La frase del día

Donde no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?

Sex pistols "sex on 45"

miércoles, 30 de diciembre de 2009

LLUVIA

El día de navidad se levantó soleado, hermoso, con un majestuoso sol de invierno de esos que calentaba la piel, sin obligar a buscar cualquier refugio a la sombra. Era una sensación agradable sentirse acariciado, calentado, reconfortado. Resultaba raro que, en pleno diciembre, saliese un día de navidad primaveral, que hiciera olvidar los rigores del invierno que llevábamos sufriendo ya por espacio de unos cuantos días. Era una de esas sorpresas que nos suele reservar el cada vez más díscolo clima, cambiante e imprevisible hasta extremos cada vez más insospechados.


Curiosamente, a medida que iba transcurriendo la jornada, el aspecto del cielo fue cambiando, abandonando el azul celeste (como no podía ser de otra manera) para ir dejando paso a unos nubarrones cada vez más grises, que dieron por finalizada la efímera primavera, para comenzar a mostrar lo que algunos poetas han dado en denominar “las lágrimas de los dioses” o, lo que es lo mismo, una impenitente lluvia, que hacía olvidar el acto de sedición que había llevado el sol a cabo durante toda la mañana. Todo volvía a encauzarse hacia lo que se podría calificar de normal: “diciembre, día de navidad, con frío y lluvia melancólica”.


Recuerdo que, en innumerables ocasiones, mi abuela decía sentirse muy influenciada por el tiempo, y puedo dar fe de que era totalmente cierto: en los días grises y lluviosos, su ánimo llegaba hasta límites de tristeza infinitos, para levantarse con los días soleados y apacibles de la primavera y el verano. “En otoño, con la caída de la hoja, muchos enfermos mueren: cada hoja caída, es un enfermo muerto”, solía decir con frecuencia, demostrando así la importancia que le daba al clima en su vida. A mí, por mi corta edad, me parecía curioso que algo así pudiera suceder, pero era tan real como los dolores artríticos que sufría con los cambios bruscos de tiempo. Por aquella época, en mi ánimo nunca influía el estado climatológico; hoy, muchos años después, sigue sin hacerlo. No era cuestión de edad: creo que tiene más que ver con lo influenciable de las personas. De hecho, en ese día de navidad, no solo no alteró en nada el tiempo mi estado de ánimo, sino que, con ese giro inesperado primavera-invierno dio la impresión de que fuera él quien se adecuara a mí, acompañándome en mi triste soliloquio interno, motivado por estas malditas fechas, que siempre me llenan de melancolía, de inusitada tristeza.

Hoy, mientras escribo esto, un glorioso sol entra por la ventana: Si alguna vez hubiera deseado ser influenciado por la climatología, sin duda sería hoy. Espero que alguien pueda aprovechar este clemente tiempo, y le sirva para levantar la moral en estos duros tiempos que nos ha tocado vivir. Que, sea por la causa que sea, la gente pueda olvidarse de sus problemas por un tiempo, y dejen abierta la ventana hacia la esperanza. AMÉN

miércoles, 23 de diciembre de 2009

A MODO DE FELICITACIÓN


Aunque he de reconocer que estas fiestas no son precisamente santo de mi devoción, teniendo en cuenta que hay mucha gente a la que le encantan estas fechas y las viven con auténtica fruición, quiero desearles a todos unas felices fiestas. Espero de todo corazón que esta sea, para todos, la última vez que se pida algún deseo, por el simple hecho de verse todos cumplidos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

CARTA ABIERTA DESDE MI INTERIOR

Es de suponer que, cuando una persona se encuentra en un punto crucial de su vida, la revisión del pasado se convierte en algo casi obligatorio, doloroso, pero necesario. Es importante en esos momentos echar la vista atrás con ánimo inquisidor, con minuciosidad, sin concesiones paternalistas que intenten justificar los errores pasados, para aprender de ellos, para llegar a juzgar con asepsia (si es que eso es posible), todas las decisiones equivocadas que se han tomado hasta el momento. Es el único modo de enseñarnos dónde tomamos la encrucijada incorrecta, ya que los paños calientes, solo van a ser bálsamo de un día, y no van a lograr sino una conmiseración que nos va a seguir llevando por la senda del error, haciéndonos caer una y otra vez. ¿Para qué iniciar un proceso doloroso si además va a ser estéril?. Es un mero acto auto-destructivo que no serviría de nada: solo como castigo, nada más.


Esta ha sido una noche larga, con apenas dos horas de sueño, dando vueltas en la cama, mirando el sol verde del despertador, con un hormigueo que me recorría todo el cuerpo, sin dejarme descansar, con los ojos enrojecidos, escociéndome, y con una sola pregunta rondando mi mente: “¿porqué?”. En mi vida, solo he perseguido ser un hombre bueno, sin más pretensiones que la de no hacer daño a nadie. Supongo que eso es algo que no siempre habré conseguido, pero lo que si que puedo afirmar sin que ninguna persona pueda negarme la razón, es que conscientemente, jamás he dañado a otros. Mis actos, mi comportamiento, mi forma de ser y de relacionarme con los demás, hablan por mí mejor que cualquier argumento. A disposición están de quien quiera verlos; sin ser un santo (ni pretender ser tomado como tal), he obrado siempre conforme a mis principios y creencias, sin importarme si eso iba a mi favor o en mi contra, deteniéndome siempre en el punto exacto donde comenzaba la libertad de otros, siguiendo con fidelidad la máxima cristiana de “mi libertad termina donde empieza la tuya”, que es una buena filosofía esté asociada o no a algún tipo de creencia, y esa convicción es la que me permite vivir y mirarme al espejo cada día, sin tener que bajar la mirada ante la imagen, orgulloso de ser como soy, de haber respetado a los demás como me gustaría que me respetasen a mí. Eso es más de lo que mucha gente puede afirmar: allá cada cual con su conciencia, y con el momento en que les alcance y les pida cuentas.


Durante estos últimos días, he sido tratado de un modo injusto, duro, impío, imagino que con el ánimo de quebrar mi voluntad, de hacerme ceder, de obligarme a entregar todo aquello por lo que he luchado, por lo que me he esforzado, por lo que me han salido callos en las manos y un sempiterno dolor de espalda que me acompaña cada mañana cuando me levanto, por lo que me he pegado esos madrugones desde hace ya tantos años y, sobre todo, aquello en lo que he derrochado todo el amor que me ha sido posible, todos los cuidados y atenciones que han necesitado, todas las caricias que hicieran arrancar una sonrisa, que devolvía a su lugar al sol de mis mañanas. Ahora, me piden que renuncie voluntariamente a todo ello, disfrazándolo de buenas intenciones, y quieren que se lo confíe a quien insulta, calumnia, amenaza y falta al respeto sin ningún tipo de miramiento. Pues bien, ahora llega el momento de la verdad, y no le voy a facilitar el trabajo sucio a nadie. Podrán arrebatármelo con la razón por la fuerza, aún sabiendo que jamás les va a asistir la fuerza de la razón, me lo podrán arrancar de las manos, pero van a tener que explicar que me lo quitaron: jamás van a decir que yo lo entregué alegremente. El día que haya que dar alguna explicación, no tendré que bajar los ojos y decir: “lo regalé”; podré levantar la mirada y decir: “me lo arrebataron”. Y ese será el momento en el que cada cual deba dar su explicación, y tomar consciencia de lo que ha hecho. Se han ganado a pulso mi desprecio, y eso, conociéndome, es algo que no tiene retorno. Que Dios ampare a todos los que están jugando alegremente con el futuro, y que Él los perdone, porque yo ya no puedo.

sábado, 24 de octubre de 2009

¡CÓMO EXPLICAR!

Imagino que, como a mí, en infinitud de ocasiones se han encontrado con una situación que ha rebasado, por las causas que sean, el límite de la comprensión, estupefacción o, simplemente, entendimiento, derivando por ello a un estado de desconcierto tal, que las palabras, tan tiernas aliadas en ocasiones, se niegan a salir, por su reconocida incapacidad de explicar el estado en que nos encontramos. Topicazos tales como “me he quedado sin palabras” o “me he quedado sin habla”, salen como tropo recurrente, para darnos unos preciosos segundos más que nos ayuden a procesar todos los aspectos de la situación que, en ese momento nos desborda. Pero hay veces que ni siquiera esos trucos nos ayudan a encontrar las frases apropiadas. Lo normal es que esos casos tengan algo que ver con los sentimientos más íntimos, más recónditos del alma (esa cajita de plata en la que guardamos todos los pensamientos subjuntivos).


Cuando se trata de escribir, estos problemas suelen ser más que frecuentes, sobre todo cuando se intenta aunar algo físico con el sentimiento que remueve en ti, porque ambas cosas se entremezclan, haciendo que las dudas se multipliquen, por la dificultad que tiene el marcar dónde se debe situar la frontera entre lo real y lo irreal; hasta dónde debe llegar lo objetivo y cuándo debe llegar lo subjetivo. Y es que, para que engañarnos, cuando se entremezclan sentimientos, es casi imposible ser del todo objetivo, ni aunque la costumbre lleve el proceso analítico más allá de lo normal. Quizás, a la hora de escribir, esta es una de las mayores dificultades que se deben salvar.


En todo esto estaba preso, mientras recordaba unos ojos que vi no hace mucho tiempo, y de los que me fue imposible sustraerme. Tenían un color cambiante con la luz, que se iba haciendo más o menos intenso, según eran iluminados por el sol. Ya solo por ver la cambiante paleta de colores, valía la pena detenerse a observarlos, para comprobar la limpieza, la pureza de sus matices, que atraviesan el alma y se adueñan de tu voluntad sin que puedas hacer nada por evitarlo. Si hermoso era su color, perturbadoramente inexplicable era su profundidad, en la que nunca se podría ahondar, por mucho que se quisiera, ni siquiera deteniéndose en cada una de las negras islas que pueblan su superficie, que dan un tanto de realidad, para dejarte caer otra vez en su insondable fondo, dejando al descubierto la esencia pura de la bondad de Dios.


Enredado, absorto entre la profundidad y el color, una forma de mirar, brillante, sugerente, cautivadora llamó mi ya maltrecha atención, sacudiéndola con una descarga de dulzura que me hizo estremecer, sentir bien,, reconciliarme con la belleza del mundo. Esa manera de mirar me hizo recordar que la beldad existe, que lo mismo que contemplaba yo en ese momento había sido visto por los poetas en sus más íntimos sueños. De repente, por ello, comencé a sentirme afortunado, a sentir cómo la sangre galopaba atropelladamente; cómo el corazón se desbocaba y golpeteaba como loco, deseando salir de su prisión. No era entonces consciente, pero acababa de conocer la esencia de la poesía, por el mirar de unos ojos traviesos. No sé, pero en ese estado de perturbación, me era difícil mantener una cierta cordura, que terminé de perder cuando reparé en la expresión de aquellas dos pequeñas estrellas, que me estaban observando con la dulzura infinita que todos poseemos alguna vez y que perdemos al abandonar la niñez, quedándose como un don particular, propiedad de unos pocos privilegiados, poseedores de los ojos más bellos del planeta, dotados con el don de la palabra, del verbo hecho belleza.


Tuve la suerte de poder contemplar en vivo la belleza residual de los dioses de las viejas y olvidadas religiones, sin merecerlo, sin llegar a ser digno de contemplarla. Hoy, que apenas encuentro palabras para expresar todo el cúmulo de sensaciones que me trasmitieron aquellos hermosos ojos de gata, rezo a diario para que quien quiera que rija nuestro destino, me permita volver a reflejarme en ellos, bañarme en su profundidad, y perderme de nuevo el el fulgor de ese color, que dejó impresa su impronta en mi alma cansada.

martes, 6 de octubre de 2009

INTERESES BASTARDOS

En cada situación en la que nos vemos involucrados, siempre tenemos en nuestra personalidad diferentes niveles de implicación, que se van ordenando por importancia según se requiere. El mecanismo que nos lleva a hacer esto, su funcionamiento y, si me apuras, hasta su nombre, son desconocidos por mí, pero lo cierto es que noto por mi propia percepción como las distintas cosas van tomando importancia (y en algunos casos, hasta desaparecer) según el asunto que me ocupa. Supongo que aparte del nivel cognitivo, otros factores menos aleatorios como pueden ser la propia experiencia o la escala de valores, toman su importancia en este proceso tan desconocido como fascinante.


Posiblemente, el desconocimiento de todo esto es uno de los factores determinantes en el absoluto desconcierto que experimentamos ante la forma de actuar de otras personas, en ocasiones tan misterioso como discordante con las cosas que toleramos. Quizás, si tuviéramos una común cosmovisión, sería más fácil encontrar el porqué a determinadas actuaciones. Pero esto, ademas de obvio, resulta del todo utópico, así que solo nos queda como arma el raciocinio, que nos ayude a desentrañar los misterios de aquellas motivaciones que, vistas desde fuera, no pasan de ser intereses bastardos. Cuando el raciocinio falla, vienen los problemas, los desencuentros y, en el peor de los casos, los enfrentamientos.


Puedo asegurar sin temor a equivocarme, que soy una persona bastante comprensiva con las motivaciones ajenas; que trato de no juzgar hasta tener pleno conocimiento, que intento buscar intenciones buenas en los comportamientos de otros. Precisamente esto hace que, cuando tras darle ciento y una vuelta, cuando se me escapan del entendimiento las causas de un comportamiento, soy totalmente indolente, y trato entonces de actuar en consecuencia. Supongo que mi postura puede resultar un tanto radical, y de hecho así la califico hasta yo mismo, pero es que por mucho que trate de comprender según qué comportamientos, no puedo hacerlo.


Jamás entenderé que haya personas a las que no les importen lo que los americanos llama “daños colaterales”, es decir, perjuicios que llevan inherentes diferentes actuaciones y para cuyo fin no se ha llevado a cabo la acción. Hay demasiada gente a la que no le importa los daños añadidos que causan sus comportamientos; cada vez más gentes que han mamado las enseñanzas de Maquiavelo, y afirman para sí o en voz alta que “el fin justifica los medios”. A todos ellos, me gustaría decirles que no es así, que las personas tenemos dentro algo que se llama sentimientos, y que es muy importante no herirlos con nuestras acciones, aunque no sea intencionadamente. Un codazo en la nariz, duele igual si ha sido dado con o sin intención, y no es justo que vayamos moviendo los brazos sin ver a dónde o a quién golpeamos. Seamos más comedidos, y quizás evitemos muchos de los problemas que a diario nos acometen. ¿Y si probásemos a pensar un poco no en las consecuencias y no en si realmente vale la pena sufrirlas?. Quizás, muchos de los problemas que nos aquejan, no existirían.

Valores Siglo Xxi (Quino)

Hace poco me enviaron esta presentación, con la que pretendían hacerme pensar un poco, y puedo asegurar que lo consiguieron. Está creada por el genial Quino, el padre de la archiconocida Mafalda, y quiero ponerla porque me parece muy buena: da qué pensar. Espero que os guste tanto como me gustó a mí

sábado, 12 de septiembre de 2009

RETRATO ÍNTIMO


Desde que tengo uso de razón, no recuerdo un solo día en el que no haya tenido que pelear por algo que he querido. Puedo asegurar que no es una exageración, ni una de esas lagunas mentales que de vez en cuando me acometen, con la barca de la melancolía surcando sus aguas: es una pura y dura realidad. Desde bien joven, tuve que ponerme el traje de luchador y comenzar a pegar codazos para conseguir lo que a otros se les daba por derecho, por humanidad o... por que sí. Me alegra que la gente tenga oportunidades, sobre todo si las aprovechan, si saben ser conscientes de que en este mundo, nada se regala, nada se da sin más, y consiguen apreciar lo que tienen. De mi vieja agenda, con las flores secas, puedo extraer cientos de batallas ganadas y miles perdidas, y eso me da la posibilidad de mirar con orgullo mis cicatrices, sobre todo porque, como dijo el sevillano: “desdeño las romanzas/de los tenores huecos/me paro a distinguir/las voces de los ecos”. Y esas pocas marcas que se quedaron en mi cuerpo, junto con todas esas muchas que se quedaron en mi alma, me dan una perfecta cosmovisión, una vista privilegiada de mis virtudes y mis defectos, de mis aciertos y mis errores y, sobre todo, me ayudan a comprender que estas palabras que escribo no tienen validez más allá de mi frontera, que nada de lo que digo tiene que ser cierto, que solo son verdad en tanto en cuanto sean sinceras y consecuentes con mi idiosincrasia; que nada de lo que opino es verdad, ni tampoco mentira. No son sino impresiones de un alma que se desnuda cada jornada para seguir caminando por una vereda única y personal: la mía; y fuera de ella pueden resultar acertadas o no, pero eso ya se escapa de mi consideración, comprensión y competencia: no soy un escritor de sentencias, ni de axiomas irrefutables, ni de dogmas de fe: sólo soy un chico de la calle que vive su canción.


Por todo lo anterior escrito, puedo afirmar, sin temor a equivocarme que jamás he dado una batalla por perdida de antemano y que, las pocas que sabía que estaba destinado a perder, las he peleado con el mismo empeño que si fuera posible la victoria: no sé hacerlo de otra manera, es mi forma de ser y de entender la vida. Se me puede buscar entre las bajas, en la lista de los heridos, pero nunca tratéis de encontrarme entre los desertores, los cobardes o los pusilánimes, porque no me hallaréis. Soy fiel a mi ideario, a esa frase que leí el otro día en mi vieja agenda de adolescente, y que me grabé a fuego en aquellos inciertos años: “si otros pueden, ¿porqué yo no?”. Fue toda una declaración de intenciones, una preconización de la que entonces no era consciente, de mi forma de ser. No penséis por ello que desdeño las formas de ser pensar o estar diferentes a las mías, porque no es así. De todas las maneras de ser consigo sacar un florilegio, que acoplo en la medida de lo posible, en lo que vale o en lo que me puede servir, para tratar de enriquecer mi conocimiento de la metafísica: jamás desdeño una filosofía por ser contraria a la mía propia. La escucho, estudio con atención cada arista que puedo encontrar, la pulo para adocenarla con mi manera de ser, y lograr por ello escalar un peldaño dentro de eso que se suele llamar “calidad humana”.


Solo soy una mente inquieta, un eterno aprendiz vital, que no intenta adoctrinar, sino ser un ente distinto, que muestra sus pensamientos, que busca referentes entre los demás, que aprende de errores propios y aciertos ajenos. Solo una persona que trata de vivir siendo fiel a su férreo ideario, sin que pida a nadie que le conceda más que el beneficio de la duda. Intento, en definitiva, llegar a hacer mías sus palabras:


más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno

sábado, 29 de agosto de 2009

Gracias

Cuando comencé este blog, mi idea era tener un lugar donde desahogarme, exorcizar fantasmas, con una pequeña ventana al exterior, para que todo el que lo tuviera a bien, pudiera ver que era lo que pasaba por mi alma en ese momento. Supongo que uno de mis anhelos era que la gente leyera lo que escribo, y que le gustara, y que continuase conmigo; pero no lo recuerdo así, sino como algo más íntimo, más personal. Tenía la idea de compartir pensamientos ocultos con gente anónima, que pudiera verse reflejada en mis propios sentimientos, conocer un poco más mi mundo interior.

Creo que todo eso lo estamos consiguiendo, vosotros y yo, con paciencia, con infinita paciencia por vuestra parte, aguantando todo lo que escribo con una posición cercana al estoicismo. Debo confesar que jamás pensaba alcanzar una cifra de visitas como la que lleva ahora mismo (1339); de hecho nunca pensé en rebasar siquiera las quinientas, y eso es algo que me hace muy feliz. Por eso creo que es de justicia daros las gracias, a todos y cada uno de vosotros, por escucharme, por visitar este pequeño pedazo de mi alma que, siempre que querais, seguirá dejando de ser mío para perteneceros. Gracias por compartir estos momentos a los que entrais con asiduidad y a los que habeis dejado de hacerlo; a los que dejais vuestros comentarios y a los que manteneis una postura tácita; a los que me buscais y a los que me encontrasteis por casualidad... gracias a todos: me haceis muy feliz, y eso es algo que nunca os podré pagar en la medida de lo que vale.

Para todos vosotros, os dedico este video, con todo mi afecto. GRACIAS.
DUENDE SATÍRICO

viernes, 28 de agosto de 2009

LA DUDA ANTE CARONTE

No me cabe la menor duda, aunque suene a perogrullada, que la vida es harto complicada, dura y... satisfactoria. Nuestra existencia se puede ver marcada por hechos más o menos terribles, pero siempre da la oportunidad de enderezar un rumbo errático. Aunque haya ocasiones en que nos haya golpeado tan duro que no tengamos fuerzas para reconducirla, esa ocasión siempre se nos suele dar, disfrazada en muchas ocasiones para que nos cueste reconocerla, para que no sea tan sencillo elegir. Por algún motivo que se escapa a mi entendimiento, el Hacedor, el destino, las Moiras o quién quiera que sea la deidad que rige nuestra andadura desea que la existencia sea un camino lleno de intersecciones con el horizonte oculto tras una impenetrable niebla que nos impida tener certidumbre, ante las que nos debemos parar para tomar la dirección correcta, sin más ayuda que la brújula, mezcolanza de sentimientos, experiencias y anámnesis de índole variada, con los cantos de sirenas al fondo, confundiéndonos más si cabe. Toda esta incertidumbre es la que hace que se complique la vida, y que nos perdamos a veces entre esa niebla, con la dulce voz de las sirenas martilleando nuestros oídos, mientras proseguimos a la busca de un momento de felicidad que nos recuerde que nos lo merecemos, que somos algo más que carne de sufrimiento, que esto es más que el valle de lágrimas que nos venden las religiones, prefacio de algo mejor.


Pese a su contrapunto amargo, la vida muchas veces se empeña en ponernos pruebas, como si no estuviera segura de que merezcamos lo que nos da, para ver la pasta de la que estamos hechos. Si en la adversidad sabemos permanecer, nos suele premiar con sueños, pero nunca tan fáciles de alcanzar como para que podamos tocarlos con solo estirar el brazo: requieren un pequeño sacrificio que, una vez pagado, abre la puerta hacia el camino franco de la felicidad. Es por ello que, en infinidad de ocasiones, pensamos que la vida es cruel, y quizás sea así; pero en innumerables ocasiones, somos nosotros los que nos negamos a pagar la moneda a Caronte, y nos quedamos instalados en el limbo de la tristeza. Debemos cruzar el umbral, y dejar los miedos para más tarde. No preconicemos sin parar la melancolía: aferrémonos a los sueños. Resulta tan doloroso ver la cara del barquero como arrepentirnos de lo que queremos antes de hacerlo. Extrañamente, esta última suele ser nuestra opción más recurrente: siempre hay miles de motivos para no darle la moneda, para abandonar el sueño que nos conducirá a la felicidad: el más usado suele ser la cobardía, así que nos la guardamos en el bolsillo, mientras lloramos por nuestra infelicidad, sin querer aceptar que es nuestra la decisión de serlo, y que hemos dicho que no a la oportunidad de nuestra vida.


Y, llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿tenemos derecho a quejarnos por las oportunidades perdidas cuando somos nosotros mismos los que las hemos desechado?. Quizás sí, pero, personalmente, prefiero quejarme de las cosas que han salido mal que de las que no me he atrevido a hacer. Quizás sea un poco reaccionario en esto, pero creo que todo el mundo tiene derecho a ser feliz, si se lo gana con la moneda del sacrificio: esa moneda tan fácil de dar, pero tan difícil de sacar de nuestros raídos bolsillos. Caronte aguarda; ¿vas a sacar la moneda o te vas a alejar del embarcadero?. Nadie más que tú elige. La solución, en tu vida.

lunes, 24 de agosto de 2009

LAS DOS OLAS


Imagino que, como todo en esta vida, la valentía va por barrios, y cada uno tenemos esos momentos y esas circunstancias en las que podemos ser las personas más arrojadas que puedan existir, para sucumbir después a pequeños terrores que, vistos por otros ojos, desde otra perspectiva, puedan parecer fútiles pero que para nosotros, por unas u otras circunstancias, resultan demasiado duras de afrontar o, al menos, que requieren de su tiempo para ser enfrentadas.

Algo así es lo que me ocurre con el tema del que estoy escribiendo, haciendo acopio de todo mi valor, no exento de dolor, y de una mezcolanza de sentimientos que están removiendo en mi interior cosas que, si no muertas, por lo menos creía superadas, y de las que me estoy dando cuenta que aún tienen demasiado peso. Supongo que son cosas con las que he aprendido a vivir, pero que todavía siguen doliendo, pese a los años ya transcurridos.

Corría la navidad de 2004, en una noche del día de los inocentes en la que, como todas las noches, miraba el telediario mientras cenaba, comentando lo transcurrido a lo largo del día que, hasta aquel momento, había sido una magnífica jornada. Pero una imagen en el televisor, en forma de sacudida, saltó hacia mí mientras escuchaba lo sucedido en Tailandia, con aquel maldito tsunami que había arrasado la costa de aquel país. Preso de la más absoluta de las incredulidades, vi en la pantalla la foto de un amigo muy querido para mí, y al que incluían en la lista de posibles desaparecidos. Tras un primer momento de estupefacción, las lágrimas comenzaron a caer, mientras llamaba al Ministerio de Asuntos Exteriores, que había habilitado una linea de información, y donde no me quisieron revelar dato alguno por no ser familiar directo, cosa del todo comprensible, aunque en esos momentos alguien debería comprender que hay amigos que significan más que muchos familiares, pero la burocracia si de algo no entiende, es de sentimientos; y es así como debe ser, para mantener un cierto grado de eficacia.

Tras ponerme en contacto con sus padres, y compartir casi mes y medio de angustia y dolor, encontraron al fin el cuerpo de mi amigo, que pudo ser identificado por los tatuajes que llevaba. En febrero, el obispo de la zona vino a oficiar el funeral, que fue sin duda, la mejor misa que yo haya escuchado jamás, con un sinfín de mensajes de aliento, de esos que llegan de verdad, aunque ninguno de los allegados hallásemos en ese momento consuelo alguno en aquellas palabras. Fue el duro momento de la constatación de un hecho que, hasta entonces no habíamos asimilado: jamás volveríamos a verle con vida.

Manuel Perdiguero Ricci, a punto de cumplir 36 años, nos había dejado para siempre, en el mejor momento de su vida, mientras disfrutaba de unas vacaciones junto a su novia. Fue el primer español fallecido en el tsunami que asoló aquel país. Aún no me puedo creer, aunque hayan pasado ya tantos años, que esté muerto. Cuando todo comenzó, el agua se retiró varios kilómetros y, al ver la ola, corrió para alertar a su novia. Consiguió que se salvara, pero lo pagó con su vida. Fue uno de esos héroes anónimos, de los que no hablan los libros de historia, aunque conociéndole, seguro que no le hubiera gustado figurar en ellos. Somos muchos los que seguimos recordándole, con su alegría, su risa, y sus continuas confusiones al hablar (pensaba en francés, y eso le hacía equivocarse). Era una persona alegre, jovial y muy amigo de sus amigos. Estuvo con nosotros casi tres años antes de volver a Suiza, país en el que se había criado. Era hijo de emigrantes y, aunque se sentía plenamente identificado con aquel país, nunca quiso abandonar su nacionalidad española, pese a poder hacerlo, pese a tener que renovar regularmente un montón de papeles para no perder el permiso de residencia; así era él: se dejaba llevar más por los sentimientos que por la conveniencia.

Tenía un carácter abierto, alegre, que le hacía llevar siempre una sonrisa en la cara. Y, cuando se enfadaba, daba dos gritos para olvidarse inmediatamente de todo. Nunca vi en él un enfado que le durase más de quince segundos, excepto cuando ocurría algo que afectase a sus amigos. Se dejaba llevar muchas veces por el elevado sentido de la justicia que tenía: no soportaba las injusticias, y eso le había llevado a ponerse muchas veces a favor de los más débiles, aunque con ello se buscase algún problema; no le importaba: era su forma de ser, y estaba muy satisfecho de ser como era. Y los que te conocimos, muy orgullosos de que fueras así, te lo aseguro. Era ese tipo de personas que tiene un aura especial, que contagia alegría a cuantos le rodeaban.

Tengo que confesarte, amigo Manuel, que aunque han pasado cinco años desde que te fuiste, aún no he sido capaz de ir a verte, de llevarte una mísera flor. No quisiera que pensaras que es por desidia: es porque no soy aún capaz de ponerme frente a tu tumba, y leer tu nombre; sé que todavía no estoy preparado para ello, pero te aseguro que en cuanto llegue ese momento, hablaremos largo y tendido de todo lo sucedido, y seguro que lo comprenderás.

Te seguimos recordando Manuel: nunca nos hemos olvidado de ti. Y tu nombre está escrito en el libro de historia más importante: el corazón de los que te quisimos. Una ola te llevó, y otra permaneció entre nosotros: la de la tristeza por saberte lejos para siempre.

D.E.P MANUEL PERDIGUERO RICCI

viernes, 31 de julio de 2009

Ensoñación surrealista


Me enfrento de nuevo a otra noche en la que el sueño va huyendo de mí, sonriendo mientras sigue corriendo, a unos metros escasos, sabeedor de que hoy no es posible que le alcance. Supongo que por ser esta una hora tranquila, sin ruidos, sin prisas, es cuando a las personas les abruman un poco los recuerdos, en una hora miserable en la que a solas con la conciencia, uno intenta conciliarse, aunque no siempre sea posible. "Cuando los besos saben a alquitrán/cuando las almohadas son de hielo" escribió acertadamente el maestro Sabina, en uno de sus magistrales oleos que nos muestran distintas facetas de la deformada condición humana, para dejar al descubierto la globalización de los sentimientos, la generalización que por fin y de su boca es más que justa y merecida. Una hora de insomnio en el que los fantasmas bailan con las hadas, derramando por el suelo las bebidas mientras se fusionan en un desesperado baile que tiene como único fin encontrar la salida.
Mientras, a muchos kilómetros de aquí, el leve arrullo de las olas del Mediterráneo no se escuchan, y una vida se debate en un macabro juicio en el que el veredicto no esta claro, pues abogados, juez y jurado, son parte de la disputa, uno mismo contra uno mismo, argumentando acusaciones que cada uno se atribuye, que a todos les cuelga junto al sambenito que han arrancado de la iglesia, para poder ser identificados en la larga lista en la que han sido incluídos.
El amor lucha en confrontación abierta contra el silencio, derramando por sus heridas manantiales de felicidad, mientras las valkirias inician un nuevo ataque que les lleva a la toma de una nueva posición de privilegio dentro del caótico mundo de mis ensoñaciones. Los duendes y elfos, derrotados, huyen en desbandada para ir a caer frente a los fantasmas de la realidad que, apostados en una cómoda situación de privilegio, descargan con furia sus armas para ir aniquilando a las aterradas tropas del ejército de los seres fantásticos y mitológicos, que van muriendo lejos de su tierra, sin aún comprender el porqué.
Mientras, ajenos a todas las batallas que se libran, El hombre murciélago y Catwoman se funden en un apasionado beso, que les resarce de todos los sinsabores pasados, de todas las disputas y peleas que tuvieron que resolver para llegar a ese apasionado contacto, que les libra por completo de todas sus penas, y les da un pequeño instante de felicidad plena, en que solo existen el uno para el otro, en el que los mundos y submundos que han tenido que atravesar para encontrarse, dejan de tener ya importancia, sumergidos en el tenue pero intenso roce de sus labios, canalizadores ahora de tanta pasión contenida durante tan largo tiempo. Junto a ellos, agonizante, un orco despliega por primera vez en su existencia una sonrisa que parece extraña, implantada artificialmente en el rostro de una criatura que, como todos los de su especie, han nacido únicamente para dar dolor. En su postrero arrepentimiento, sus facciones se han relajado, cambiando a un semi estado de paz, que le concederá el pase a la vida eterna, y le condonará sus atroces crímenes, en el nombre del amor. Hombre y mujer, ya lejos de sus máscaras, se sonrien mientras comparten caricias de cuerpos extraños; pero que contienen almas sobradamente conocidas. Lejos está ya el abismo de Helm, lejos el fragor de la batalla; lejos el dolor, la locura, le desesperanza y la sinrazón. Ahora sus corazones desnudos flotan en el nirvana, mientras su gozo va alcanzando cotas insospechadas para ellos. En el momento del climax, oculto para todos los demás, dos palabras se entrelazan en sus bocas: "te quiero", dice ella. "Te amo", contesta él.
La amargura del pasado quedó enterrada: ahora solo les queda vivir, allanar caminos, recorrer veredas, atravesar sin miedo las fronteras de la piel, para llegar a ser lo que eran desde hace ya tanto tiempo: un solo ser en dos cuerpos.

sábado, 25 de julio de 2009

EL DESTINO Y LAS HADAS




En innumerables ocasiones muchos de los que me rodean han empleado esta palabra para intentar explicar algo inexplicable, cuasi-mágico o, simplemente, una de esas casualidades que contradicen con fuerza las alocadas teorías que rigen las llamadas leyes de Murphy, y que no son otra cosa de un compendio de pesimistas progresiones aritméticas aplicadas a la estadística y que, para más inri, suelen cumplirse. Cuando alguien tiene un final trágico, cuando alguien encuentra cualquier final inesperado, siempre hay una alma caritativa que suele exonerar al sujeto en cuestión y soltar alegremente aquello de : “era su destino”.


Muchas y variadas son las expresiones y giros idiomáticos que contiene la lengua española para designar algo similar a lo arriba reseñado: “estaba escrito”, “era su hora”, son solo algunas de ellas. Otras con unas claras connotaciones negativas pueden ser: “se encontró con lo que no esperaba” o la más coloquial “si lo estaba buscando desde hace tiempo”. Todas estas expresiones contienen un poso de sabiduría popular que viene a tratar de explicar lo inexplicable, la mayoría basadas en la obstinada reiteración por parte del sujeto en cuestión para asumir una y otra vez un determinado riesgo. Todo esto, bien se puede resumir en una serie estadística que va reduciendo las probabilidades hasta hacer, llegada a un determinado número de repeticiones, que la probabilidad del fatal desenlace sea cada vez más posible.


Como bien se puede observar por los dos anteriores párrafos, yo jamás he creído en el destino, ni en nada similar. Es muy frecuente de hecho escucharme apostillar muchas situaciones de las antes descritas con una de mis frases características: “no creo en la suerte ni en la casualidad”, compañeros que prestan su inestimable ayuda para que todo aquello que “está escrito”, se cumpla inexorablemente, y que no hace otra cosa que afirmar mi descreimiento por todo lo que huela a explicar cualquier hecho por medio de las fuerzas divinas, esotéricas u ocultas. Hasta ahora.

No hace mucho tiempo, alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, me hizo una pregunta que, en aquel momento, me sonó a todo lo anterior. “¿tú crees en el destino?, en aquel preciso instante, hubiera respondido (y de hecho algo similar contesté) que no. Hoy, con todo lo sucedido, no estoy tan seguro de la rotundidad de mi respuesta, albergando en mi interior serias dudas, que me han hecho replantearme muchas de mis creencias, que ya consideraba tan firmemente establecidas que, sin darme cuenta de ello, las había tildado de inamovibles, y que me han dejado inmerso en un mar de reestructuraciones interiores, acometidas tras la desaparición de la convicción que antes tenía, y que me están haciendo ver cuan equivocado estaba en muchas de mis mas interiores creencias.

Hoy, que gracias a las dudas creadas con una simple pregunta, he podido acceder a un rico mundo de contrastes que cada vez está más arraigado en mi interior, quiero expresarle mi eterna gratitud a esa persona que ha sido capaz de cambiar mi mundo para mejor, hacerlo más habitable y poblarlo de maravillosas hadas, que aportan luz y serenidad a mi alma cansada. Gracias por darme algo de tu magia con una simple pregunta.


Gracias.

domingo, 19 de julio de 2009

REENCUENTRO CON LA LUNA



Recuerdo que en mis muchas noches de adolescente, época de bisoñez y ternura, donde cada sentimiento era vivido como si fuera el último, me encantaba mirar la luna, y que ella me mirara. En mis ensoñaciones, la imaginaba como una dama que nos observaba, penetraba en nosotros para ver nuestros sentimientos y desnudarnos el alma ante ella, para después acariciarnos, recorriendo cada palmo de la piel, para besar nuestro dolor, para golpear nuestras alegrías; para, en definitiva, entregarse a nosotros con dulzura, haciéndonos pagar después un precio muy alto por sus atenciones. Una leyenda muy antigua, que encontré por casualidad en un viejo libro de la biblioteca, describía a Selene como una diosa hermosa, vestida con un velo blanco transparente, que escuchaba a los enamorados, atendiéndoles en sus peticiones por un tiempo, para después cobrarse la vida del amante por los servicios prestados, si este le gustaba, o la de ella si consideraba al hombre indigno de compartir su lecho, para conseguir así que sufriera por el simple hecho de no ser bien visto. Atraído por la crueldad de la leyenda, me pasé buena parte de la adolescencia mirando las noches de luna llena (que se supone que era cuando hacía su macabra elección) hacia el cielo, esperando ser el elegido la mayor parte de las veces, preso de la angustia propia de los tortuosos sentimientos adolescentes que, muy frecuentemente, me asaltaban, preso como era de un romanticismo que, a día de hoy, sigue acompañándome, tintado por los matices y los colores de las experiencias vividas.


Ahora que han pasado ya unas pocas décadas desde que todos aquellos pensamientos me ocuparan, miro hacia mis viejas creencias de “la fábrica de suenos rotos”, y me pregunto si aquella tortuosidad era fruto de mis vivencias o, tan solo, de mi difícil personalidad, de mi complejo mundo interior. Quizás el encontrarme ahora, más viejo, más cansado, mas vivido, con algunas similitudes me hace pensar que todo ello fuera producto de esto último, que nunca he sabido adaptarme a mis sentimientos, que he sido el rebelde sin causa en mi propio mundo interior, el disconforme, el incómodo inquilino de una habitación que no era tan inconfortable como quería creer.


Y ayer, solitaria y altiva, la luna se dio de nuevo cuenta de mi presencia. Poco a poco fue acariciándome con sus rayos, recorriendo mi cuerpo y recordando a aquel adolescente que pasaba tantos y tantos momentos, mirándola y amando en silencio; reconoció sin duda al viejo vate loco que otrora le dedicara sus mejores versos, sus mejores palabras, sus mejores lágrimas, más esta vez convertido en un hombre, en una versión envejecida de aquel joven, incapaz de articular palabra, recordando aquellos fugaces momentos que compartieron, instantes en los que él fue suyo y ella... del cielo. Supo reconocer en mi mirada la misma pena de otros tiempos. Compadeciéndose en una de las raras ocasiones en que lo hace; me dejó llorar en su hombro, me acaricio el rostro, y me dijo aquellas dolorosas palabras que reconfortan aunque sacuden el alma y te obligan a desesperar por el dolor y la rabia: “Sentirás que nada tiene valor, que todo te sobrepasa. No sabrás ver las injusticias que has cometido, mas sentirás las sufridas en carne propia, y las consecuencias de ambas. Serás de nuevo ese ser vulnerable al que perdonar la vida por compasión. Experimentarás tus pérdidas y las de todos aquellos a los que has hecho perder algo, sin que puedas hacer nada por evitarlo. Ahora, delante tuyo, solo quedan pasajes de dolor y lágrimas. Pero, si consigues salir del valle, entonces quizás puedas ser feliz. No olvides dentro a nadie, y descansarás. Perdona y serás perdonado, ama y serás amado; llora con otras lágrimas, no con las propias, para que tu alma encuentre descanso. Cuando hayas hecho todo eso, regresa a mí y sabré darte una muerte digna de un héroe.”


Supongo que aunque pase el tiempo, aunque nos modifique en algo la vida, la esencia permanece, como marca indeleble de lo que es en realidad tu alma. Los que hemos nacido para la tristeza, tenemos el simple cometido de servir de oscura referencia para todos aquellos nacidos para la alegría; no podemos soñar por ver el sol, por escaparnos de un papel que se nos ha dado en el gran teatro del mundo. Huir es imposible: las cadenas están dentro de nosotros, y romperlas solo nos puede conducir a la humillación, la soledad y la muerte.


Perdón por la tardanza en escribir algo, pero hay momentos en los que comprender ciertas cosas, puede ser pernicioso. Escribir para mí es encontrar el porqué de las cosas, y no siempre se tiene la fortaleza como para escuchar las verdades del alma.


miércoles, 27 de mayo de 2009

LA SENSIBILIDAD DEL ARTISTA

A lo largo de los tiempos, distintos hombres se han visto tocados por una gracia especial para llevar a cabo empresas que al resto de los mortales les resultaban, en lineas generales, difíciles o imposibles de realizar, lo que propiciaba que se desarrollase en la mayoría de los casos una variante de los comunes celos, que aderezada con una pizca de envidia y unas gotas de animadversión, hizo de aquellos diana de distintas burlas, carnes de presa fácil de las que se podía hacer con total inmunidad mofa, befa y escarnio (en el mejor de los casos), o les convertía en objeto de persecución, cacería y muerte. Miguel Servet, por ejemplo, desarrolló sus estudios como médico hasta un punto tal, que le hizo descubrir los misterios del torrente sanguíneo, lo que le valió la excomunión y la muerte en la hoguera por sus heréticas conclusiones. Galileo, tuvo que pasar por el tribunal de la Santa Inquisición para desdecirse de la absurda teoría de que la tierra giraba alrededor del sol, para concluir diciendo en voz baja eppur si muove (y sin embargo se mueve) y morir cansado y derrotado, habiendo tenido que abjurar de aquello que había estudiado durante años. Grandes ignominias se han cometido a lo largo de la historia contra grandes hombres que lo único que hicieron fue aplicar sus conocimientos y ayudar a la humanidad a subir otro peldaño hasta alcanzar lo que es hoy.


Todos esos hombres, que alcanzaron notables cotas de excelencia dentro de sus diferentes disciplinas, tuvieron en común algo, muy común en los humanos, pero que sólo unos pocos quieren escuchar, por lo doloroso que resulta hacerlo. Yo lo denomino eufemísticamente la sensibilidad del artista, y tiene la propiedad de manifestarse en todas las personas sin distinguir raza, ni religión, ni estrato social... todos lo llevamos dentro. Solo marca la diferencia la atención que queremos ponerle a sus palabras, que para unos parecen lejanos susurros, y para otros resultan gritos atronadores.


La necesidad de exorcizar fantasmas, suele ser la forma más común que tiene de manifestarse: comienza por una leve melancolía, que con el paso del tiempo, si no se satisfacen sus deseos termina trocándose en melancolía brutal, incompasiva y constante, que empieza a marcar tus actos, hasta sumirte en un estado depresivo total, que te convierte en un ser incapaz de desarrollar una vida normal, a menos que no abras la válvula de escape, y los dejes salir en forma de escrito, cuadro, coleccionismo, canción... tantas formas de expresar como cosmovisiones existen. Recuerdo que en una ocasión tuve la oportunidad de visitar el taller que un amigo había montado en su garaje. Me lo mostró como el que revela su santuario. Hasta ese momento, yo no comprendía por qué pasaba tanto tiempo allí, hasta que por fin lo vi: Los barcos y aviones de aeromidelismo, las maquetas que había hecho con sus propias manos, las tallas de madera finamente labradas... su sensibilidad de artista quedó al descubierto para mí: la firmeza de los surcos en unas obras, la desidia y la tristeza en otras... sin duda dejaba impresa en cada escultura su estado de ánimo.


Y esto solo es la parte positiva, por que, como todo en esta vida, cualquier expresión plástica tiene su parte negativa. Los que somos poseedores de esa sensibilidad somos seres taciturnos (aunque algunos lo disfracemos, para los temas que de verdad nos importan somos muy reservados), meditabundos y, si se me permite la expresión, tristes hasta en las alegrías. Es de una gran dificultad convivir con alguien como nosotros, ya que, aunque somos excelente compañía en los momentos malos, nos cuesta dejarnos llevar en los buenos. Inconformes con nuestro estado de ánimo, siempre buscamos con nuestras reflexiones una lectura diferente a la superficial, haciendo que al final una buena parte de la alegría se nos haya esfumado.


Por otra parte, nuestra cosmovisión se ve afectada en demasía por cualquier cosa que suceda en torno a nosotros, lo que deriva en una facilidad cuasi increíble para conseguir herirnos, con lo que, si esto es obviado por quien nos trata a diario, por acción u omisión, podemos vernos afectados por muchas cosas que, en sí, no deberían constituir problema alguno. Si a esto le unimos nuestro hermetismo, nuestro hierático comportamiento, y nuestro cuasi-sempiterno estado de angustia, el resultado es un ser tan fácil de contentar como de herir, con un halo de tristeza que, en el mayor número de casos, no es tal.


Supongo que este es el precio que tenemos que pagar por ser capaces de expresar nuestros sentimientos de una manera diferente a los demás. No sé si se debe agradecer el regalo o maldecirlo; pero de lo que sí estoy seguro es de que tenemos que aprender a convivir con él, resistiendo la tristeza, que en la mayor parte de los casos, es una fuente inagotable de imaginación. Es paradójico que, cuanto peor estemos, más fácilmente creamos. Estigma cainita, que nos acompañará mientras vivamos, invisible para los demás, indeleble para nosotros.

martes, 5 de mayo de 2009

HOY


Hoy, he estado reflexionando durante una buena parte de la madrugada, y otra de la mañana. He pensado mucho acerca de mí, de todo lo que me ha sucedido últimamente, y he llegado a la conclusión de que han sido demasiados los golpes que he aguantado, que no creo que me merezca tantos, aunque haya habido algunos que si que hayan sido merecidos.

Hoy, he tenido por fin el valor para mirar en mi interior, y lo que he visto me ha hecho llorar, recordando quien era, recordando quien me gustaría ser, y comparándolo con la caricatura en la que se ha convertido mi corazón. Todos aquellos que han hecho todo lo que han hecho en el nombre del amor que decían sentir por mí, han dejado agonizante al niño que llevo dentro, que yace en el suelo, con los ojos mirando hacia el horizonte, mientras preguntan "¿por qué?", mientras la lágrimas (las mismas que ahora ruedan por mis mejillas), le recuerdan a través del dolor, que por lo menos aún sigue vivo, manteniendo así la esperanza de poder volver a caminar algún día.

Hoy, mientras realizo ese viaje hacia ninguna parte, escuchando marchitarse las flores que hay a ambos lados del camino, justo a la altura del último pájaro que, agonizante, cayó hace unos segundos del cielo, veo ante mí esa tierra ahita de podedumbre y cieno en que han convertido mi alma aquellos a los que más amé, todos los que en el nombre del amor han tratado de reconducirme hacia lo que para ellos es el buen camino, atando para ello a mi cuerpo cinchas repletas de espinas, que se han clavado en mi carne, desgarrándola sin compasión; pero, eso sí, todo en el bendito y sagrado nombre del amor terreno y filial, que sin duda ha motivado sus actos.

Hoy, que el rencor ha sido desterrado de mi yermo páramo, que ninguno de mis sentimientos se ve ya movido por el odio ni la animadversión, por fin he encontrado el valor para volver a llorar, mientras maldigo a todos aquellos a los que más amé, a todos los que me recibieron en su dulce regazo, hoy lleno de afiladas puntas; a todos los que me han dejado inservible para el amor, para los sentimientos agradables. A todos los que pasaron junto a ese niño agonizante que hay tendido en el camino, y pretendieron levantarlo a fuerza de puntapies. Gracias a todos ellos, por haber convertido mi alma en el mayor cementerio de sentimientos que jamás haya conocido.

Hoy, ahora que acuno a mi niña entre los brazos, veo como un pequeño viento de vida entra en el yermo páramo, mientras me pregunto: "¿cuanto tardara en ser asesinado en nombre del amor?". Quizás no muera, no hay porqué. Mientras comienza a respirar de nuevo el pájaro exangüe, y el sol comienza a tejer un dorado nido en el cielo, el légamo comienza a secarse. ¿Quién sabe si no será la base para una nueva cosecha?. Una oración irá por ello.

jueves, 9 de abril de 2009

Confidencias


Llevo algún tiempo (no demasiado, lo confieso) mirando con recelo el teclado, con el mismo respeto que el torero que toma la alternativa observa a su primer toro,con ansia pero con miedo; y es que hay momentos en que se hace muy difícil escribir: las circunstancias personales no lo permiten.


Recuerdo que una de mis adolescentes lecturas predilectas eran los artículos de costumbres de Mariano José De Larra, un febril escritor romántico que terminó suicidándose con tan solo veintiocho años de edad. Afrancesado, culto, con acerado tino para observar, analizar y dar con la clave, en sus escritos retrató quizás de un modo esperpéntico (aunque no por ello menos cierto) la sociedad española de su momento, que en poco difería de las sociedades hispanas del pasado y que, a su vez, se asemejaban enórmemente a cualquier futuro momento histórico vivido en nuestro país, por mucho que nos empeñemos en querer pensar que los tiempos cambian, lo que no dejaría de ser cierto si no fuera porque las tipologías humanas que se dan en cualquier sociedad mantienen unos rasgos diferenciales que se mantienen inalterados. Recordaba pues a Larra no por el magnífico fresco hispano que construyó con sus palabras, si no por una de sus más famosas frases, y que daba título a uno de sus no menos célebres artículos: “Escribir en Madrid es llorar”.


En el arriba mencionado escrito, el escritor razonaba acerca del escaso eco que producían las palabras escritas sobre la situación existente, de lo desesperante que resultaba proclamar a voz en grito algo que todos oían, pero que nadie escuchaba. Intencionadamente, el autor nos dejaba entrever la eterna lucha que sostienen los creadores consigo mismos, con sus coetaneos y con el cotidiano mundo que les rodea: demasiados enemigos para aspirar siquiera a salir airosos, en una batalla en la que con seguridad se puede afirmar que no solo no hay vencedores, si no que además únicamente hay un vencido, que resulta no ser otro que uno mismo. ¿Que hay más frustrante en esta vida que el gritar algo a voz en grito mientras se es ignorado por todo el que nos rodea?. Cassandra, la vidente que aparece en “La Iliada”, es dotada por los dioses con el don de la clarividencia, y castigada por los mismos con no ser jamás creída, aunque todas sus predicciones fueran acertadas, lo que la lleva a sufrir un permanente estado de ansiedad en el que se vió inmersa hasta su regreso con Agamenón a su patria tras participar en la guerra de Troya, y donde ambos, envueltos entre redes por la conjura de la mujer de este y de su amante, encontraron ambos una muerte predicha con anterioridad por la pitonisa pero, como todas sus predicciones, jamás creída.


Este fin trágico y anunciado, se repite una y otra vez en las vidas de cualquier escritor (escribidores incluídos, grupúsculo ingente, donde yo siempre me englobo). Todos los que, con mayor o menor acierto, decidimos alguna vez enfrentarnos a un folio en blanco, sentimos que al exorcizar fantasmas cotidianos a golpe de pluma, estamos firmando nuestra pequeña sentencia de muerte; vamos como Aquiles, al encuentro de Héctor, sabiéndonos poseedores de la victoria momentánea, para caer después abatidos por una inmisericorde flecha que atraviesa nuestro punto débil de parte a parte, sin darnos oportunidad de réplica. Por mucho que queramos enfrentarnos al mundo que nos rodea, revestidos de brillante loriga, logramos una efímera victoria, para volver a caer fulminados por un inmisericorde mundo, que nos acusa de ser borrachos, melancólicos,guitarristas lunáticos, poetas y pobres hombres en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.


Desgrano sentimientos, para exponerlos al voluble arbitrio de quién quiera verlos, dejando a un lado la ropa que me reviste el alma, con impúdico gesto, para que todos contemplen la grotesca desnudez de mi interior, mientras la sangre sigue brotando de mis heridas, para que quien lo tenga a menester pueda añadir de cuando en cuando un puñado de sal, que me recuerde cuanto duele la vida; que me haga sentir que, pese a ellas, sigo vivo y dispuesto para reverdecer el corazón en cada primavera.

lunes, 23 de marzo de 2009

LAS SOMBRAS DEL OLVIDO

La noche, con sus profundas sombras, es siempre el momento más indicado para que los escribidores como yo puedan cazar monstruos, exorcizar fantasmas, armados con una pluma y un toque melancólico que bien puede hacer las veces de coraza, para no sentir demasiado los embates que una vida de excesiva reflexión te da a diario. Últimamente, debido a mi insomnio, he podido ocupar el tiempo en cavilaciones que, a veces, me han llevado a los albores del amanecer que, con su luz, se ha encargado de hacer que los espectros desaparecieran parcialmente, concediendo una leve tregua que he podido dedicar a la estructuración de muchos de los pensamientos que antes pululaban campando por sus respetos, sin que fuera capaz de ordenarlos, ni, en muchas ocasiones, siquiera conocerlos. Supongo que a veces las veredas y vericuetos de la existencia son más sencillos de lo que parecen; pero siempre me empeño en darle demasiadas vueltas a las cosas, complicando lo que en esencia nació tan simple que resulta harto difícil no hacer lo correcto. Es lo que tiene ser meditabundo: muchas veces te ayuda a encontrar una solución; otras muchas te aleja de ella.


Recuerdo que en la adolescencia (que yo siempre he llamado cariñosamente la fábrica de sueños), pensaba que era mucho más sencillo averiguar las preguntas que las respuestas, pero esa aseveración, como otras muchas de las formulaciones efectuadas en tan precaria edad, era sin duda del todo errónea. Nada hay más difícil, cuando te enfrentas a la vida adulta (para mí la fábrica de los sueños rotos) que hallar la pregunta correcta que nos permita continuar por la vereda señalada, la que nos aleje de las sombras del olvido, esas que por el día son inocuas, pero que, al llegar la noche, desarrollan toda su fuerza, hienden uñas y dientes en tu carne, para dejar las heridas más graves que se le pueden hacer a una persona: aquellas que carecen de herida y adolecen de profundidad, dejando en tu interior la terrible huella del miedo a la oscuridad, a la noche, al deseo desmedido, a que los sentimientos lleguen al corazón y nos dejen vulnerables... hay tantas sombras como tipos de personas; tantos tipos como personas hay en el mundo.


Quizás, cuando las preguntas giran en torno a las personas que, de una u otra manera nos rodean, las uñas se hacen más largas, los dientes más afilados, la herida más profunda. Cuando a una persona a la que quieres, en la que has depositado todas tus confianzas, sentimientos más profundos, anhelos y sueños, debes musitarle sotto vocce un escueto porqué, sientes que algo se desgarra en tu interior, abriendo por completo tu corazón e hiriéndolo como jamás lo ha hecho nadie antes con las armas más terribles inventadas por el hombre: la palabra y las lágrimas. Aquella, cortando con precisión de cirujano en la parte que más duele; estas, derramándose sobre la herida impidiendo que nunca cicatrice, mientras regalas un rastro de escozor y angustia que no cesa.


“El tiempo todo lo cura”, una afirmación tan rotunda como falsa: el tiempo atenua los daños, nos concilia con nuestras heridas, nos permite vivir con ellas; pero no las cura. Simplemente la reinserta en la corriente vital de las vivencias. Eso que comúnmente se denomina experiencia.

jueves, 26 de febrero de 2009

POEMA

Hoy cuento con una invitada de excepción: mi hija Claudia. Tiene ocho años, y le gusta escribir poesía. Espero que siempre anide en su alma el duende del verso, y que haga de ella una persona sensible con los sentimientos de los demás, para llegar así a ser mejor persona.


                                LA CHICA CON SUS SENTIMIENTOS

Este poema, 
  es para un chico apropiado;
  es tímido, generoso
  y muy especial para mí.

  Y lo quiero con mi amor.

                                                    CLAUDIA

                                               LA SENSIBILIDAD

Tú me amas,
yo lo siento.

Tú me quieres,
de momento.

Eres guapo,
yo lo veo.

Eres sensible,
¡ya lo creo!

                                          CLAUDIA

jueves, 19 de febrero de 2009

EL JUICIO DE DIOS

     Cuando Enrique cerraba la puerta de su casa, el mundo que se quedaba al otro lado, inhospito e inmisericorde, dejaba de tener importancia para él. El tráfico, los ruidos, las voces del cercano patio del colegio, todo se apagaba, para tomar un cómodo segundo plano, que le permitía zambullirse de lleno en sus pensamientos, que comenzaban en aquel instante mágico a tomar cuerpo, a recolocarse, a recuperar el espacio que abandonaban durante las horas de trabajo, sin dejar por ello de estar presentes, de tener su importancia, pero conscientes de que ese debía ser su espacio hasta que llegase el ruido de la puerta, para devolverlas a situar en sus tronos.

     Hacía ya tantos años que la situación se repetía, que la simbiosis entre el hombre y sus pensamientos había llegado a ser perfecta: ellos alimentaban el odio que le permitía vivir, y a cambio él les permitia morar allí, robarle sus fuerzas y, si era necesario, sus alegrías. Era la forma de vivir que había elegido años atrás, y la decoración de la casa (que cualquiera hubiera calificado de sombría, aunque él gustaba de llamar austera), su traje, grisaceo, y hasta los macilentos pelos que cubrían cada vez menos su cabeza, todo recordaba su forma de vivir, oscura y triste.

     Nada había vuelto a ser igual desde el día en que aquel maldito borracho se salió de la calzada, arrollando a ocho viandantes, segando de golpe nueve vidas, que ya nunca volverían a ser las mismas. Tras un largo periodo en el hospital, y tras duros meses de rehabilitación física y psicológica, Enrique pudo retomar los pedazos rotos que habían quedado de su pasado, para transformar lo que alguna vez había sido una existencia feliz, en aquel sucedáneo de vida que ahora llevaba. Todo eso cambiaba en cuanto se escuchaba el faltado a su sonido del cajón de la cómoda. Las ideas de su cabeza abandonaban sus tronos para correr a esconderse al rincón, temblando, con el rostro desencajado, sudoroso. Era entonces cuando Enrique sacaba el revólver del fondo del cajón, abría el tambor, introducía una bala y tras girarlo varias veces, se apuntaba y disparaba el primero de los tres que completaban el ritual. Belén, decía tras apretar el gatillo; Samuel, tras el segundo; Ana, tras el tercero. Después, extraía la bala y volvía a poner todo en el mismo cajón. Todas las noches, repetía el mismo proceso maquinalmente, para luego echarse a llorar. Desde que salió del hospital, ni una sola noche había faltado a su cita con lo que el gustaba denominar “El juicio de Dios”. “Si Dios permite que tres de los seis disparos fallen, es que quiere que siga viviendo”, solía decirse ante el espejo. Tras tres años de reiteración, el continuar vivo tras la prueba no le producía ningún placer, ninguna alegría; aunque aquel día era distinto, porque al día siguiente, al fin vería la cara del asesino que, el fatídico día del accidente, bajó ebrio de su vehículo tras haber atropellado a su familia: solo él sobrevivió, no sabía porqué, pero siguió viviendo para esperar la jornada que, tras varios años de soledad, preguntas incontestadas y frustración, había al fin llegado.

     Tras asearse concienzudamente, El hombre cogió el instrumento supremo del “juicio de Dios”, volvió a introducir la misma bala en el tambor y, tras volver a darle tres vueltas, guardó el arma en su cintura y volvió a abrir aquella frontera que mantenía entre su casa y el mundo.

     En sólo unos minutos, Enrique había llegado al centro penitenciario, que se mostraba ante él como un templo hasta ahora inalcanzado, pero que el fin había venido a él, majestuoso y ¿triste?. Cuando el primer hombre salió por la puerta, aunque estaba lejos, aunque apenas le había podido ver desde que bajara del coche aquella mañana, supo que era él. Sin mediar palabra alguna se plantó ante él, le puso el arma en la frente y apretó al gatillo, al tiempo que gritaba “Belén”. Aunque tres de las seis balas que dispararon los guardias le alcanzaron, antes de caer muerto al suelo, el brutal estampido y los restos de masa encefálica que, mezclada con la sangre le salpicó el rostro le dijeron que al fin, tras años de incertidumbre, el “juicio de Dios” había concluído. Y por fin había encontrado al culpable.

lunes, 26 de enero de 2009

PLUMAS

Desde hace ya algún tiempo tengo una afición que, poco a poco, ha ido escalando posiciones entre mis favoritas hasta alcanzar uno de los primeros puestos en mi escalafón personal o, si lo prefieren, mi escala de valores. Me refiero a el coleccionismo de plumas, algo que mucho no entienden, pero que puede llegar a ser fascinante.

Mi primera aproximación se inició en mi adolescencia, cuando me regalaron una estilográfica de la marca Parker. Era negra, de plástico y con el clip de metal plateado. Ahora, cuando la veo, pienso que no era para tanto, pero en su momento fue para mí la más bonita del mundo, y supuso el principio de lo que iba a ser uno de los amores que más me ha durado. Poco a poco, con la incomprensión de muchos de los que me rodean (no comprenden qué puedo ver en las plumas), he ido aumentando mi colección. Muchas veces las miro, las saco del expositor, las limpio y encuentro un momento de placidez como pocos.


Creo que lo importante de cualquier afición es que satisfaga, que relaje, que constituya un oasis dentro de la intrincada vida que llevamos. Es todo lo que se puede pedir a una ocupación que nos proporcione una cierta dosis de placer y, aunque muchos de los que me rodean no lo entiendan, iniciar una página con una nueva pluma es un gozo para los sentidos: el color de la tinta y el trazo de la letra (que siempre cambia cuando se escribe con pluma) som un deleite para la vista: el ruidillo que provoca el plumín cuando acaricia el papel es música, una danza de dos enamorados, una fiesta privada, un vals divino, una prueba de amor en la que eres un invitado de lujo. El olor de la tinta despierta evocadoras anámnesis de otras vivencias y otros tiempos, a modo de magdalena proustiana que retrotrae a momentos de pasión febril.

El tacto de la resina torneada a mano, deslizándose por los dedos, provoca solaz digno de dioses sin parangón alguno. Su frialdaz cálida proporciona un sabroso contraste, un festín de texturas solo acotado por las limitaciones propias de nuestros sentidos.

El gusto del capuchón, rozando los labios, como un amante eterno y efímero, evoca el más exquisito de los deleites, el mas frío de los calores, invitando a la calma y a la reflexión; a la busca de la paz interior, que intenta reconciliarnos con nosotros mismos.

Todo esto que puede resultar exagerado para algunos, grotesco para muchos, descabellado para el resto, quizás pueda ser los desvarios de un vate loco, de un cuerdo demente, o de, como dijo una vez Machado, de un pobre hombre que va buscando a Dios entre la niebla. Tal vez sea de todo un poco; tal vez no sea nada de ello, pero lo cierto es que esta afición que mantengo ya desde hace varios años, me ayuda a conciliarme con mi yo interior, a ser mejor y más reflexivo. Habrá otros muchos que sientan lo mismo con variopintas cosas, que desde fuera pueden resultar hasta ridículas, y que no se atrevan a contarlas por miedo al ridículo, por vergüenza pura y dura o, tal vez, por no contar como con un adminículo que, con el paso del tiempo se ha convertido en otro apéndice de mi mano, que me ha llegado a doler como uno propio; que comunica el interior de mi alma con una hoja en blanco y la hace sangrar hasta llegar a confesar en un folio lo que de otra manera jamás le diría a nadie.

viernes, 16 de enero de 2009

PALESTINA

Hoy he querido que el texto apareciese en un color distinto al habitual, por considerar que es el más apropiado para mostrar el máximo respeto hacia aquella tierra que, como mis palabras, está teñida de rojo por la sangre derramada. Nota del autor

Siempre he recordado con cariño las comidas familiares de mi casa, una familia obrera que se reunía siempre en torno a una mesa, cuando el cabeza de familia regresaba del trabajo, y comían juntos ante un televisor en el que indefectiblemente se veían las noticias, se comentaban pocas y se escuchaban muchas. Muchos jueves, la serie “cuéntame” funciona como magdalena proustiana, retrotrayéndome a aquellos tiempos en los que todos los hogares españoles eran un fiel reflejo de la familia Alcántara, en que las cosas eran más sencillas, no porque el mundo de entonces no fuera complicado (que desde luego lo era) si no por mi corta edad, que me alejaba de cualquier tipo de galimatías tramposos, que siempre te hacen perder y en los que nadie nunca gana, y que son de los que la vida adulta adolece con más frecuencia de la que fuera deseable. Imperceptiblemente, a todos esos recuerdos tengo grabados a fuego las imágenes de unos hombres polvorientos que atacaban con denuedo a unos carros de combate con unas piedras que iban arrojando como único arma, mientras otros iban recogiendo hombres que se hallaban caídos. Recuerdo con nitidez la escena, aunque entonces no supiera ponerle nombre, ni tan siquiera comprender el porqué de tamaña escena. Hoy, muchos años después, sigo ignorando el porqué, pero ya sé nominarla: Palestina.

Conozco hoy muchas de las motivaciones políticas que derivan en esos hechos atroces que, en la actualidad se siguen dando, jornada tras jornada, aunque haya días que siquiera salgan en los televisivos noticiarios que nos conectan con el mundo actual, como mudos testigos de una ignominia que, cual piedra de Sísifo, se siguen repitiendo una y otra vez, sin que nadie del llamado “primer mundo” haga nada por impedirlo; sin que ningún pie poderoso se interponga en la trayectoria de la sisífica piedra, deteniendo su macabra marcha, que está dejando sobre la tierra sangre indiscriminada de hombres, mujeres y niños a los que nunca les han dejado soñar con otra realidad.

No voy a entrar en disquisiciones políticas, ni voy a tratar de justificar a ninguno de los dos bandos. Solo me gustaría pedir como deseo de fin de año atrasado, que cesen de una vez las hostilidades en la Franja de Gaza, que sea posible otro mundo para esos niños ensangrentados,cuyas imágenes  nos escupen a la cara las  televisiónes mundiales. Pequeños con la mirada perdida, que intentan sin éxito saber qué y porque´les ha golpeado; que ignoran si sus padres siguen vivos, sus casas en pie, su dignidad intacta o si el maltrecho corazón de su incierto futuro sigue latiendo por costumbre o por la convicción de que otro mañana es posible.