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viernes, 15 de mayo de 2015

PACTO HONRADO

Tal y como nos suele suceder con la música, hay giros idiomáticos que nos van acompañando a lo largo de nuestra vida; y es que el lenguaje, como ente vivo que es, va evolucionando al tiempo que nosotros mismos y, por igual, se va enriqueciendo de nuestras experiencias. La mayor parte de estas (y normalmente las más antiguas), son frases heredadas de nuestros mayores. En mi caso, como buen castellano y descendiente de dos ramas familiares de aquella tierra, los refranes pueblan mi universo lingüístico, sin que dejen pasar ocasión para salir como socorridas muletillas que, normalmente por desgracia, siempre resultan acertados. Y lo cierto es que no hay jornada en la que no salga alguno de estos aforismos (porque, sin duda, constituyen auténticos aforismos), con la consiguiente carga de sabiduría popular y de cariñosa añoranza; porque, si algo tienen, es una carga de anamnesis cariñosa para con aquel que grabó esa sentencia a fuego en nuestro carácter. En definitiva, esos dichos son un compendio de tradición, sabiduría y cariño que nuestros mayores han sabido acertadamente transmitirnos. ¿El resto?; enseñanzas adquiridas a lo largo de nustra vida, vivencias, lecturas, conversaciones, etc...
Todo esto viene a mi mente precisamente a cuenta de una analecta que lleva un tiempo rondándome y que tuvo a bien enseñarme García Márquez en uno de sus muchos escritos. Y es que Gabo afirmaba que "El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad"; y lo cierto es que no se equivocaba. No es que esté empezando a alcanzar edad ya provecta, ni mucho menos, pero lo cierto es que ya hace algunos años se produjo un hecho que ha marcado un antes y un después en mi existencia. El hecho en sí no importa aunque, como muchos de los que nos marcan más hondamente, es carácter sentimental. Desde aquella hégira, muchas cosas dentro de mí han cambiado, aunque pese a ello, no me atrevo a afirmar que para mejor. Lo que sí voy viendo a la luz de los tiempos, es que durante todo este periplo me he hallado perdido, y de la peor manera en la que se pueda caer: la del que ni tan siquiera es consciente de estarlo. Y por la aceptación de esta realidad, es por la que últimamente estoy examinando muchos aspectos de mi vida para poder al menos tomar consciencia del lugar en el que se hallan parados mis pies. Y eso es algo que, necesariamente, debo hacer desde la soledad. Desde hace unas semanas he establecido ese pacto honrado con la soledad, para poder lograr una mayor altura de miras y un grado necesario de equidad: ni quiero querer, ni quiero que me quieran. Solo necesito ser yo y  por un momento pararme, dejando de mirar hacia adelante, para volver la vista hacia mi interior. Hace no demasiado tiempo, he intentado acercarme al epicentro de aquel cataclismo que conmocionó mi vida, y lo único que he sacado en claro es que se hace más que necesario un soliloquio para completar mi viaje interior hacia mí mismo, huyendo de cualquier sentimiento, enterrándolo y caminando en absoluta cordialidad hacia ese pacto, con la única compañía de mis viejas amigas: la melancolía y la soledad. Y es que cuando únicamente encuentras palabras dolorosas y desconfianza, casi es mejor desandar un poco, para poder llegar finalmente más lejos.


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