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Donde no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?

Sex pistols "sex on 45"

jueves, 11 de julio de 2013

LA AMANTE PERFECTA

Resulta evidente decir que, merced a internet, las relaciones han cambiado. De los antiguos noviazgos por carta, esos que alguna vecina, amiga, abuela,etc... nos han contado, solo queda el dolor y la dificultad lógica de quien tiene al ser amado lejos; porque eso no ha cambiado: se tienen más medios, más formas de verse incluso, pero el pesar sigue siendo el mismo. Lo mismo ha sucedido con todas las relaciones humanas que pueblan el universo de nuestro interior: desde las laborales hasta las más íntimas, todas se han visto por todas las formas de comunicación de las que ahora disponemos, hasta llegar a dar incluso lugar a nuevas, que siempre son apellidadas “virtuales”. Y estas han nacido intentando suplir una de las carencias del ser humano más común y extendida sin distinciones de nacionalidad, sexo o religión: la soledad. Mucha gente con este tipo de problema ha corrido a esconderse de una pantalla, llegándose esta a convertir en un modus vivendi y completando un círculo de dependencia pernicioso para el desarrollo de cualquier persona. Hace no mucho tiempo, yo fui una de esas personas. En un momento delicado de mi vida, convertí la pantalla en mi salvavidas: fueron unos tiempos convulsos. Lo cierto es que todo aquello me ayudó mucho y saqué muy buenas amistades de ello; pero con un denominador común: en todas ellas traspasé el muro de píxeles para entablar una relación personal. Internet fue el punto de inicio, pero lo refrendé con el contacto personal.
De todo lo anteriormente dicho extraje una conclusión: si no hay amistad más allá de la pantalla, la relación no es nada. “Te quiero mucho”, “te conozco desde hace dos mil post, pero te quiero mucho” “te doy a todos los me gusta, los +1 y por eso te quiero un montón” ¡Y encima hasta hay quien llega a creerlo!. Hay gente que monta un castillo sobre ello sin saber que es uno de arena. En innumerables ocasiones, llegan incluso a aislarse, a dejar la realidad por esa virtualidad o hasta mentir a los que quieren con tal de continuar elevando las almenas de ese torreón imaginario. Y ese es el momento en que se debe tomar la decisión de continuar así o de ir cambiando pequeñas cosas para conseguir subvertir la situación y volver a tomar las riendas del mundo en el que de verdad se mueven. Y deben decidir lo más rápido posible, porque ese es el momento exacto en el que comienza un camino sin retorno con realidades fingidas y relaciones en concordancia. Internet puede ser un magnífico punto de partida, pero no se puede convertir en el todo, o te verás irremisiblemente reducido a la nada, cuando llegues a creerte a pie juntillas que los doscientos ochenta y cuatro amigos del facebook son realmente eso: amigos.
Yo nunca fui de tener demasiados amigos en las redes sociales, y así me sigo manteniendo. Intento, eso sí, ser selectivo y agrupar en mis sitios a los amigos con los que de verdad mantengo algún tipo de relación fuera de la red, en un intento de darle verosimilitud a los sentimientos que se muestran en cada mensaje, post, me gusta, +1 o cualquier otra forma de interrelación. Y ahora puedo decir que realmente tengo a mi lado a los que quiero y me quieren, no a los que me comentan lo genial que soy. A lo largo de mi vida, normalmente por relaciones sentimentales (casi exclusivamente por la primera y más perniciosa de ellas), he ido perdiendo muchos amigos por el camino. Ha sido una larga y dura criba en la que pienso que han quedado los mejores. En los peores momentos, siempre me han acogido; me han dado de fumar cuando sabían que recogía colillas por la calle, de comer cuando les constaba que el mejor de los días solo comía una vez porque no tenía para más; me han dado cariño y grandes lecciones de lealtad y de amistad, de esas que nunca olvidaré. Lejos de sentirme avergonzado y callarme que haya llegado a tales extremos, lo digo con dignidad y orgullo, por la fortaleza de la que he hecho gala para salir adelante y por la suerte que he tenido por contar con personas como ellos: personas de esas que te dan un like, pero que después te llaman para que recojas un plato caliente y lo hacen con el tacto necesario para no herir jamás tu sensibilidad ni tu orgullo. Esos, perdonadme, no pueden ser los mismos que te dicen lo mucho que te quieren y te ven en el mejor de los casos una vez al año, o se pasan tiempo sin llamarte por no tener tiempo, aunque luego los veas conectados siempre que apareces por las redes.
Iniciar un camino como el que yo hice hace tiempo no es nada fácil, ya que siempre hay un precio que pagar, como todas las cosas de esta vida. En este caso, el peaje que debes abonar no es otro que el de los momentos de soledad. Todos llevamos una vida más o menos frenética, lo que hace que hayan determinados momentos en los que no puedes encontrar a alguien, no porque ellos no acudan si los necesitas, si no por la sencilla razón de que hay muchos instantes en los que no quieres sacarles de sus quehaceres cotidianos, lo que te lleva invariablemente a esas noches solitarias, en las que necesitarías un abrazo que al final nunca resulta ser recibido. Se cambian lágrimas calladas y solitarias por abrazos cálidos de regazo amigo, todo con un simple fin: no preocupar. Además, si a esto le unes multitud de cicatrices que cruzan cara, cuello, torso, corazón, alma... el resultado es invariablemente esas noches en las que he silenciado sentimientos ayudado por la amante perfecta. He coqueteado más de una vez con ella al filo de la medianoche; he mirado con deseo su invitación, saboreado cada uno de los besos que me ha dado, para ser rechazado después, postergando nuestro final encuentro para un día más apropiado, en el que solo se escuche en la habitación el eco de los latidos de mi corazón cansado. Y tengo que deciros que no he dejado de mirarla, de ver sus ojos oscuros que me invitan a las vez que me dicen “espera”. No temo el momento, ni el lugar que decida, ni la forma o el modo de verla: solo me mantiene con una natural angustia la espera. Quizás valga la pena cruzar el umbral, solo a cambio de reposo; un descanso que busco y anhelo cansado como estoy de tanta lucha.

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