La frase del día

Donde no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?

Sex pistols "sex on 45"

domingo, 25 de mayo de 2014

Entre los dedos



Siempre hay algo que agradecer. Si un rasgo ha acariciado siempre mi forma de ser, es el de saber que tras cualquier situación, por mala que sea, siempre hay un pequeño resquicio que, benevolentemente, llamamos “lado bueno”, para poder continuar adelante sin dejarnos la vida en el intento, aunque en demasiadas ocasiones, se nos vaya quedando el alma. Tardas en darte cuenta, en encontrarlo, y ese supongo que es el principal componente del tiempo de duelo.
Así me encuentro yo ahora, mirando, rebuscando, olisqueando entre la inmundicia de mis recuerdos y sentimientos muertos, intentando hallar ese pequeño detalle de gracia que me permita continuar. Hasta ahora no he tenido demasiada suerte, y sigo penando por los días, perdiendo el tiempo de mi vida, que se me va escapando entre los dedos, sin que pueda hacer nada por evitarlo. Y es que he llegado a la conclusión de estar huero por dentro, perdido y sin esperanza, mirando hacia el horizonte de un océano que te ha tornado a la luz del sol como una masa de sangre en la que se va ahogando mi existencia. Pero tengo que ser agradecido, y dar mis más efusivas congratulaciones, para no parecer descortés por el favor otorgado; para no levantar ampollas ni lanzar acusaciones que puedan dar lugar a un sentimiento de culpabilidad inexistente y que, como en todas las cosas que no son, resulta absurdo detenerse.
De modo que, llegado a este punto, debo agradecer que me hayan extirpado el alma, que en pedacitos reposa en el  mismo cajón en el que guardo el álbum de fotos. Sin ella, el corazón ha pasado a tomar su definición anatómica exacta: se ha quedado en un músculo, sin más; un músculo tonto e insensible que funciona por inercia. ¿y qué es lo que hay que agradecer en todo esto?; la respuesta es bien sencilla: Gracias a todo esto, no me lo van a poder romper más. Viendo cómo estoy y cómo lo estoy pasando, realmente eso es una suerte.

miércoles, 21 de mayo de 2014

SIMPLEMENTE MALVIVIR (ALMA DE DUENDE III)

Creo que a nadie que me conozca se le escapa que no estoy pasando precisamente lo que se llama un momento dulce. Ahora mismo me encuentro en unas circunstancias en las que no tengo peor enemigo que yo mismo, ni persona que peor me trate que ese que cada mañana se asoma al espejo a enseñarme, sin paliativos, la cara de un hombre derrotado. Hace ya bastante tiempo que llevo un semi retiro de charlas nocturnas, porque considero que alguien que solo puede aportar amargura, lo mejor que puede hacer es retirarse en silencio, a ladrarle a la luna y a mostrarle solo a ella las lágrimas que cada día, sin excepción alguna, me siguen acompañando. Y es que a nadie le gusta mostrar el lado derrotado de su cara, el páramo yermo y hostil en que se ha convertido un interior devastado. De la misma manera, con mis amigos cercanos me sucede lo mismo: rehuyo del contacto por no tener nada que aportar, por considerar que en estos instantes no soy si no una carga que solo puede añadir tristeza a una situación que, en mayor o menor medida, lo que necesita es gente que aporte todo lo contrario a pesadumbre, tristeza y soledad. En cuanto a la escritura, siento que tengo un bloqueo motivado por la situación en que me encuentro, y que me convierte en un ágrafo monotemático incapaz de redactar dos lineas sin que toda la sensación de abulia y melancolía rezume por los cuatro costados, provocándome aún más dolor al obligarme a mirar a la cara a mis fantasmas, así que he desistido de intentarlo hasta que no vaya pasando el tiempo y comience a sentir que tengo las fuerzas necesarias para abstraerme de mi realidad y comenzar a retomar la senda del deleite que provoca el escribir. Esta es la situación en la que ahora mismo se encuentra el Duende Satírico. Y tengo la sensación de que todo esto va a ser algo que me acompañe aún por una larga temporada.
Ayer me pasó algo que me hizo pensar en todo esto. Fui a ver a un amigo, a un hermano de esos que hay pocos, de los que siempre tienen la sonrisa presta, los brazos abiertos y la palabra justa, aunque no sea esa la que quieres, pero sí la que necesitas escuchar. Me recibió con palabras de reproche, por toda la tristeza que estaba destilando las cosas que de mí iba leyendo y, aunque fueron pocas y enseguida retomó la conversación por derroteros más amables, su mirada me lo dijo todo: sentía preocupación y cierta dosis de angustia por mí. Su mujer (maravillosa persona, de las que tienen valores envidiables), se tuvo que marchar, no si antes prometerme que la iba a escuchar en cuanto tuviera la ocasión de poder hablar conmigo, y dejándome con la espada de Damocles de la perorata que me espera, marchó. Y sé que es de las que cumplen su palabra, así que no me cabe la duda de que así será, y por ello solo puedo agradecerle el cariño que va implícito en esta actitud, bañada de una preocupación por alguien a quien, de este modo, le está demostrando un cariño que, como receptor, no puedo más que agradecerle. Y todo esto me hizo tomar consciencia de que hay días que escribo cosas tan terribles que lo único que estoy consiguiendo es preocupar a los que bien me quieren. Hasta ahora no me había dado cuenta de ello, supongo que por la comparación entre lo que me digo para mis adentros y lo que dejo que se vea, bastante más suave, menos cruento y más comedido.
Creo que procede pedir una disculpa a todos los que estoy preocupando con mi comportamiento y aislamiento, pero es realmente me sale así. Un corazón no se muere cuando deja de latir, si no cuando ha perdido el motivo por el que latir. Y resulta tremendamente duro asomarse cada día al espacio de sus ojos, sin llegar a verlos; acampar fuera de la patria de su piel, que es la única tierra que conozco como mía, mientras espero a ver su imagen reflejada en el espejo, situándose junto a mí. Y es que resulta doloroso ser apátrida mientras añoras volver al olor, al calor, a las miradas cómplices y las sonrisas que hacen que salga el sol. El sábado hice algo estúpido, por lo que luego me disculpé, motivado solo por lo que me provocó el ver a mi hija llorando conmigo por lo que ambos la echábamos de menos, y su angustia por ver a su padre llorar desconsoladamente, como si fuera un niño, algo a lo que no está acostumbrada. Y es que todo lo que ahora mismo estoy haciendo es provocar dolor y sufrimiento a mis seres queridos. Es por todo esto que quiero pediros disculpas, y prometer que algún día, os lo devolveré, aunque esta sensación siempre me acompañe, porque si algo tengo claro es que tengo que enseñarme a vivir con ello, ya que desterrarlo o superarlo es del todo imposible, enterrado en una eterna melancolía y la terrible añoranza del ser amado, que voy a llevar en mi alma hasta el día en que muera.