La frase del día

El hombre puede vivir unos cuarenta días sin comida, unos tres días sin agua, unos ocho minutos sin aire, pero sólo un segundo sin esperanza.” — CHARLES DARWIN

viernes, 2 de agosto de 2013

MUSA DEL INSOMNIO

A la luna plateada
que en mi noche hoy no brilla.
Que con Venus aún se junta
y se transforma en mirada.

A la sombra de la duna,
altiva y solitaria,
que conjura las estrellas
y de todas, solo una.

Al frescor de una caricia
cuando aún no ha sido dada,
cuando aún no tiene magia,
cuando se encuentra en puericia.

Al dolor de beso amigo,
a la duda que lo asombra.
A su efecto cotidiano
a su calor y su abrigo

A la espuria no nacida,
temor y dolor vacío,
polvo y niebla y la nada,
les consagro yo mi vida.

jueves, 11 de julio de 2013

LA AMANTE PERFECTA

Resulta evidente decir que, merced a internet, las relaciones han cambiado. De los antiguos noviazgos por carta, esos que alguna vecina, amiga, abuela,etc... nos han contado, solo queda el dolor y la dificultad lógica de quien tiene al ser amado lejos; porque eso no ha cambiado: se tienen más medios, más formas de verse incluso, pero el pesar sigue siendo el mismo. Lo mismo ha sucedido con todas las relaciones humanas que pueblan el universo de nuestro interior: desde las laborales hasta las más íntimas, todas se han visto por todas las formas de comunicación de las que ahora disponemos, hasta llegar a dar incluso lugar a nuevas, que siempre son apellidadas “virtuales”. Y estas han nacido intentando suplir una de las carencias del ser humano más común y extendida sin distinciones de nacionalidad, sexo o religión: la soledad. Mucha gente con este tipo de problema ha corrido a esconderse de una pantalla, llegándose esta a convertir en un modus vivendi y completando un círculo de dependencia pernicioso para el desarrollo de cualquier persona. Hace no mucho tiempo, yo fui una de esas personas. En un momento delicado de mi vida, convertí la pantalla en mi salvavidas: fueron unos tiempos convulsos. Lo cierto es que todo aquello me ayudó mucho y saqué muy buenas amistades de ello; pero con un denominador común: en todas ellas traspasé el muro de píxeles para entablar una relación personal. Internet fue el punto de inicio, pero lo refrendé con el contacto personal.
De todo lo anteriormente dicho extraje una conclusión: si no hay amistad más allá de la pantalla, la relación no es nada. “Te quiero mucho”, “te conozco desde hace dos mil post, pero te quiero mucho” “te doy a todos los me gusta, los +1 y por eso te quiero un montón” ¡Y encima hasta hay quien llega a creerlo!. Hay gente que monta un castillo sobre ello sin saber que es uno de arena. En innumerables ocasiones, llegan incluso a aislarse, a dejar la realidad por esa virtualidad o hasta mentir a los que quieren con tal de continuar elevando las almenas de ese torreón imaginario. Y ese es el momento en que se debe tomar la decisión de continuar así o de ir cambiando pequeñas cosas para conseguir subvertir la situación y volver a tomar las riendas del mundo en el que de verdad se mueven. Y deben decidir lo más rápido posible, porque ese es el momento exacto en el que comienza un camino sin retorno con realidades fingidas y relaciones en concordancia. Internet puede ser un magnífico punto de partida, pero no se puede convertir en el todo, o te verás irremisiblemente reducido a la nada, cuando llegues a creerte a pie juntillas que los doscientos ochenta y cuatro amigos del facebook son realmente eso: amigos.
Yo nunca fui de tener demasiados amigos en las redes sociales, y así me sigo manteniendo. Intento, eso sí, ser selectivo y agrupar en mis sitios a los amigos con los que de verdad mantengo algún tipo de relación fuera de la red, en un intento de darle verosimilitud a los sentimientos que se muestran en cada mensaje, post, me gusta, +1 o cualquier otra forma de interrelación. Y ahora puedo decir que realmente tengo a mi lado a los que quiero y me quieren, no a los que me comentan lo genial que soy. A lo largo de mi vida, normalmente por relaciones sentimentales (casi exclusivamente por la primera y más perniciosa de ellas), he ido perdiendo muchos amigos por el camino. Ha sido una larga y dura criba en la que pienso que han quedado los mejores. En los peores momentos, siempre me han acogido; me han dado de fumar cuando sabían que recogía colillas por la calle, de comer cuando les constaba que el mejor de los días solo comía una vez porque no tenía para más; me han dado cariño y grandes lecciones de lealtad y de amistad, de esas que nunca olvidaré. Lejos de sentirme avergonzado y callarme que haya llegado a tales extremos, lo digo con dignidad y orgullo, por la fortaleza de la que he hecho gala para salir adelante y por la suerte que he tenido por contar con personas como ellos: personas de esas que te dan un like, pero que después te llaman para que recojas un plato caliente y lo hacen con el tacto necesario para no herir jamás tu sensibilidad ni tu orgullo. Esos, perdonadme, no pueden ser los mismos que te dicen lo mucho que te quieren y te ven en el mejor de los casos una vez al año, o se pasan tiempo sin llamarte por no tener tiempo, aunque luego los veas conectados siempre que apareces por las redes.
Iniciar un camino como el que yo hice hace tiempo no es nada fácil, ya que siempre hay un precio que pagar, como todas las cosas de esta vida. En este caso, el peaje que debes abonar no es otro que el de los momentos de soledad. Todos llevamos una vida más o menos frenética, lo que hace que hayan determinados momentos en los que no puedes encontrar a alguien, no porque ellos no acudan si los necesitas, si no por la sencilla razón de que hay muchos instantes en los que no quieres sacarles de sus quehaceres cotidianos, lo que te lleva invariablemente a esas noches solitarias, en las que necesitarías un abrazo que al final nunca resulta ser recibido. Se cambian lágrimas calladas y solitarias por abrazos cálidos de regazo amigo, todo con un simple fin: no preocupar. Además, si a esto le unes multitud de cicatrices que cruzan cara, cuello, torso, corazón, alma... el resultado es invariablemente esas noches en las que he silenciado sentimientos ayudado por la amante perfecta. He coqueteado más de una vez con ella al filo de la medianoche; he mirado con deseo su invitación, saboreado cada uno de los besos que me ha dado, para ser rechazado después, postergando nuestro final encuentro para un día más apropiado, en el que solo se escuche en la habitación el eco de los latidos de mi corazón cansado. Y tengo que deciros que no he dejado de mirarla, de ver sus ojos oscuros que me invitan a las vez que me dicen “espera”. No temo el momento, ni el lugar que decida, ni la forma o el modo de verla: solo me mantiene con una natural angustia la espera. Quizás valga la pena cruzar el umbral, solo a cambio de reposo; un descanso que busco y anhelo cansado como estoy de tanta lucha.

miércoles, 12 de junio de 2013

REFLEXIÓN DESCARNADA

El otro día, leyendo cosas, encontré este texto de Paulo Coelho. En principio me pareció terrible, por lo descarnado de lo que dice, pero es tan bella la reflexión que he decidido ponerlo en el blog. Quizás sea cierta o quizás no: eso os toca decidirlo a todos y cada uno de los que leais estas palabras.
DUENDE SATÍRICO


                                                 DOS AMORES (por Paulo Coelho)

“
Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos... Esa persona con la que consigues la compenetracion maxima para estar el resto de tu vida junto a ella...
Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderas para siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado ... que las fuerzas de la quimica escapan a la razon y les impediran,siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto dia dejaras de intentarlo, Te rendiras y buscaras a esa otra persona que acabaras encontrando.
Pero te aseguro que no pasaras una sola noche, sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez mas...
Todos saben de qué estoy hablando,por que mientras estan leyendo esto,se les a venido su nombre a la cabeza,te libraras de el o de ella dejaras de sufrir,conseguiras encontrar la paz(la sustituiras por la calma)pero te aseguro que no pasara un dia en que desees que este aqui para perturbarte.
  Porque a veces se desprende mas energia discutiendo con alguien que amas que haciendo el amor con alguien a quien aprecias. ”

sábado, 25 de mayo de 2013

SIN PALABRAS

Solo puedo agradeceros todos estos años de visitas. Sé que habrá mucha gente que piense que no son muchas, pero todas para mí son importantes. Y para un humilde escribidor como yo, más aún. Así que gracias de todo corazón por esas ya más de siete mil visitas. Son demasiadas quizás para lo que me merezco, pero os aseguro que nunca más agradecidas. Ya sabeis que llevo algún tiempo sin poner entradas por los problemas que he tenido que afrontar en estos últimos meses. Eso hace que el apoyo que me dais sea más importante.

DUENDE SATÍRICO

sábado, 19 de enero de 2013

Escritos desesperados



                Los momentos de tristeza y soledad dicen que suelen ser los más proclives para escribir y, es posible que sea así, pero no es menos cierto que cuando se suele escribir así, la tinta suele ser muy negra, y su sabor amargo, quizás no más que otras veces, pero en verdad lo parece. Dicen los que conocieron a Kafka que era este su estado natural y, creo que puede ser el caso más paradigmático de ello: todos los relatos que he leído de él tienen esa curva descendente que va de la euforia al pesimismo más absoluto. Igual que su vida, que siguió el mismo camino para terminar suicidándose. Son muchos los ejemplos que podrían ilustrar esto que digo y es por eso que, cuando estoy en un estado de angustia, todo lo que escribo suelo dejarlo para mí mismo. En infinidad de ocasiones, me he dedicado a torcer versos sin que por ello me haya atrevido más que en una ocasión a enseñarlos. El motivo, aparte de la intimidad es mi falta de acierto a la hora de versificar. Tampoco quiero que penséis que no los publico por lo en ellos expresado; es mas, si no los suelo mostrar es por la vergüenza que siento a la hora de mostrar algo que, a mi entender, carece de calidad alguna. Unos y otros forman parte de lo que llamo Escritos Desesperados, y que por una u otra razón siguen en el cajón, lejos de la luz de otros ojos que no sean los propios. Quizás, si pensase como lo haría al respecto el genial Borges, debería elevarlos a la categoría de Diario, pero su falta de continuidad y su atemporalidad, me conducen más a denominarlos picos y flecos de mi mente en momentos de desesperación.
                Jorge Semprún, mi amado Semprún, siempre referente en mi modo de escribir, tardó más de cuarenta años en poder escribir la que, para mí, es su obra cumbre y uno de los pilares de mi vida y cosmovisión: “La escritura o la vida”. El motivo queda claro en el título: era tan fuerte lo vivido que, si lo narraba, temía terminar suicidándose como hizo Primo Levi. Es por ello que tuvo que esperar cuatro décadas para comenzar a exorcizar fantasmas a golpe de pluma. Durante todo ese tiempo, tuvo que luchar consigo mismo para refrenar ese ansia de escribir sobre ello. Creo que todos los que gustamos del placer de escribir, hemos sentido alguna vez algo parecido, pero en su prosa elegante y concisa, puso voz a todos los que callamos por no saber expresarlo así. Es otro ejemplo de escrito desesperado que luchó por salir y al final vio la luz.
                Y hoy quiero expresar en voz alta, y esto es lo más parecido a levantar la voz que yo conozco, que hay muchas veces que el alma grita y explota en el océano blanco de un folio; que necesito de estos escritos muchas veces para no volverme loco; que el sufrimiento no aminora, pero estas torpes letras, carentes de calidad en muchos casos, me ayudan a comprender y a comprenderme mejor. Y solo por esto, creo que merece la pena escribir estas líneas, por y para aquellos que, como yo, alguna vez hemos emborronado un folio, sin preocuparnos de si sale más o menos bonito, con la simple pretensión de apaciguar un tanto un alma cansada, dolorida, aterida y sola, en un rincón temblorosa, que se encuentra huyendo de miedos propios y extraños que la alejan de ese lejano puerto que muchos llaman vida.

viernes, 14 de diciembre de 2012

ÁNGELES



Siempre me he considerado un hombre tradicional o, al menos, una persona a la que le gusta respetar las tradiciones y que, si no las ha seguido, al menos siempre les ha mostrado la pleitesía que se le debe solo por el respeto que nos deben merecer todos aquellos para los que sí son importantes. Mi gusto por conocerlas y por darles su lugar preferente dentro de mi parnaso particular se debe en gran medida a que, usualmente, suelen ser un fiel reflejo de algo que o bien continua vigente o bien se ha ido perdiendo en la estepa del tiempo, pero que en su día fue algo totalmente real. Y es que, por muchos cambios que se hayan obrado en las celebraciones actuales, todas sin excepción tienen su referente real, normalmente parte del acervo popular de nuestro pueblo. Y eso es algo sin duda digno de respeto.
Personalmente, una de las que más me han gustado desde siempre es la de los ángeles de la guarda. No sabría explicar el  porqué, pero desde que en edad pueril me enseñaron aquella oración infantil que creo que a todos se nos está ahora viniendo a la cabeza, me ha reconfortado la idea de saber que alguien hay siempre a mi lado que me salvaguarda de los peligros, sin apartar su mirada de mí, expectante para apartarlos o, al menos, para ayudarme a vadearlos. Al contrario de otras tradiciones, a esta siempre me ha costado encontrarle su correspondencia real; no me cabe duda de que es debido a no saber mirar en el lugar correcto, por que me niego a creer que sea esta la única sin refrendo. Ahora, cuando llevaba ya mucho tiempo sin pensar en ello, creo haber  encontrado la respuesta.
Hay momentos personales en los que la vida puede volverse la más árida de las experiencias, con pocos motivos para seguir y todos para tirar la toalla. Normalmente, cuando te encuentras en lo más hondo de este valle, los ojos suelen permanecer cerrados; unas veces por el rictus firme del dolor, otras por no querer ver lo que te rodea, y ese suele ser el primero de los errores que se cometen, ya que a causa de esa ceguera voluntaria, en infinidad de ocasiones dejamos de ver a esos ángeles que están en La Tierra para ayudarnos. Es muy frecuente intentar buscarles en hechos sobrenaturales, con apariencias raras y estrambóticas; nada más lejos de la realidad. Son personas, como nosotros, que nos brindan de manera desinteresada la ayuda que precisamos para comenzar a escalar la escarpada ladera que circunda el valle, que nos cambian dolor por comprensión, desánimo por  aliento, amargura por cariño y ternura. Son seres que desconocen de su fuerza, pero que no por ello dejan de entregarla. Suelen dejar sus problemas aparte para sumergirse en los tuyos, sin dejar de nadar hasta alcanzar la costa, desoyendo cantos de sirenas y tapando sus monstruosas melodías con una demostración de entrega generosa que te lleva en volandas a la playa. Dentro de la normalidad de los seres humanos, aunque no lo sepan o no le den importancia, son seres excepcionales, para los que nunca encuentras las palabras adecuadas para expresar tu gratitud. Saben como nadie darse de manera incondicional con el único propósito de poder ver en una cara amiga una sonrisa que es para ellos la mejor y más dulce de las recompensas. Solo por encontrar a estas personas, vale la pena mantener los ojos abiertos mientras caminas por la senda del dolor.
Ahora, que al fin he encontrado una respuesta que me mantuvo ocupado durante largo tiempo hace ya más años de los que quisiera recordar, solo puedo agradecer a quien quiera que los haya enviado mi más eterna gratitud por haberlos puesto en mi camino, y desear que todos y cada uno de vosotros, si tuvierais la necesidad de encontrarlos, tengáis la fe necesaria para verlos; por que, como todo en esta vida, para poder apreciarlos es necesario tener la firme convicción de su existencia. Vale la pena soñar, ¿soñamos? 

A Merce y a Ana, con cariño.

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA ERA DE LA INFORMACIÓN




                Tenemos la creencia de que pasan muchas cosas que antes no pasaban, que el mundo se ha vuelto loco, que ahora todos estamos desquiciados, y resulta erróneo pensar algo así. Siempre he tenido la creencia de que el idioma es el mejor adn que se puede estudiar a la hora de aprender cosas del pasado. Es el referente más claro de la existencia de todas las cosas.  Como ejemplo ilustrativo, podríamos poner una palabra como incesto. Esa no es ni mucho menos una palabra moderna, ya que tiene su correspondiente antecesora latina, lo cual nos puede dar una idea bastante aproximada del tiempo en el que se comenzaron o, al menos, ya se realizaban estas prácticas de dudosa moralidad. Es de suponer que muchos penséis que ahora es cuando se realizan este y otros actos más o menos punibles, pero lo cierto es que son tan antiguos como la humanidad, de ahí que ya existieran palabras para designarlos.  La diferencia principal es solamente, que tenemos constancia de ello.
                Nos hallamos en una época en la que la información nos bombardea por todas partes, inundando nuestras retinas y oídos desde radio, televisión, internet, etc…  Ahora sabemos al minuto si un monzón ha provocado un centenar de muertos en Bali, o si un hombre se ha armado  con un rifle y ha ocasionado una masacre en Finlandia; pero también si hay una exposición en Londres, un hallazgo arqueológico en el Machu-Pichu y así podría continuar con cientos de ejemplos, hasta conseguir saturar nuevamente vuestras retinas. Hace un tiempo, se decía que la información era poder, pero solo era por que era exclusiva de unos cuantos que, normalmente eran los más poderosos y, merced a sus contactos, podían seguir siéndolo aún más. De ahí esa creencia que hoy, como otras muchas, han quedado ya en el olvido y devaluadas.
                Porque sin duda, hoy la información ya no es poder. Cuando hay una moneda antigua única, su valor es incalculable; pero si de repente aparecen doscientas cincuenta mil en una nueva excavación arqueológica, su valor disminuye a cero. Y eso es precisamente lo que ha pasado con la información: todo el mundo tiene en sus manos un altavoz que da al mundo, y comparte con rapidez asombrosa su descubrimiento, poniéndolo así a disposición del mundo entero. Y esto, que podría ser algo maravilloso, se está convirtiendo en algo pernicioso. Disponer de demasiada información, hace que se caigan mitos, que se derriben férreas ideas, provocando así no una sensación de poder, si no de dolor. Es una lástima que la socialización e la información esté matando a su vez las ganas de informarse, de saber de mucha gente, entre la que me cuento.
                Creo que va siendo hora de ir volviendo de forma controlada al estadio que siempre se ha denominado “la felicidad del ignorante”,  a disfrutar del no saber algo que nos pueda dañar. Hay quien pensará que no es más que una forma de cobardía, pero el protegerse de cosas que nos creen dolor, es más que una obligación, es puro instinto de supervivencia.

viernes, 9 de noviembre de 2012

FEELINGS (SENTIMIENTOS)



                Nunca hay que pensar que algo es en vano; normalmente, todo lo que nos pasa es por algo y, de hecho, así suele suceder. Imagino que hay mucha gente que, como yo, piensa que ha venido a esta vida a sufrir, y es una pena, porque solo hay una. Pero es que en muchas ocasiones, se encarga de demostrarnos que es así, sin que podamos hacer nada por evitarlo.
                La tristeza y la soledad son pájaros, con textura de tela, que envuelven el corazón y van destilando su esencia, empapando todo lo que tocan con su olor, con su viscoso oleo, evitando así que se propaguen las alegrías que pudieran ir surgiendo. De este modo, nos vemos envueltos en su fragante y putrefacta alma. Una nos hace llorar y la otra se encarga de que no nos escuche nadie, para que el desamparo sea mayor. Recuerdo que, cuando era joven, quería ser mayor y, ahora que lo soy, desearía haber muerto hace tiempo para no tener que penar más. Solo soy un alma a la deriva, que no encuentra puerto ni consuelo. Descanse en paz, alegría, que ya no recuerdas mi cara, que me olvidas en tus plegarias.

viernes, 28 de septiembre de 2012

SANTIAGO CARRILLO, MI ABUELO Y EL SEÑOR BONI



                Siempre tengo a mi abuelo en la memoria, desde que murió hace ya más años de los que quisiera recordar. Sin duda, era un hombre pintoresco, singular, como todos los de su generación, esa a la que le tocó vivir los terrores de una guerra y los rigores de una terrible postguerra. Eran sin duda un grupo de gente irrepetible que se vieron envueltos en unos convulsos momentos que dieron como fruto una selección natural que acabó con los más débiles e hizo por ende una mini raza de supervivientes, duros como rocas. Aún hoy, todavía nos maravillamos de cómo pudieron sobrevivir en aquellas penosas circunstancias; pero lo hicieron, y además de una manera harto meritoria.
                A mi abuelo le sorprendió el estallido de la guerra civil cuando le faltaban seis meses para licenciarse. Estaba haciendo el servicio militar en Melilla, en la Legión. Así que sin saber cómo ni porqué, se encontró de golpe en el frente, en un conflicto del que no sabía nada. Llegó hasta Madrid, con lo cual luchó desde el principio hasta el final. Ascendió a cabo por méritos de guerra, aunque nunca alardeó de ello; de hecho, nunca alardeó de nada referente a aquella maldita contienda ni a nada que tuviese que ver con lo castrense. Recuerdo que en su antebrazo derecho, llevaba un tatuaje con el escudo de la Legión, orgulloso de haber servido en aquel cuerpo pero sin pavonearse: no le veía sentido. Las veces que alguien le hizo mención a ello, respondió con franqueza, pero jamás empezó él una conversación al respecto. Hizo lo que debía, pero jamás se vanaglorió de ello: solo cumplió con su obligación. Nunca habló con desprecio de un bando ni con orgullo de otro: siempre pensó que había sido el error más grande que había cometido España. De hecho, nunca refirió nada de lo vivido hasta que, cuando estaba en el instituto, le pregunté para documentarme de primera mano con la intención de hacer un trabajo. La única anécdota que me contó de antemano, fue aquella en la que tuvieron que pegarle un tiro a un árabe que se dedicaba a expoliar a los muertos. Curiosamente, aquel individuo estaba en su bando y se dedicaba a robarles a los caídos del otro todo lo que tenían. Me explicó que, cuando le vieron arrancándole con su machete los dientes de oro a un republicano moribundo, fue la gota que colmó el vaso. Jamás quiso aclararme si fue él quien ajustició a aquel malnacido, pero me resulta chocante que la única muerte de la que se sentía satisfecho, fuera la de uno de su mismo bando.
                Del señor Boni tengo menos referencias: estudiaba en Madrid cuando comenzó la guerra y, como todos los jóvenes de aquella generación, se vio arrastrado al frente, empuñando un arma que aún no sabía muy bien como funcionaba, pero que aprendió rápido a manejar ayudado por en instinto de supervivencia. Al igual que mi abuelo, estuvo durante los tres años en el frente; de hecho, ambos coincidieron, en bandos opuestos, en la cruenta batalla de Brunete. Era muy posible que su hubieran encontrado, disparándose mutuamente, pero eso ya es mucho asegurar: es dejar volar mi imaginación hacia hechos que no tengo probados. Lo que sí tengo por cierto es que, de haberlo hecho, ninguno de ellos hubiera dudado a la hora de dispararle al otro, pese  a ser el más fiel reflejo que podría hallarse en el otro bando: ambos pensaban y opinaban de la misma manera.
                El encuentro y posterior amistad se produjo cuando ambos estaban ya jubilados. Como he dicho ya anteriormente, por aquella época me tocó hacer un trabajo acerca de la guerra civil y tuve la idea de juntarme con ellos y preguntarles: era la ocasión perfecta de conocer de primera mano las opiniones de los dos bandos. En mi bisoñez de entonces, pensé que iba a obtener diferentes opiniones que enriquecieran mi escrito, pero me equivoqué. Al referirse ambos a aquello, utilizaron las mismas palabras: tremendo error, miedo, penurias, miseria, atrocidades, muerte, agonía… y mientras hablaban de ello, las miradas de ambos se perdieron en un horizonte al que se notaba que hacía muchos años que no miraban.  Y fue entonces cuando el señor Boni dijo aquella frase en la que me supo definir tan cruentos momentos: “En aquella maldita guerra, nadie tenía razón; cuando se llega a tales extremos, todos la pierden. Ni ellos nos tiraban chocolatinas ni nosotros les disparábamos bombones”  Y mi abuelo, menos leído e instruido que su interlocutor, asentía levemente con la cabeza, aceptando unas palabras que por su formación no era capaz de decir, pero con la aquiescencia de aquel que comparte plenamente el sentimiento que se destilaba de ellas. Y ambos se miraron con la indulgencia del que lo ha perdonado todo, y esa mirada fue para mí la prueba palpable de que la reconciliación de las dos Españas era posible.


                 Curiosamente, ambos hicieron referencia a un tema que ahora, por la muerte de Santiago Carrillo ha vuelto a salir a la palestra: los fusilamientos de Paracuellos. Desde la óptica de los distintos bandos, paradójicamente opinaron lo mismo, con palabras que no debo reproducir por prudencia. No en vano, fue la masacre más grande de la guerra civil, en la que más de ocho mil personas fueron ejecutadas. Y este señor, del que hoy se recuerda que fue un luchador por las libertades, por acción, inacción u omisión, fue uno de los responsables. No puedo afirmar (de hecho nadie puede) que fuera responsable directo; pero a nadie se le escapa que, por su papel en la escena política de entonces, pudo haber hecho más. Y hoy, más de medio siglo después, se le honra con reconocimientos y minutos de silencio, sin tener en cuenta a los que sufrieron por su causa, sin caer en la cuenta que cuantos más homenajes se le hagan, más se insulta a aquellos que padecieron los desastres de una contienda en la que se enfrentaron hermanos contra hermanos y en la que todos perdieron. En algunos de los escritos de mi amado Jorge Semprún, se puede ver quién era este señor antes de convertirse en “uno de los principales luchadores por las libertades” y de cómo dirigía con mano de hierro junto con Ibárruri y Lister el Partido Comunista; de hecho, él que comenzó a luchar en la resistencia francesa, que estuvo varios años en un campo de concentración, que se jugó en innumerables ocasiones la vida en misiones encomendadas por estos, terminó expulsado por “las diferencias ideológicas con la cúpula”. Esta perífrasis, diferencias ideológicas, no es más que una forma bondadosa de decir que para Carrillo, el que no estaba con él estaba contra él, y esa es una verdad incuestionable que queda patente en cada una de sus acciones. En el nombre de la concordia, lo más que se puede afirmar de este señor es que, tal como mi abuelo o el señor Boni, hizo lo que tenía que hacer, sin más; pero me parece injustificado y ,si me fuerzan, hasta cruel el hecho de que ahora nos lo quieran vender bajo la bandera de la defensa de las libertades. Alabemos sus aciertos, que los tuvo, sin olvidar sus errores, que también incurrió en ellos. Hay ahora en este nuestro país, varias generaciones de españoles a las que todo lo contado aquí les suena a lejano y olvidado, a “cosas de abuelos” y es por ellos y por un simple amor a la justicia y a la veracidad que no se debe vender humo en torno a los personajes históricos. Quien sabe si cualquiera de nosotros hubiera obrado de la misma manera en esas mismas circunstancias: eso ya no importa. Prefiero quedarme con aquella mirada que mi abuelo y el señor Boni compartieron una tarde de noviembre y que me enseñó por una parte  la importancia de reconocer los errores, propios y ajenos, por muy grandes que estos fueran, y la necesidad, por otra, de caminar por la senda común del perdón y la concordia. A todos los citados aquí, hoy que descansan bajo la tierra, que lo hagan en paz; a los que murieron por su errores, justicia y paz. No se puede pedir otra cosa, ni desear nada que no sea que las heridas pasadas nunca se vuelvan a reabrir.