos años soldado de élite de los cuerpos especiales de la legión (el equivalente español del boina verde americano, para que se me entienda mejor). Ha tenido la ocasión (?) de estar en todas las guerras de los últimos quince años, en calidad de mercenario apátrida, realizando misiones de esas que no suelen salir en los telediarios y que se llevan con la discrección e impunidad que dan los fondos reservados; estoy hablando pues de una persona curtida en el tema de la muerte, y versada en su práctica. Pese a su currículo, resulta casi cómico verle palidecer cuando se le dice que hay que ir a dar un pésame a algún amigo común: en su cara se puede ver el miedo a atraer cualquier tipo de malfario por el simple hecho de poner un pie en un tanatorio. Restos de una educación que ya no se da, que ya no se pide, que no se detecta pero que, a veces, se añora sobremanera.
Todas estas cosas pensaba cuando el domingo veía por la tele a un grupo de personas (amigos y familiares casi todos) que rezaban en una imagen retrospectiva por la aparición con vida de Mari Luz, esa pequeña onubense que nos tuvo durante un mes con el corazón en un puño, y que al final, por desgracia, fue hallada muerta en un río, asesinada por un malnacido con pinta de imbecil que, no sólo no lo era, si no que además tiene la inteligencia necesaria para eludir las condenas por causas pendientes, estafar y robar a la gente y, lo que es más grave, para acosar a pobres niños para satisfacer unas ansias desmedidas de sexo que ni siquiera paran varas en la corta edad de sus víctimas, ni en su inocencia interrumpida abrupta y salvajemente, ni en lazos familiares (de hecho había perdido la tutela de su hija por haber intentado abusar de ella). Para ese tipejo sin escrúpulos, lo único importante era acercarse a las pequeñas para lograr un placer que, por más que intento pensar, no encuentro dónde puede residir. Volviendo al caso que me ocupaba, el grupo aquel del que comencé a hablar al principio de este párrafo, expresaron el desencanto que habían sufrido al enterarse del hallazgo del cuerpo de la pequeña en el agua; algunos no daban crédito a lo sucedido, y se pensaban traicionados por su fe; otros, buscaban un porqué a la actuación divina y querían comprender sin conseguirlo cómo Dios lo había permitido, y proferían entre sollozos esta misma pregunta, si encontrar, por supuesto, la respuesta. Otro nutrido grupo de ellos, ya había superado ambas fases, y comenzaban sus integrantes a rezar por el alma de la hija de su pastor. Todos se encontraban desorientados, todos se sentían defraaudados; pero, por curioso que parezca, ninguno pensaba en abandonar, en pedirle cuentas a su creador ni, por descontado, en darle la espalda. No me cabe la menor duda de que, a día de hoy, toda la congregación se encentran ya en la última fase de aceptación y ruegan a diario por la salvación de la pequeña, encontrando en ello un alivio superior al que les podría dar cualquier fármaco.
Pasando por alto la discusión filosofico-teológica acerca de la existencia de un ser superior que puede tener tantos nombres y formas, morfologías y tradiciones como distintas civilizaciones han existido sobre la tierra, lo más importante de todo esto es que todas esas personas han encontrado algo que les ayuda a llevar de mejor grado las vicisitudes que la vida nos sirve a todos, regadas con su mejor vino para que se puedan digerir con más facilidad. No importa nada que sus creencias se acerquen a una u otra doctrina, ni que sea la suya la religión verdadera; ni siquiera que una vez salgan de su lugar de reunión, pongan con mayor o menor asiduidad sus enseñanzas en práctica. Lo que es realmente digno de elogio y, si me apuran un poco, de envidia, es el hecho de que en esas gentes pude observar la misma fuerza y determinación que se supone hicieron gala los primeros cristianos cuando se enfrentaron cantando al variopinto y macabro abanico de horrendos martirios que los romanos les tenían dispuesto. En un mundo cada vez más vacío, más deshumanizado, que busca la tecnificación en detrimento de lo humanístico, con el peligro moral que ello conlleva, nadie puede quedar impasible ane tal mustra de fe; nadie puede por menos que envidiar a aquellos que la poseen. Ninguna persona puede quedar impasible ante la triste fuerza de los ojos del pastor, que ha tenido que superar el trago más amargo que cualquier ser humano tenga que pasar: el de enterrar un hijo. Dichosos aquellos que la poseen, y que pueden hacer uso de ella en los momentos más terribles. Desdichados los que deban usarla para poder seguir respirando cada día, aunque el oxígeno les sepa a hiel. Malditos los malnacidos que pululan por el mundo derrochando maldad, y que ni siquiera se paran a ver si la principal victima de la parte oscura de su condición humana es tan solo un niño. Espero que las palabras que me transmitieron mis ancestros sean ciertas; y que fuera verdad que una vez hubo un Dios que se disfrazó de hombre para, con sus predicamentos, intentar salvarnos, y que realmente profiriera hace ya varios siglos aquellas palabras: “ay de aquellos que osen escandalizar a alguno de estos pequeños: más les valdría no haber nacido...”
No se puede negar que en ello quizás se encuentre una mezcolanza de diversos elementos, a cual más irracional: la mala suerte, mal disfrazada de respeto es un ejemplo; la espiritualidad desmedida es otra... y así hasta completar una amplia lista de imprecisos motivos por los que callar.
Tengo un amigo que ha sido durante muchos años soldado de élite de los cuerpos especiales de la legión (el equivalente español del boina verde americano, para que se me entienda mejor). Ha tenido la ocasión (?) de estar en todas las guerras de los últimos quince años, en calidad de mercenario apátrida, realizando misiones de esas que no suelen salir en los telediarios y que se llevan con la discrección e impunidad que dan los fondos reservados; estoy hablando pues de una persona curtida en el tema de la muerte, y versada en su práctica. Pese a su currículo, resulta casi cómico verle palidecer cuando se le dice que hay que ir a dar un pésame a algún amigo común: en su cara se puede ver el miedo a atraer cualquier tipo de malfario por el simple hecho de poner un pie en un tanatorio. Restos de una educación que ya no se da, que ya no se pide, que no se detecta pero que, a veces, se añora sobremanera.
Todas estas cosas pensaba cuando el domingo veía por la tele a un grupo de personas (amigos y familiares casi todos) que rezaban en una imagen retrospectiva por la aparición con vida de Mari Luz, esa pequeña onubense que nos tuvo durante un mes con el corazón en un puño, y que al final, por desgracia, fue hallada muerta en un río, asesinada por un malnacido con pinta de imbecil que, no sólo no lo era, si no que además tiene la inteligencia necesaria para eludir las condenas por causas pendientes, estafar y robar a la gente y, lo que es más grave, para acosar a pobres niños para satisfacer unas ansias desmedidas de sexo que ni siquiera paran varas en la corta edad de sus víctimas, ni en su inocencia interrumpida abrupta y salvajemente, ni en lazos familiares (de hecho había perdido la tutela de su hija por haber intentado abusar de ella). Para ese tipejo sin escrúpulos, lo único importante era acercarse a las pequeñas para lograr un placer que, por más que intento pensar, no encuentro dónde puede residir. Volviendo al caso que me ocupaba, el grupo aquel del que comencé a hablar al principio de este párrafo, expresaron el desencanto que habían sufrido al enterarse del hallazgo del cuerpo de la pequeña en el agua; algunos no daban crédito a lo sucedido, y se pensaban traicionados por su fe; otros, buscaban un porqué a la actuación divina y querían comprender sin conseguirlo cómo Dios lo había permitido, y proferían entre sollozos esta misma pregunta, si encontrar, por supuesto, la respuesta. Otro nutrido grupo de ellos, ya había superado ambas fases, y comenzaban sus integrantes a rezar por el alma de la hija de su pastor. Todos se encontraban desorientados, todos se sentían defraaudados; pero, por curioso que parezca, ninguno pensaba en abandonar, en pedirle cuentas a su creador ni, por descontado, en darle la espalda. No me cabe la menor duda de que, a día de hoy, toda la congregación se encentran ya en la última fase de aceptación y ruegan a diario por la salvación de la pequeña, encontrando en ello un alivio superior al que les podría dar cualquier fármaco.
Pasando por alto la discusión filosofico-teológica acerca de la existencia de un ser superior que puede tener tantos nombres y formas, morfologías y tradiciones como distintas civilizaciones han existido sobre la tierra, lo más importante de todo esto es que todas esas personas han encontrado algo que les ayuda a llevar de mejor grado las vicisitudes que la vida nos sirve a todos, regadas con su mejor vino para que se puedan digerir con más facilidad. No importa nada que sus creencias se acerquen a una u otra doctrina, ni que sea la suya la religión verdadera; ni siquiera que una vez salgan de su lugar de reunión, pongan con mayor o menor asiduidad sus enseñanzas en práctica. Lo que es realmente digno de elogio y, si me apuran un poco, de envidia, es el hecho de que en esas gentes pude observar la misma fuerza y determinación que se supone hicieron gala los primeros cristianos cuando se enfrentaron cantando al variopinto y macabro abanico de horrendos martirios que los romanos les tenían dispuesto. En un mundo cada vez más vacío, más deshumanizado, que busca la tecnificación en detrimento de lo humanístico, con el peligro moral que ello conlleva, nadie puede quedar impasible ane tal mustra de fe; nadie puede por menos que envidiar a aquellos que la poseen. Ninguna persona puede quedar impasible ante la triste fuerza de los ojos del pastor, que ha tenido que superar el trago más amargo que cualquier ser humano tenga que pasar: el de enterrar un hijo. Dichosos aquellos que la poseen, y que pueden hacer uso de ella en los momentos más terribles. Desdichados los que deban usarla para poder seguir respirando cada día, aunque el oxígeno les sepa a hiel. Malditos los malnacidos que pululan por el mundo derrochando maldad, y que ni siquiera se paran a ver si la principal victima de la parte oscura de su condición humana es tan solo un niño. Espero que las palabras que me transmitieron mis ancestros sean ciertas; y que fuera verdad que una vez hubo un Dios que se disfrazó de hombre para, con sus predicamentos, intentar salvarnos, y que realmente profiriera hace ya varios siglos aquellas palabras: “ay de aquellos que osen escandalizar a alguno de estos pequeños: más les valdría no haber nacido...”
domingo, 23 de marzo de 2008
Presentación
Desde muy pequeño me enseñaron que, cuando una persona entraba a un sitio nuevo, lo más correcto era saludar y presentarse. Hoy en día, una norma tan elemental y obvia como esa está quedando relegada al olvido en la mayoría de la gente, lo que demuestra el cambiante mundo en el que nos encontramos; pero existen ciertas personas a las que algunos usos y costumbres se las grabaron a fuego en el interior, condicionando así su modo de actuar en muy diversas circunstancias. Sin duda, yo soy una de estas, así que quiero iniciar mi blog con una breve salutación que sirva de bienvenida a todo aquel que tenga a bien leer alguna de las opiniones que voy a ir vertiendo sucesivamente sin otro ánimo que el de entretener y mostrar que, por raro que creas que es tu punto de vista, siempre hay alguien que piensa como tú.
Mi intención es alejarme de dogmatismos inútiles y de normas establecidas, y hablar de lo que de verdad me apetezca, sin esperar nada más que, si son merecidas, unas pocas monedas para este humilde trovador. Intentaré publicar cuanto pueda, aunque mi tiempo es muy limitado. Pido perdón de antemano por los periodos de silencio que vereis y os pido un poco de paciencia.
Sinceramente, gracias.
DUENDE SATÍRICO
Mi intención es alejarme de dogmatismos inútiles y de normas establecidas, y hablar de lo que de verdad me apetezca, sin esperar nada más que, si son merecidas, unas pocas monedas para este humilde trovador. Intentaré publicar cuanto pueda, aunque mi tiempo es muy limitado. Pido perdón de antemano por los periodos de silencio que vereis y os pido un poco de paciencia.
Sinceramente, gracias.
DUENDE SATÍRICO
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