La frase del día

Donde no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?

Sex pistols "sex on 45"

jueves, 19 de febrero de 2009

EL JUICIO DE DIOS

     Cuando Enrique cerraba la puerta de su casa, el mundo que se quedaba al otro lado, inhospito e inmisericorde, dejaba de tener importancia para él. El tráfico, los ruidos, las voces del cercano patio del colegio, todo se apagaba, para tomar un cómodo segundo plano, que le permitía zambullirse de lleno en sus pensamientos, que comenzaban en aquel instante mágico a tomar cuerpo, a recolocarse, a recuperar el espacio que abandonaban durante las horas de trabajo, sin dejar por ello de estar presentes, de tener su importancia, pero conscientes de que ese debía ser su espacio hasta que llegase el ruido de la puerta, para devolverlas a situar en sus tronos.

     Hacía ya tantos años que la situación se repetía, que la simbiosis entre el hombre y sus pensamientos había llegado a ser perfecta: ellos alimentaban el odio que le permitía vivir, y a cambio él les permitia morar allí, robarle sus fuerzas y, si era necesario, sus alegrías. Era la forma de vivir que había elegido años atrás, y la decoración de la casa (que cualquiera hubiera calificado de sombría, aunque él gustaba de llamar austera), su traje, grisaceo, y hasta los macilentos pelos que cubrían cada vez menos su cabeza, todo recordaba su forma de vivir, oscura y triste.

     Nada había vuelto a ser igual desde el día en que aquel maldito borracho se salió de la calzada, arrollando a ocho viandantes, segando de golpe nueve vidas, que ya nunca volverían a ser las mismas. Tras un largo periodo en el hospital, y tras duros meses de rehabilitación física y psicológica, Enrique pudo retomar los pedazos rotos que habían quedado de su pasado, para transformar lo que alguna vez había sido una existencia feliz, en aquel sucedáneo de vida que ahora llevaba. Todo eso cambiaba en cuanto se escuchaba el faltado a su sonido del cajón de la cómoda. Las ideas de su cabeza abandonaban sus tronos para correr a esconderse al rincón, temblando, con el rostro desencajado, sudoroso. Era entonces cuando Enrique sacaba el revólver del fondo del cajón, abría el tambor, introducía una bala y tras girarlo varias veces, se apuntaba y disparaba el primero de los tres que completaban el ritual. Belén, decía tras apretar el gatillo; Samuel, tras el segundo; Ana, tras el tercero. Después, extraía la bala y volvía a poner todo en el mismo cajón. Todas las noches, repetía el mismo proceso maquinalmente, para luego echarse a llorar. Desde que salió del hospital, ni una sola noche había faltado a su cita con lo que el gustaba denominar “El juicio de Dios”. “Si Dios permite que tres de los seis disparos fallen, es que quiere que siga viviendo”, solía decirse ante el espejo. Tras tres años de reiteración, el continuar vivo tras la prueba no le producía ningún placer, ninguna alegría; aunque aquel día era distinto, porque al día siguiente, al fin vería la cara del asesino que, el fatídico día del accidente, bajó ebrio de su vehículo tras haber atropellado a su familia: solo él sobrevivió, no sabía porqué, pero siguió viviendo para esperar la jornada que, tras varios años de soledad, preguntas incontestadas y frustración, había al fin llegado.

     Tras asearse concienzudamente, El hombre cogió el instrumento supremo del “juicio de Dios”, volvió a introducir la misma bala en el tambor y, tras volver a darle tres vueltas, guardó el arma en su cintura y volvió a abrir aquella frontera que mantenía entre su casa y el mundo.

     En sólo unos minutos, Enrique había llegado al centro penitenciario, que se mostraba ante él como un templo hasta ahora inalcanzado, pero que el fin había venido a él, majestuoso y ¿triste?. Cuando el primer hombre salió por la puerta, aunque estaba lejos, aunque apenas le había podido ver desde que bajara del coche aquella mañana, supo que era él. Sin mediar palabra alguna se plantó ante él, le puso el arma en la frente y apretó al gatillo, al tiempo que gritaba “Belén”. Aunque tres de las seis balas que dispararon los guardias le alcanzaron, antes de caer muerto al suelo, el brutal estampido y los restos de masa encefálica que, mezclada con la sangre le salpicó el rostro le dijeron que al fin, tras años de incertidumbre, el “juicio de Dios” había concluído. Y por fin había encontrado al culpable.

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