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Donde no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?

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jueves, 6 de agosto de 2015

A UN OLMO SECO

A lo largo de mi vida hay ciertas cosas que me han acompañado; más allá de cualquier época o cambio que haya experimentado, han permanecido siempre a mi lado, y he recurrido en infinitas ocasiones a ellas, encontrando a viejos amigos que me han devuelto la calma. Una de estas cosas ha sido una antología poética de Antonio Machado, poeta en el que siempre encuentro refugio y consuelo, esparcimiento y sabiduría. Muchos son los poemas que he memorizado, muchos los que he releído hasta la saciedad y algunos que, según he ido pasando etapas en mi existencia, han ido tomando forma y sentido hasta hacerse imprescindibles, cuando en otros tiempos eran incluso saltados. Este último caso es el del poema que me empuja a escribir esto: "A un olmo seco". Y es que hay ciertos poemas que no pueden ser plenamente comprendidos hasta que acumulas la experiencia necesaria.
Al igual que a aquel viejo y seco olmo, en mi corazón han florecido unas hojas verdes, que están haciendo de los últimos tiempos de mi existencia algo por lo que merece la pena vivir. Hasta hace bien poco, pensaba que todo había ido mejorando, mi interior fortaleciéndose, el amor llegando. Iba conformándose, en definitiva, una vida normal con sus altibajos, alegrías, tristezas, momentos de gozo y de pena, proyectos, etc...  pero nada de todo esto era más que una ilusión, una sombra, una ficción, que me tenía preso de la melancolía sin que me diera cuenta y, lo que es peor, encerrado en el interior de sus ilusorias imágenes y pensando que tras la gran debacle que sufrí años atrás, ya nada de lo que me esperase en un futuro podría ser más que un sucedaneo de tiempos pasados, sintiendo como los geniales versos de Louis Aragon se iban materializando en mí, ardiendo lo que será, en el fuego de lo que fue. Todo esto era así hasta que ella entró en mi vida.
Y es que tener alguien que de repente entre en tu vida, vestida de primavera, tiñendo de magia todo lo que toca, con una sonrisa que ilumina mundos, no es algo que pase todos los días. Y todo cuanto piensas, todo lo establecido salta por los aires y comienzas a sentir cosas que hacía mucho que no experimentabas, que creías muertas o perdidas, y que al tiempo se entremezclan con nuevas sensaciones que te hacen sentir que nunca has amado así y, cuando te quieres dar cuenta, descubres que, como en el olmo centenario del poema de Machado, pequeños brotes verdes comienzan a salir, a arraigarse con fuerza y a crecer, y sientes ganas de gritar, de llorar de alegría, por ver que sigues vivo y, sobre todo, capaz de querer de nuevo sabeedor de que has sido capaz de sentir de nuevo algo más fuerte de lo esperado, de lo vivido, de lo sufrido, de lo amado....
Y sientes en esos instantes de reflexión que el mejor retrato del alma que te pueden hacer es el poema de Machado. Y comienzas a releerlo, sintiendo toda la intensidad de cada uno de sus versos, de sus palabras, de sus sílabas...para acabar con lágrimas en los ojos; lágrimas de agradecimiento para quien sea que haya dispuesto que ese halo fresco de primavera haya entrado en tu vida, recordándote que eres persona, hombre, alma y corazón; libre para ser amado, libre para amar. Y que ya no tienes que  esperar también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera,  porque ya ha llegado; porque ya te envuelve y reconforta, y hace de tu historia pasada un eco imperceptible, y lo cambia por la ilusión de poder ser capaz de amar a alguien tan fascinante que ha trocado tus ratones por corceles, tu calabaza por carruaje; alguien junto a quien escuchar como dan las doce y todo sigue siendo igual de maravilloso, único y diferente, sin que magias ni artificios puedan cambiar nada. Porque el amor eterno reside donde unos ojos fascinantes te devuelven la mirada.

        A UN OLMO SECO
  Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
  ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
  No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
  Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas, 
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
 autógrafo                                                                    Antonio Machado, 4 de mayo de 1912

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