La frase del día

El hombre puede vivir unos cuarenta días sin comida, unos tres días sin agua, unos ocho minutos sin aire, pero sólo un segundo sin esperanza.” — CHARLES DARWIN

martes, 5 de mayo de 2009

HOY


Hoy, he estado reflexionando durante una buena parte de la madrugada, y otra de la mañana. He pensado mucho acerca de mí, de todo lo que me ha sucedido últimamente, y he llegado a la conclusión de que han sido demasiados los golpes que he aguantado, que no creo que me merezca tantos, aunque haya habido algunos que si que hayan sido merecidos.

Hoy, he tenido por fin el valor para mirar en mi interior, y lo que he visto me ha hecho llorar, recordando quien era, recordando quien me gustaría ser, y comparándolo con la caricatura en la que se ha convertido mi corazón. Todos aquellos que han hecho todo lo que han hecho en el nombre del amor que decían sentir por mí, han dejado agonizante al niño que llevo dentro, que yace en el suelo, con los ojos mirando hacia el horizonte, mientras preguntan "¿por qué?", mientras la lágrimas (las mismas que ahora ruedan por mis mejillas), le recuerdan a través del dolor, que por lo menos aún sigue vivo, manteniendo así la esperanza de poder volver a caminar algún día.

Hoy, mientras realizo ese viaje hacia ninguna parte, escuchando marchitarse las flores que hay a ambos lados del camino, justo a la altura del último pájaro que, agonizante, cayó hace unos segundos del cielo, veo ante mí esa tierra ahita de podedumbre y cieno en que han convertido mi alma aquellos a los que más amé, todos los que en el nombre del amor han tratado de reconducirme hacia lo que para ellos es el buen camino, atando para ello a mi cuerpo cinchas repletas de espinas, que se han clavado en mi carne, desgarrándola sin compasión; pero, eso sí, todo en el bendito y sagrado nombre del amor terreno y filial, que sin duda ha motivado sus actos.

Hoy, que el rencor ha sido desterrado de mi yermo páramo, que ninguno de mis sentimientos se ve ya movido por el odio ni la animadversión, por fin he encontrado el valor para volver a llorar, mientras maldigo a todos aquellos a los que más amé, a todos los que me recibieron en su dulce regazo, hoy lleno de afiladas puntas; a todos los que me han dejado inservible para el amor, para los sentimientos agradables. A todos los que pasaron junto a ese niño agonizante que hay tendido en el camino, y pretendieron levantarlo a fuerza de puntapies. Gracias a todos ellos, por haber convertido mi alma en el mayor cementerio de sentimientos que jamás haya conocido.

Hoy, ahora que acuno a mi niña entre los brazos, veo como un pequeño viento de vida entra en el yermo páramo, mientras me pregunto: "¿cuanto tardara en ser asesinado en nombre del amor?". Quizás no muera, no hay porqué. Mientras comienza a respirar de nuevo el pájaro exangüe, y el sol comienza a tejer un dorado nido en el cielo, el légamo comienza a secarse. ¿Quién sabe si no será la base para una nueva cosecha?. Una oración irá por ello.

jueves, 9 de abril de 2009

Confidencias


Llevo algún tiempo (no demasiado, lo confieso) mirando con recelo el teclado, con el mismo respeto que el torero que toma la alternativa observa a su primer toro,con ansia pero con miedo; y es que hay momentos en que se hace muy difícil escribir: las circunstancias personales no lo permiten.


Recuerdo que una de mis adolescentes lecturas predilectas eran los artículos de costumbres de Mariano José De Larra, un febril escritor romántico que terminó suicidándose con tan solo veintiocho años de edad. Afrancesado, culto, con acerado tino para observar, analizar y dar con la clave, en sus escritos retrató quizás de un modo esperpéntico (aunque no por ello menos cierto) la sociedad española de su momento, que en poco difería de las sociedades hispanas del pasado y que, a su vez, se asemejaban enórmemente a cualquier futuro momento histórico vivido en nuestro país, por mucho que nos empeñemos en querer pensar que los tiempos cambian, lo que no dejaría de ser cierto si no fuera porque las tipologías humanas que se dan en cualquier sociedad mantienen unos rasgos diferenciales que se mantienen inalterados. Recordaba pues a Larra no por el magnífico fresco hispano que construyó con sus palabras, si no por una de sus más famosas frases, y que daba título a uno de sus no menos célebres artículos: “Escribir en Madrid es llorar”.


En el arriba mencionado escrito, el escritor razonaba acerca del escaso eco que producían las palabras escritas sobre la situación existente, de lo desesperante que resultaba proclamar a voz en grito algo que todos oían, pero que nadie escuchaba. Intencionadamente, el autor nos dejaba entrever la eterna lucha que sostienen los creadores consigo mismos, con sus coetaneos y con el cotidiano mundo que les rodea: demasiados enemigos para aspirar siquiera a salir airosos, en una batalla en la que con seguridad se puede afirmar que no solo no hay vencedores, si no que además únicamente hay un vencido, que resulta no ser otro que uno mismo. ¿Que hay más frustrante en esta vida que el gritar algo a voz en grito mientras se es ignorado por todo el que nos rodea?. Cassandra, la vidente que aparece en “La Iliada”, es dotada por los dioses con el don de la clarividencia, y castigada por los mismos con no ser jamás creída, aunque todas sus predicciones fueran acertadas, lo que la lleva a sufrir un permanente estado de ansiedad en el que se vió inmersa hasta su regreso con Agamenón a su patria tras participar en la guerra de Troya, y donde ambos, envueltos entre redes por la conjura de la mujer de este y de su amante, encontraron ambos una muerte predicha con anterioridad por la pitonisa pero, como todas sus predicciones, jamás creída.


Este fin trágico y anunciado, se repite una y otra vez en las vidas de cualquier escritor (escribidores incluídos, grupúsculo ingente, donde yo siempre me englobo). Todos los que, con mayor o menor acierto, decidimos alguna vez enfrentarnos a un folio en blanco, sentimos que al exorcizar fantasmas cotidianos a golpe de pluma, estamos firmando nuestra pequeña sentencia de muerte; vamos como Aquiles, al encuentro de Héctor, sabiéndonos poseedores de la victoria momentánea, para caer después abatidos por una inmisericorde flecha que atraviesa nuestro punto débil de parte a parte, sin darnos oportunidad de réplica. Por mucho que queramos enfrentarnos al mundo que nos rodea, revestidos de brillante loriga, logramos una efímera victoria, para volver a caer fulminados por un inmisericorde mundo, que nos acusa de ser borrachos, melancólicos,guitarristas lunáticos, poetas y pobres hombres en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.


Desgrano sentimientos, para exponerlos al voluble arbitrio de quién quiera verlos, dejando a un lado la ropa que me reviste el alma, con impúdico gesto, para que todos contemplen la grotesca desnudez de mi interior, mientras la sangre sigue brotando de mis heridas, para que quien lo tenga a menester pueda añadir de cuando en cuando un puñado de sal, que me recuerde cuanto duele la vida; que me haga sentir que, pese a ellas, sigo vivo y dispuesto para reverdecer el corazón en cada primavera.

lunes, 23 de marzo de 2009

LAS SOMBRAS DEL OLVIDO

La noche, con sus profundas sombras, es siempre el momento más indicado para que los escribidores como yo puedan cazar monstruos, exorcizar fantasmas, armados con una pluma y un toque melancólico que bien puede hacer las veces de coraza, para no sentir demasiado los embates que una vida de excesiva reflexión te da a diario. Últimamente, debido a mi insomnio, he podido ocupar el tiempo en cavilaciones que, a veces, me han llevado a los albores del amanecer que, con su luz, se ha encargado de hacer que los espectros desaparecieran parcialmente, concediendo una leve tregua que he podido dedicar a la estructuración de muchos de los pensamientos que antes pululaban campando por sus respetos, sin que fuera capaz de ordenarlos, ni, en muchas ocasiones, siquiera conocerlos. Supongo que a veces las veredas y vericuetos de la existencia son más sencillos de lo que parecen; pero siempre me empeño en darle demasiadas vueltas a las cosas, complicando lo que en esencia nació tan simple que resulta harto difícil no hacer lo correcto. Es lo que tiene ser meditabundo: muchas veces te ayuda a encontrar una solución; otras muchas te aleja de ella.


Recuerdo que en la adolescencia (que yo siempre he llamado cariñosamente la fábrica de sueños), pensaba que era mucho más sencillo averiguar las preguntas que las respuestas, pero esa aseveración, como otras muchas de las formulaciones efectuadas en tan precaria edad, era sin duda del todo errónea. Nada hay más difícil, cuando te enfrentas a la vida adulta (para mí la fábrica de los sueños rotos) que hallar la pregunta correcta que nos permita continuar por la vereda señalada, la que nos aleje de las sombras del olvido, esas que por el día son inocuas, pero que, al llegar la noche, desarrollan toda su fuerza, hienden uñas y dientes en tu carne, para dejar las heridas más graves que se le pueden hacer a una persona: aquellas que carecen de herida y adolecen de profundidad, dejando en tu interior la terrible huella del miedo a la oscuridad, a la noche, al deseo desmedido, a que los sentimientos lleguen al corazón y nos dejen vulnerables... hay tantas sombras como tipos de personas; tantos tipos como personas hay en el mundo.


Quizás, cuando las preguntas giran en torno a las personas que, de una u otra manera nos rodean, las uñas se hacen más largas, los dientes más afilados, la herida más profunda. Cuando a una persona a la que quieres, en la que has depositado todas tus confianzas, sentimientos más profundos, anhelos y sueños, debes musitarle sotto vocce un escueto porqué, sientes que algo se desgarra en tu interior, abriendo por completo tu corazón e hiriéndolo como jamás lo ha hecho nadie antes con las armas más terribles inventadas por el hombre: la palabra y las lágrimas. Aquella, cortando con precisión de cirujano en la parte que más duele; estas, derramándose sobre la herida impidiendo que nunca cicatrice, mientras regalas un rastro de escozor y angustia que no cesa.


“El tiempo todo lo cura”, una afirmación tan rotunda como falsa: el tiempo atenua los daños, nos concilia con nuestras heridas, nos permite vivir con ellas; pero no las cura. Simplemente la reinserta en la corriente vital de las vivencias. Eso que comúnmente se denomina experiencia.

jueves, 26 de febrero de 2009

POEMA

Hoy cuento con una invitada de excepción: mi hija Claudia. Tiene ocho años, y le gusta escribir poesía. Espero que siempre anide en su alma el duende del verso, y que haga de ella una persona sensible con los sentimientos de los demás, para llegar así a ser mejor persona.


                                LA CHICA CON SUS SENTIMIENTOS

Este poema, 
  es para un chico apropiado;
  es tímido, generoso
  y muy especial para mí.

  Y lo quiero con mi amor.

                                                    CLAUDIA

                                               LA SENSIBILIDAD

Tú me amas,
yo lo siento.

Tú me quieres,
de momento.

Eres guapo,
yo lo veo.

Eres sensible,
¡ya lo creo!

                                          CLAUDIA

jueves, 19 de febrero de 2009

EL JUICIO DE DIOS

     Cuando Enrique cerraba la puerta de su casa, el mundo que se quedaba al otro lado, inhospito e inmisericorde, dejaba de tener importancia para él. El tráfico, los ruidos, las voces del cercano patio del colegio, todo se apagaba, para tomar un cómodo segundo plano, que le permitía zambullirse de lleno en sus pensamientos, que comenzaban en aquel instante mágico a tomar cuerpo, a recolocarse, a recuperar el espacio que abandonaban durante las horas de trabajo, sin dejar por ello de estar presentes, de tener su importancia, pero conscientes de que ese debía ser su espacio hasta que llegase el ruido de la puerta, para devolverlas a situar en sus tronos.

     Hacía ya tantos años que la situación se repetía, que la simbiosis entre el hombre y sus pensamientos había llegado a ser perfecta: ellos alimentaban el odio que le permitía vivir, y a cambio él les permitia morar allí, robarle sus fuerzas y, si era necesario, sus alegrías. Era la forma de vivir que había elegido años atrás, y la decoración de la casa (que cualquiera hubiera calificado de sombría, aunque él gustaba de llamar austera), su traje, grisaceo, y hasta los macilentos pelos que cubrían cada vez menos su cabeza, todo recordaba su forma de vivir, oscura y triste.

     Nada había vuelto a ser igual desde el día en que aquel maldito borracho se salió de la calzada, arrollando a ocho viandantes, segando de golpe nueve vidas, que ya nunca volverían a ser las mismas. Tras un largo periodo en el hospital, y tras duros meses de rehabilitación física y psicológica, Enrique pudo retomar los pedazos rotos que habían quedado de su pasado, para transformar lo que alguna vez había sido una existencia feliz, en aquel sucedáneo de vida que ahora llevaba. Todo eso cambiaba en cuanto se escuchaba el faltado a su sonido del cajón de la cómoda. Las ideas de su cabeza abandonaban sus tronos para correr a esconderse al rincón, temblando, con el rostro desencajado, sudoroso. Era entonces cuando Enrique sacaba el revólver del fondo del cajón, abría el tambor, introducía una bala y tras girarlo varias veces, se apuntaba y disparaba el primero de los tres que completaban el ritual. Belén, decía tras apretar el gatillo; Samuel, tras el segundo; Ana, tras el tercero. Después, extraía la bala y volvía a poner todo en el mismo cajón. Todas las noches, repetía el mismo proceso maquinalmente, para luego echarse a llorar. Desde que salió del hospital, ni una sola noche había faltado a su cita con lo que el gustaba denominar “El juicio de Dios”. “Si Dios permite que tres de los seis disparos fallen, es que quiere que siga viviendo”, solía decirse ante el espejo. Tras tres años de reiteración, el continuar vivo tras la prueba no le producía ningún placer, ninguna alegría; aunque aquel día era distinto, porque al día siguiente, al fin vería la cara del asesino que, el fatídico día del accidente, bajó ebrio de su vehículo tras haber atropellado a su familia: solo él sobrevivió, no sabía porqué, pero siguió viviendo para esperar la jornada que, tras varios años de soledad, preguntas incontestadas y frustración, había al fin llegado.

     Tras asearse concienzudamente, El hombre cogió el instrumento supremo del “juicio de Dios”, volvió a introducir la misma bala en el tambor y, tras volver a darle tres vueltas, guardó el arma en su cintura y volvió a abrir aquella frontera que mantenía entre su casa y el mundo.

     En sólo unos minutos, Enrique había llegado al centro penitenciario, que se mostraba ante él como un templo hasta ahora inalcanzado, pero que el fin había venido a él, majestuoso y ¿triste?. Cuando el primer hombre salió por la puerta, aunque estaba lejos, aunque apenas le había podido ver desde que bajara del coche aquella mañana, supo que era él. Sin mediar palabra alguna se plantó ante él, le puso el arma en la frente y apretó al gatillo, al tiempo que gritaba “Belén”. Aunque tres de las seis balas que dispararon los guardias le alcanzaron, antes de caer muerto al suelo, el brutal estampido y los restos de masa encefálica que, mezclada con la sangre le salpicó el rostro le dijeron que al fin, tras años de incertidumbre, el “juicio de Dios” había concluído. Y por fin había encontrado al culpable.

lunes, 26 de enero de 2009

PLUMAS

Desde hace ya algún tiempo tengo una afición que, poco a poco, ha ido escalando posiciones entre mis favoritas hasta alcanzar uno de los primeros puestos en mi escalafón personal o, si lo prefieren, mi escala de valores. Me refiero a el coleccionismo de plumas, algo que mucho no entienden, pero que puede llegar a ser fascinante.

Mi primera aproximación se inició en mi adolescencia, cuando me regalaron una estilográfica de la marca Parker. Era negra, de plástico y con el clip de metal plateado. Ahora, cuando la veo, pienso que no era para tanto, pero en su momento fue para mí la más bonita del mundo, y supuso el principio de lo que iba a ser uno de los amores que más me ha durado. Poco a poco, con la incomprensión de muchos de los que me rodean (no comprenden qué puedo ver en las plumas), he ido aumentando mi colección. Muchas veces las miro, las saco del expositor, las limpio y encuentro un momento de placidez como pocos.


Creo que lo importante de cualquier afición es que satisfaga, que relaje, que constituya un oasis dentro de la intrincada vida que llevamos. Es todo lo que se puede pedir a una ocupación que nos proporcione una cierta dosis de placer y, aunque muchos de los que me rodean no lo entiendan, iniciar una página con una nueva pluma es un gozo para los sentidos: el color de la tinta y el trazo de la letra (que siempre cambia cuando se escribe con pluma) som un deleite para la vista: el ruidillo que provoca el plumín cuando acaricia el papel es música, una danza de dos enamorados, una fiesta privada, un vals divino, una prueba de amor en la que eres un invitado de lujo. El olor de la tinta despierta evocadoras anámnesis de otras vivencias y otros tiempos, a modo de magdalena proustiana que retrotrae a momentos de pasión febril.

El tacto de la resina torneada a mano, deslizándose por los dedos, provoca solaz digno de dioses sin parangón alguno. Su frialdaz cálida proporciona un sabroso contraste, un festín de texturas solo acotado por las limitaciones propias de nuestros sentidos.

El gusto del capuchón, rozando los labios, como un amante eterno y efímero, evoca el más exquisito de los deleites, el mas frío de los calores, invitando a la calma y a la reflexión; a la busca de la paz interior, que intenta reconciliarnos con nosotros mismos.

Todo esto que puede resultar exagerado para algunos, grotesco para muchos, descabellado para el resto, quizás pueda ser los desvarios de un vate loco, de un cuerdo demente, o de, como dijo una vez Machado, de un pobre hombre que va buscando a Dios entre la niebla. Tal vez sea de todo un poco; tal vez no sea nada de ello, pero lo cierto es que esta afición que mantengo ya desde hace varios años, me ayuda a conciliarme con mi yo interior, a ser mejor y más reflexivo. Habrá otros muchos que sientan lo mismo con variopintas cosas, que desde fuera pueden resultar hasta ridículas, y que no se atrevan a contarlas por miedo al ridículo, por vergüenza pura y dura o, tal vez, por no contar como con un adminículo que, con el paso del tiempo se ha convertido en otro apéndice de mi mano, que me ha llegado a doler como uno propio; que comunica el interior de mi alma con una hoja en blanco y la hace sangrar hasta llegar a confesar en un folio lo que de otra manera jamás le diría a nadie.

viernes, 16 de enero de 2009

PALESTINA

Hoy he querido que el texto apareciese en un color distinto al habitual, por considerar que es el más apropiado para mostrar el máximo respeto hacia aquella tierra que, como mis palabras, está teñida de rojo por la sangre derramada. Nota del autor

Siempre he recordado con cariño las comidas familiares de mi casa, una familia obrera que se reunía siempre en torno a una mesa, cuando el cabeza de familia regresaba del trabajo, y comían juntos ante un televisor en el que indefectiblemente se veían las noticias, se comentaban pocas y se escuchaban muchas. Muchos jueves, la serie “cuéntame” funciona como magdalena proustiana, retrotrayéndome a aquellos tiempos en los que todos los hogares españoles eran un fiel reflejo de la familia Alcántara, en que las cosas eran más sencillas, no porque el mundo de entonces no fuera complicado (que desde luego lo era) si no por mi corta edad, que me alejaba de cualquier tipo de galimatías tramposos, que siempre te hacen perder y en los que nadie nunca gana, y que son de los que la vida adulta adolece con más frecuencia de la que fuera deseable. Imperceptiblemente, a todos esos recuerdos tengo grabados a fuego las imágenes de unos hombres polvorientos que atacaban con denuedo a unos carros de combate con unas piedras que iban arrojando como único arma, mientras otros iban recogiendo hombres que se hallaban caídos. Recuerdo con nitidez la escena, aunque entonces no supiera ponerle nombre, ni tan siquiera comprender el porqué de tamaña escena. Hoy, muchos años después, sigo ignorando el porqué, pero ya sé nominarla: Palestina.

Conozco hoy muchas de las motivaciones políticas que derivan en esos hechos atroces que, en la actualidad se siguen dando, jornada tras jornada, aunque haya días que siquiera salgan en los televisivos noticiarios que nos conectan con el mundo actual, como mudos testigos de una ignominia que, cual piedra de Sísifo, se siguen repitiendo una y otra vez, sin que nadie del llamado “primer mundo” haga nada por impedirlo; sin que ningún pie poderoso se interponga en la trayectoria de la sisífica piedra, deteniendo su macabra marcha, que está dejando sobre la tierra sangre indiscriminada de hombres, mujeres y niños a los que nunca les han dejado soñar con otra realidad.

No voy a entrar en disquisiciones políticas, ni voy a tratar de justificar a ninguno de los dos bandos. Solo me gustaría pedir como deseo de fin de año atrasado, que cesen de una vez las hostilidades en la Franja de Gaza, que sea posible otro mundo para esos niños ensangrentados,cuyas imágenes  nos escupen a la cara las  televisiónes mundiales. Pequeños con la mirada perdida, que intentan sin éxito saber qué y porque´les ha golpeado; que ignoran si sus padres siguen vivos, sus casas en pie, su dignidad intacta o si el maltrecho corazón de su incierto futuro sigue latiendo por costumbre o por la convicción de que otro mañana es posible.

martes, 23 de diciembre de 2008

ARRAIGO

La vida es en la mayor parte de los casos una niña voluble y juguetona, que gusta de dar vueltas de tuerca a los que transitamos por ella sin que podamos hacer nada por evitarlo. Creo que la definición que más s ajusta a la realidad es la que pronunció una vez John Lennon: “La vida es todo aquello que te va sucediendo mientras intentas hacer otra cosa”. Resulta bastante ajustada a la realidad ¿no les parece?. Creo que cualquiera de nosotros ha sentido algo parecido en algún momento, y esta indefensión ante tamaña injusticia hace que a veces nos sintamos tan frágiles y vulnerables que se hace demasiado cuesta arriba continuar, aunque sepamos que debemos hacerlo.
Ahora, cuando miro por la ventana, y veo la indeseada calle, de la indeseada localidad en la que vivo, pienso mucho en las palabras del beatles fallecido, y me recorre un pequeño escalofrío, viejo conocido de aquellas ocasiones en las que experimento añoranza de mi ciudad natal, y me tengo que contentar con ver alguna foto, o algún recorrido virtual de esos que ahora brotan por internet, y que solo sirven para mitigar un tanto la sensación de dolor, pero solo en un principio, porque al cabo de poco vuelve con fuerzas redobladas, para terminar de arruinarte el día, la semana, el mes...
Imagino que este tipo de sentimientos no es exclusivo de los que nos hallamos fuera de nuestra tierra, y que a los que no nos va mal debería estar casi vetado el quejarnos, ¡pero es que a veces se hace tan difícil hacer lo justo!. Aunque sé que precisamente la grandeza de este tipo de justicia radica en hacer lo debido, hay ocasiones en las que este sentido de deber que nos impone nuestra firme cosmovisión es auto destructiva, y , como en los versos del genial Louis Aragón, hace arder lo que será en el fuego de lo que fue.
El estigma del cainita se haya impreso en el alma de todos los hombres, y convive con la bondad abeliana, librando una eterna batalla en la que no hay vencedores: solo hay vencidos, y no son otros que nosotros mismos. Aprender esto forma parte de eso que denominamos genéricamente “vivir”, y no deberíamos llorar por ello, si no enseñarnos a vadearlo sin más problemas; pero cada vez estoy más convencido de que el castigo de Dios al expulsarnos del paraíso tiene los tentáculos largos y, en ocasiones, hasta afilados. Sigamos malviviendo a merced de esa vieja farsante, hasta que Atropos, Laquesis y Cloto tengan a bien cortar nuestros hilos, acabando de una vez por todas con nuestros sufrimientos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

GANIVET Y EL MUNDO DE HOY

Ángel Ganivet (Granada 1865-Riga 1898), es ante todo un desconocido para gran parte del público; pero, pese a su corta existencia, pasó a la historia como un gran ensayista y, sobre todo, como uno de los precursores de la gloriosa generación del 98. Pesimista, español y senequista, supo plasmar como pocos los problemas de la España que le tocó vivir y que, pese a la lejanía en el tiempo, no dista demasiado de la actual.
Recuerdo que cuando leí su Idearium español, me causó una fuerte conmoción, debido a las muchas respuestas sobre mí que encontré en aquel escrito que intentaba relatar la esencia de los males que asolaban su patria. Ese libro se unió de inmediato a mi particular lista de aquellos de los que esperaba poco y me dieron todo (como me sucedió con La voluntad o con La escritura o la vida por citar dos ejemplos). Hubo en especial una parte que me encandiló, en la que se relataba una leyenda escandinava que relataba la historia de un hombre que iba por el ártico en un trineo tirado por perros, acompañado por sus ocho hijos. En un tramo en concreto, una jauría de lobos comenzó a perseguir a la familia con la amenazante intención de devorarlos. Viendo que las bestias estaban cada vez más cerca, el hombre comenzó a tirar un cargamento de pieles para aligerar el trineo; siendo esto insuficiente comenzó a arrojar la comida; pero los animales continuaban acercándose, con lágrimas en los ojos, cogió a su hijo pequeño y, tras darle un beso, lo arrojó a los lobos, salvando así a los otros siete. Concluía Ganivet el párrafo sentenciando que las reformas en España debían acometerse aunque ello significara echar a los lobos a un millón de españoles, lo que refleja fielmente la firmeza de carácter que poseía el escritor.
En todo esto me hizo pensar una noticia que, en cuanto la vi en las noticias, supe al instante que me inspiraría algún escrito, aunque para ser capaz de analizarla con asepsia total me fuera necesario un tiempo (que ha resultado ser un mes y medio aproximadamente); y es que la historia resulta cuanto menos turbadora, sobre todo porque es real. Paso a contarles, y juzguen ustedes mismos.
Durante las últimas inundaciones que azotaron España, en un pueblo de Castellón (no recuerdo la localización exacta), un coche fue arrastrado por la lluvia con una mujer y sus tres hijos dentro. Llegó el momento en que era necesario salir del coche y, cogiendo a sus tres hijos (el más pequeño, aún un bebé, en carricoche) intentó abrirse paso atravesando el improvisado rio en que se había convertido la calle. Cuando se hallaba a mitad de camino, viendo que sería imposible llegar al otro lado con tanto peso, cogió a su pequeño y, tras darle un beso, lo soltó y continuó adelante con sus dos hijos mayores. El bebé fue encontrado al día siguiente, muerto, a novecientos metroos de donde su madre lo había soltado. Una historia que, sin duda, no puede por menos que poner los pelos de punta. Resulta aterrador el paralelismo entre esta noticia y aquella leyenda escandinava a la que antes hice referencia.
Ahora mismo, si alguien me preguntara por lo que yo haría, mantendría cuanto menos una duda razonable ante una situación en la que nunca es posible otra cosa que perder. No puedo por menos que mostrar mi admiración por la determinación y la firmeza de carácter que mostró la mujer, independientemente de que comparta su decisión o nó: espero no saber jamás si yo tendría el mismo valor ante una situación análoga. Lo que si que no puedo permitirme es criticar una amarga resolución que ha salvado tres vidas a costa de dos: una la del pequeño lactante; otra, la de su madre, que ya se va a ver marcada de por vida, que jamás creo que vuelva a sonreír de la misma manera en que lo hacía antes, con el corazón roto entre lo que fue y lo que podía haber sido. A veces la vida es una puta que obliga a tomar resoluciones de difícil comprensión para los que jamás se han visto ante semejante situación. Hoy recuerdo la pequeña caja blanca, y no puedo reprimir una lágrima por él: Dios no es justo a veces; nadie debería tener que tomar jamás tamaña decisión.

lunes, 17 de noviembre de 2008

METAFÍSICA

Hay días como los de hoy en los que uno no debiera haberse levantado. No es que me haya sucedido nada en particular que haya inclinado la balanza de las penas hacia ningún sitio; pero lo cierto es que me he sentido raro, triste, con un sentimiento amargo ante la vida que me ha acompañado hasta altas horas de la madrugada, en la que me he reencontrado con el folio virtual en blanco y con unas ganas locas de escribir algo, aunque no fueran más que divagaciones de un hombre de la calle, que sacia sus deseos de hablar de tristezas sin amargar por ello a nadie. Ha sido, en definitiva, una jornada de esas que yo suelo denominar eufemísticamente metafísica, nombre que sin duda le viene al pelo, ya que me dedico a pensar más que nunca en la naturaleza humana, en sus actos cotidianos, en las motivaciones que las propician, y casi nunca suelo llegar a ninguna conclusión porque, como dice la campaña de una bebida energética: “el hombre es extraordinario”.
En estos largos momentos de reflexión, mi mente comienza a tejer las redes más insospechadas, eludiendo los problemas personales y logrando alcanzar la paz solo bajo el signo de la exorcización de mis sentimientos a través de un folio en blanco, que es hasta el momento el amigo más fiel que me haya encontrado.
Es cierto que en demasiadas ocasiones no he podido navegar por este océano blanco; igual de acertado es decir que si no lo he hecho es porque me han faltado las fuerzas. Esta leve divagación he tardado cerca de tres semanas en escribirla, no por elaboración, ni por buscar una calidad que de antemano no le concedo, si no porque me ha faltado el valor para enfrentarme a esa realidad cotidiana que, en algunas ocasiones, se me hace insostenible, y me sumerge en un estado que Azorín explicó larga y concienzudamente en “La voluntad”, una de las mejores no-novelas que yo haya leido jamás, y que no es otra que la abulia.
Perdón por tardar tanto en regresar; perdón por regresar con un intemporal que tiene un nada de calidad y un mucho de sentimiento amargo.

Y no es verdad dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra por los caminos
[ sin camino
Como el niño, que en la noche de una fiesta
[se pierde entre el gentio
y el aire polvoriento, las candelas cimbreantes
atónito asombra su corazón de música y de pena.
Así voy yo, borracho melancólico, guitarrista
[lunático, poeta
y pobre hombre en sueños
siempre buscando a Dios entre la niebla.
ANTONIO MACHADO