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miércoles, 21 de mayo de 2008

Decoro poético

Imagino que hace ya algunos años, muchos de ustedes estudiaron en alguno de los cursos de lengua y literatura (ahora ya no sé ni cómo se llama la dichosa asignatura con tanto cambio de plan de enseñanza milagroso), que existía algo llamado decoro poético, que no era otra cosa si no una técnica que empleaban los escritores para dotar de mayor verosimilitud sus obras, y que consistía en darle a cada personaje, dependiendo de su formación académica, personal o de su clase social, el tipo de lenguaje apropiado. Resultaría cómico oír a cualquier pillastre de la novela picaresca hablar como si de un abogado se tratase; o a un docto juez hablar con el deje callejero de cualquier matón portuario. Por todo ello, los creadores intentan adecuar las expresiones y giros idiomáticos a la estofa social de cada uno de los personajes, evitando así que sus escritos sean del todo ridículos. Este recurso ha sido usado a lo largo de la mayor parte de la historia de la literatura, y, de hecho, hoy en día resulta impensable escribir una obra sin recurrir a él.

Yo, que siempre he pensado que cualquier cosa es extrapolable, que todo puede servir y es aprovechable para lograr una mayor armonía, vi en el decoro poético una forma de vivir, de esconder una cultura que en otros ámbitos hubiera sido motivo de solaz para su poseedor, y que en los círculos sociales normales no hace sino etiquetarte, tildarte de lo que no eres, condenándote a llevar una vergonzante letra escarlata en el pecho por el simple hecho de deleitarte con cosas tan absurdas para la ordinary people como la poesía, la ópera o la filosofía. Así, durante mucho tiempo me he dedicado a desterrar giros, locuciones y palabras que, no sólo me gusta emplear sino que además salen en mí de forma natural: cambiar por trocar, recuerdo por anamnesis o rizado por ensortijado no son más que la punta de un iceberg que hunde en mi alma el noventa por ciento de una lacerante realidad: a la gente les asusta encontrarse con alguien que se exprese con corrección; se ven amenazados por alguien que puede leer las intenciones con que se emplean las frases por el tiempo verbal empleado, y lo despachan calificándolo de “creído”, “sabiondo (también “sabilongo”, su vertiente más pintoresca)” o “prepotente”, sin que lleguen a pararse a pensar que quizás en algunas personas el expresarse correctamente sea una costumbre que no esconde ninguna intención de demostrar lo que se sabe, sino todo lo contrario: que se está permanentemente en disposición de aprender cosas dispares de personas dispares, sin importar en modo alguno su preparación académica; porque es a veces más importante la experiencia vital de una persona cualquiera que la sabiduría de los siete sabios de Grecia. Es este tipo de incomprensión la que me llevó hace ya mucho tiempo a poner en práctica el decoro poético en las conversaciones cotidianas, exagerándolo si es preciso hasta el punto de emplear locuciones que en condiciones normales jamás usaría por parecerme zafias. Ilustrativo de ello resulta la expresión “ponerse en pelotas”, que hace uso de una vergonzante metonimia anatómica relacionada con el aparato reproductor masculino, cuando en realidad tuvo su origen y raíz en la palabra latina “pelle” que significa piel, y de donde salió la expresión “ponerse en pelota”. Cuando alguna vez he estado en la tesitura de tener que usarla, me he encontrado entre Escila y Caribdis, sin saber si era mejor expresarla con corrección y dar la explicación pertinente cuando comenzasen arreciar las burlas, o si emplearla mal a sabiendas, y pasar inadvertido en la conversación. Debo confesar que, aunque sé lo que había que hacer, hice lo incorrecto a cambio de unas migajas de aceptación social o, si lo prefieren, a modo de vacuna contra la marginación y la inquina por parte de los que van a compartir conmigo el horario laboral, la parada del autobús o un breve encuentro en cualquier sala de espera. Lo cierto es que ahora, como sucedió en algunas de las peores dictaduras comunistas, las personas preocupadas por cultivarse son observadas con desconfianza, como si de bichos raros se tratase. Pol Pot asesinó a miles de personas por hechos tan fútiles como saber leer, llevar gafas, o tener libros en su casa. Este hecho que, no sólo nos parece deleznable sino que además lo es, se repite a diario en nuestra vida cotidiana, sólo que las balas que se disparan son intangibles, los daños que estas provocan son inapreciables a simple vista; pero os puedo asegurar que el dolor que provocan es totalmente tangible.

Como es lógico, para hacer buenos las teorías arriba expuestas, la mayor parte de las personas que lean este escrito y hayan llegado a este renglón ya estarán pensando que no soy más que un escribidor prepotente, egocéntrico y jilipollas que se piensa descendiente de Cervantes y que cree que los que le rodean no son dignos ni de calzarle las sandalias que lleva; nada más lejos de la verdad. Únicamente soy una persona que piensa que la libertad de expresión en un concepto mucho más amplio que el que a diario se usa para defender el derecho que esgrimen impúdicamente algunos huele braguetas de baja estofa a escribir sobre la vida privada de algún famosillo de mejor o peor pelaje. Creo interpretar que dentro de tan hermoso apartado de la Carta Magna también encuentre amparo la forma de decir las cosas, el inalienable derecho condigno a cualquier ser humano a emplear las palabras que estime oportunas para dar a conocer los pensamientos e ideas que quiera, respetando, por supuesto, las más elementales normas de conducta y respeto hacia los demás. Sólo soy una persona a la que siempre le ha apasionado leer cualquier cosa que le cayera entre las manos, y que esa afición cultivada desde niño la ha ayudado a recolectar muchas palabras y que no suelen ser usadas por el acervo popular; alguien que ha aprendido a escuchar a los demás leyendo, que ha aprendido a hablar leyendo, que ha conocido las premisas filosóficas de grandes hombres ya muertos leyendo, y que leyendo morirá él también, usando hasta el final de sus días el decoro poético para que, hasta en el día de su entierro nadie le dé la espalda al leer el pretencioso epitafio que se hizo gravar en su lápida. Supongo que un “aquí yace un hombre sencillo”, deberá bastar, aunque el que ocupe la yacija prefiriera aquellos maravillosos versos de Whitman: aquel que camina una sola legua sin amor, /camina amortajado hacia su propio funeral.

2 comentarios:

Liebre dijo...

Una cosa es expresarte como te sea cómodo y otro utilizarlo bien, puesto que hablar bien no significa emplear las palabras más enrevesadas sino utilizarlas cuando la situación se adecue a ello. Si el registro es coloquial, tus compañeros tienen todo el derecho de hacerte el vacio y someterte a burlas, puesto que culto no es el que habla con la óptima precisión, sino el que mayor cantidad de palabras puede usar en distintos registros.


Supongo que será por tu mala praxis en la lengua colquial, pero no es jilipollas, sino gilipollas.


Un saludo de un no tan pedante.

duende satírico dijo...

Estimado amigo liebre, te agradezco mucho tu comentario, y estoy de acuerdo contigo en todo menos en una cosa: si escribiese gilipollas, dejaría la lengua coloquial ya que, no sé porqué causa, se ha extendido el uso de esta palabra con j, y no con g, como debiera. Cuando alguuien escribe, siempre y cuando demuestre no tener excesivas faltas de ortografía, puede permitirse este tipo de licencias. Pese a ello, gracias por la corrección, que debería haberse centrado más en el error que cometí al no escribirla en cursiva. Espero no haberte resultado tan pedante, porque precisamente lo que pretendía explicar (y por lo que veo no he conseguido) era precisamente que el uso correcto del idioma nunca puede ser síntoma de pedantería, igual que el mal uso no debe siempre significar incultura. Gracias por tus observaciones que, de verdad, agradezco.