La frase del día

Donde no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?

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sábado, 7 de junio de 2008

El agua prometida

El agua prometida.

Recuerdo que hace ya la friolera de trece años, cayó en mis manos por arte y magia de un regalo que, (espero me perdonen la imprecisión), fue hecho por un motivo que ahora no recuerdo, y que en su momento no me generó ninguna ilusión especial, más allá de la que supone para mí que me regalen un libro (ya de por sí grande). Se trataba de una obra de reciente aparición de Manuel Vázquez Figueroa, y se llamaba como el título de este escrito: El agua prometida. Por aquel entonces había terminado de leer otra obra del mismo autor que me entusiasmó: Tuareg, así que acometí la lectura del ejemplar con unas altas expectativas, confiando que me condujese a nuevos territorios inexplorados e inaccesibles para mí, de la mano de otros personajes que, como Gacel Sayah, volvieran a maravillarme con su particular cosmovisión y su sentido del deber. Quizás se me pueda atribuir cierta bisoñez que, dada la edad que entonces tenía, jamás me atrevería a rebatir; pero lo cierto es que aquel libro fue una de las mayores sorpresas literarias que me he llevado en mi vida.
Vázquez Figueroa es un escritor que, como le sucedía a Baroja, escribe como el diablo, pero noveliza como los ángeles, lo que propicia que haya pocos autores con los que cualquier lector pueda disfrutar tanto como con él. Esto le hace vender muchos ejemplares, ser admirado, envidiado y, sobre todo, independiente. Por todo ello, el canario se desmarcó con una especie de ensayo magistralmente escrito que versaba acerca de los problemas que se había encontrado por el simple hecho de haber realizado un hallazgo extraordinario y querer donarlo gratuitamente a su país, con lo mal visto que está en España el altruismo que deja fuera de juego a los intermediarios y correligionarios varios, cada uno con bastardos sentimientos patrios que les lleva a llenarse los bolsillos en nombre del estado de bienestar , beodo con el peor vino: el de la sangre de su herida. Además de ser un literato de éxito, Don Manuel es además un gran inventor, de esos cuya genialidad tardará muchas décadas en ser reconocida, y fruto de ella ideó una planta desaladora que usaba unas simples membranas y su conocimiento en submarinismo para lograr separar con una total eficacia y con un alto grado de respeto hacia el medio ambiente (como han demostrado a posteriori las que fueron instaladas en su isla natal) el agua de la sal. Este tema, que ahora goza de una popularidad y que parece recurrente y hasta, si se me permite decirlo, manido, en el año mil novecientos noventa y cinco resultaba innovador, y despertó en mí una conciencia ecologista que hoy en día conservo y aprecio como uno de mis mayores tesoros. Con aquel genial ensayo descubrí lo que hoy sabe ya cualquier individuo: que la utilización de los recursos naturales ha de ser comedida y responsable, solo que con más de una década de adelanto.

Hoy, que la humanidad mira el futuro con los malos augurios de ver a nuestros nietos malviviendo en un mundo esquilmado indiscriminadamente por multinacionales sin escrúpulos, para los pocos que leímos aquellas sabias palabras de Vázquez Figueroa y nos dejamos imbuir por el espíritu del Caid Manolo, la situación actual es tan solo el lógico resultado de lo que entonces preconizaba una minoría tildada de alarmista y de anti-progresista, que veía en las latas de refresco al enemigo a batir. Ni ahora, que resultan evidentes sus nefastos auspicios, el conjunto de los hombres nos decidimos a aunar esfuerzos para paliar un tanto la comprometida situación de la madre Tierra, olvidando que, como reza aquel sabio dicho: “Dios perdona siempre; el hombre, a veces; la naturaleza, nunca”.